Capítulo 20
Ídem
Abres los ojos y otra vez el abanico de techo girando sobre ti y la tenue luz que se filtra por la ventana a través de las finas grietas de las cortinas que intentan cubrirla.
Señal del inicio de un nuevo día. Te levantas y suspiras, cansado de sufrir de estos episodios.
Vas al baño y te lavas la cara. Miras en el espejo cómo el agua fría recorre tu cara y las gotas rebotan, algunas en tus manos apoyadas contra el lavabo y otras en el suelo.
Notas las profundas y oscuras ojeras debajo de tus ojos, las arrugas que parecieran estar más pronunciadas que antes y tu cabello revuelto con tintes de gris.
Te sientes cansado, más de lo que nunca habías estado. “¿Cuánto tiempo ha pasado?”, piensas.
Sin prisa, caminas a la mesa de noche y coges tu teléfono. Lo enciendes. Hace una semana del incidente de Marco. No puedes creerlo; apenas unos momentos estabas hablando con él. Con Edgar y todos.
De pronto, un pensamiento punza tu cabeza con urgencia: “¿Dónde está Andrea?”.
Te diriges apurado a su recámara, abres la puerta y descubres que su cama está destendida y vacía.
Buscas debajo de la cama, atrás de las cortinas, mueves todos los juguetes dejando un desastre en su habitación… No está.
El pánico comienza a apoderarse de ti, acelera tu pulso y tu respiración.
—¡Andrea! —gritas desesperado—. ¡Andrea!
De pronto, el sonido del baño se escucha desde la sala del apartamento. Sales apresurado, pero te tropiezas con uno de los mismos juguetes que tiraste y caes con un estruendoso golpe.
Desde ahí, alzas la cabeza y ves la puerta del baño abrirse. Andrea sale confundida y asustada.
—¿Papá? ¿Qué pasa?
Un alivio inconmensurable recorre tu cuerpo y suspiras. Te levantas con mucho esfuerzo y gruñendo de dolor, corres hasta ella y le das un abrazo.
—Me estás asustando —dice Andrea en una voz de seda.
—Perdón, amor —dices sin soltarla de tu abrazo—. No pasa nada, solo… solo tuve una pesadilla.
—¿De esas malas? —pregunta ella.
—De esas malas.
—Está bien, papi, todo está bien —dice—. Lo bueno es que ya salió el sol, entonces no tendrás que estar a oscuras con miedo.
Una pequeña sonrisa temblorosa se dibuja en tus labios. Su dulzura es un bálsamo en medio de la confusión y el miedo que aún te atenazan.
—Sí… tienes razón, mi niña. El sol… siempre vuelve, ¿verdad? —tu voz suena un poco insegura, como si necesitaras reafirmar esa verdad simple.
Ella se acerca un poco más; su pequeña mano cálida se posa con suavidad sobre la tuya.
—Siempre, papi. Y yo estoy aquí contigo. No tienes nada que temer.
Sus palabras, aunque sencillas, tienen un peso enorme.
En ese momento, su presencia es tu ancla, la luz que disipa las sombras que danzan en los rincones de tu mente.
El miedo no desaparece por completo, pero su agarre se afloja y se reemplaza poco a poco por una sensación incipiente de seguridad, frágil, pero real.
—Gracias, mi amor —logras decir y aprietas su mano con suavidad—. Supongo que un poco de sol siempre ayuda a espantar a los monstruos, ¿no crees?
Ella asiente con una seriedad adorable.
—A los monstruos no les gusta el sol. Se esconden en la oscuridad. Y ahora no hay oscuridad.
—Eres muy sabia, ¿sabes? —dices, sintiendo una oleada de cariño y gratitud hacia ella—. Mucho más que yo a tu edad.
Su sonrisa brillante ilumina su rostro y, por un momento, disipa por completo las sombras en la habitación.
—Solo digo la verdad, papi. Ahora, ¿desayunamos? Tengo mucha hambre.
La idea de algo tan normal y cotidiano como el desayuno es un alivio. Una señal de que la vida, a pesar del miedo y la confusión, sigue adelante.
—Sí, mi amor. Vamos a desayunar. Y gracias… por recordarme que el sol siempre vuelve.
Tomas tu teléfono y llamas a Diana.
—Diana, ¿lograste encontrar algo sobre Marco?
—¿David? ¿Estás bien? —pregunta ella preocupada, después de un breve silencio.
—Claro que estoy bien, ¿qué es esa pregunta? ¿Qué pasa con Marco?
Ella se aclara la garganta.
—David, sabes que no tengo permitido discutir eso contigo —responde en un tono algo triste.
—¿De qué hablas? Soy el detective a cargo del caso; si no puedes hablar de eso conmigo, ¿con quién sí?
De nuevo, un silencio sigue a tu pregunta.
Diana suspira.
—Sé que esto debe ser difícil, pero es momento de aceptarlo. Tus acciones tuvieron una consecuencia, aun cuando tus intenciones hayan sido buenas.
—¿De qué hablas? —tu corazón comienza a acelerarse.
—David… ¿Estás bien? No es normal que no recuerdes…
—Maldita sea, Diana, solo dime qué sucede —la interrumpes en un arrebato de enojo.
—¡Matadamas te despidió, David! ¡¿Cómo no recuerdas eso?! —responde—. El día en que detuviste a Marco, él… te despidió.
—¿Qué? —preguntas, confundido— Eso… yo no…
—Entiendo que es difícil, David. Pero estoy segura de que, una vez se resuelva todo este asunto y Gun esté de manera oficial tras las rejas de por vida, podrás hablar con Matadamas para recuperar tu empleo.
Escuchas las palabras de Diana resonar en tu teléfono y, aunque entiendes bien, no te hacen ningún sentido.
¿Cómo es posible lo que dice? Debe ser mentira…
Pero el lapsus, justo en ese momento. Cierras los ojos, desesperado, para intentar encontrarle el sentido a lo que está sucediendo, y respiras hondo.
—Mierda —susurras al teléfono—. Esto es… —suspiras—. Diana, ¿por lo menos me dirás qué pasará con Marco y Gun?
—Ya han fijado fecha para la audiencia.
—¿Audiencia? ¿Atraparon a Marco también?
—¿Qué? —pregunta ella confundida—. No. La audiencia es de Carlos, ¿recuerdas? El tipo que arrestamos por la venta de esos videos snuff .
—¿Y qué pasó con Marco?
Diana se toma un par de segundos para responder.
—¿Sigues con eso? —contesta en un suspiro—. Mira, ya te lo hemos explicado antes, no tenemos pruebas para ir contra él. De hecho, ni siquiera hay indicios contra él. Está limpio.
—¿De qué hablas? —respondes en un tono de completa indignación—. ¿Y qué hay del dinero que tomaba de Gun? ¿Qué pasó con el hecho de que huyó de mí y me golpeó en la cara? ¿Qué pasa con esa prenda manchada en sangre que nos lanzó esa noche? ¿No crees que son indicios suficientes?
Diana suspira.
—No encontramos ningún dinero en efectivo en su posesión, ni en sus cuentas bancarias, más allá de depósitos que concuerdan con gastos diarios, nada fuera de lo común.
—¿Qué? —preguntas en un susurro, que al parecer Diana no logra escuchar.
—No sabes si en realidad fue él quien te golpeó esa noche, ¿o sí? ¿Pudiste verle la cara, Hueman?
—No… no en realidad, pero su complexión y piel son idénticas a las de él.
—Sí, eso es verdad, a las de él y a las de cientos de miles de personas más que viven en esta ciudad. —responde ella de forma tajante.
—Pero… ¿Y la prenda? ¿Eso…
Antes de que puedas terminar tu pregunta, te interrumpe con brusquedad.
—Incluso si pudiéramos probar que fue él quien huyó esa noche, que no podemos, solo para estar claros; pero en el hipotético caso de que así fuera, esa prenda estaba manchada con mioglobina y agua. Han llegado los resultados del laboratorio.
—¿Mioglobina? ¿Hablas de sangre animal?
Ella hace un ruido afirmativo.
—Sí. Es probable que sea el mismo de la carne empaquetada que venden en el supermercado.
—Maldita sea, Diana, ese cabrón está jugando con todos, por eso sonreía de esa forma cuando lo estaba interrogando.
—Mira, David, no perdamos más tiempo, ¿sí? Solo te respondí por el respeto que te tengo como detective y como favor a un amigo. Ya no puedo darte más detalles. Lo siento.
—No, no, Diana, tienes que seguir investigando a Marco…
—¿Y terminar sin trabajo también? —responde ella exasperada—. No quieras arrastrarme al mismo agujero que te cavaste tú mismo. Las pruebas son claras, Matadamas está de acuerdo con esto y así procederemos.
—Entonces ya está, ¿no? —respondes furioso—. Dejamos en libertad a ese otro animal solo porque el maldito de Matadamas no quiere hacer su puto trabajo, ¿eh? ¿Y tú qué eres? Creí que eras una detective, no el perro faldero de Matadamas.
—Cuidado, David —responde Diana con seriedad—. Estamos del mismo bando, no tienes por qué atacarme de esa forma.
—Por favor, el mismo bando, dime, ¿cuál es ese? ¿El bando de lamerle el culo a Matadamas para que te dé un ascenso? ¿Ese lado? Porque yo estoy del lado de la verdad, Diana, de arrestar a ese cabrón y hacerlo pagar.
—Estás mal, David. Desde hace tiempo solo ves lo que quieres ver —responde ella en un tono de preocupación—. Piénsalo, todas las pruebas apuntan a Carlos, incluso lo confesó ante varios testigos. Este es el responsable y, más importante aún, podemos probar ante un tribunal que es culpable, Hueman.
Aprietas los labios, conteniendo todo lo que en verdad le quieres decir.
—Haz lo que quieras, Diana, si tú no quieres descubrir la verdad, yo sí. Yo voy a arrestar a Marco.
Diana masculla con frustración.
—¡David, no seas terco! Estás dejando que tu obsesión te ciegue. ¿Por qué te aferras tanto a Marco? ¿Qué tiene ese chico que te hace ignorar la verdad evidente? Gun confesó, ¿entiendes? ¡Confesó! Y tenemos testigos que lo corroboran. El caso está cerrado.
Tu mandíbula se tensa. Cada palabra de Diana es un golpe a tu convicción, pero no estás dispuesto a ceder. Sientes en tus huesos que Marco está involucrado, que Gun es solo una pieza de un juego mucho más grande.
—No está cerrado, Diana. No hasta que yo lo diga. Ese chico tiene algo que ver. Lo vi en sus ojos, su reacción. No es un simple estudiante asustado.
—¿Sus ojos, David? ¿En serio? ¿Cuándo fue la última vez que dormiste bien? Estás viendo fantasmas donde solo hay un criminal confeso.
Su tono se suaviza sutilmente; la preocupación se asoma a su voz.
—Por favor, David. Confía en mí esta vez. Confía en las pruebas, en los testigos. No te desgastes persiguiendo sombras. Ya tenemos a nuestro hombre.
Tu mirada se fija en la pared frente a ti.
—No es mi hombre, Diana. Es tu hombre. Yo voy a encontrar al verdadero responsable.
—Pues estás solo en eso, David —dice molesta y, al mismo tiempo, suplicante—. Si sigues por este camino, no esperes que te cubra las espaldas. No voy a arriesgar mi placa por una corazonada tuya.
No dices nada. Ves cómo tus nudillos se blanquean al formar un puño y sientes la desesperación caer sobre tus hombros. La certeza de que Marco está involucrado es más fuerte que cualquier advertencia.
—Entonces no lo hagas, Diana. No necesito que me cubras la espalda; sé que estoy en lo correcto.
Cuelgas con brusquedad la llamada. Sabes que estás yendo contra la corriente, que estás arriesgando tu credibilidad. Pero en tu mente, la imagen de la sonrisa confiada de Marco y la certeza de su culpabilidad son la brújula que guía tus pasos. Vas a arrestarlo, cueste lo que cueste.