Capítulo 19
Didascalias
—Marco, podemos hacer esto por las buenas o por las malas, tú decides —le dices al muchacho que está sentado y esposado frente a ti—. ¿Por qué lastimaste a Melissa?
Él te mira sin emoción alguna, como si fuera un robot, sin responder nada en absoluto.
—No tienes muchas ganas de conversar, ¿eh? —dices recargándote en tu silla—. Entiendo que estés en shock ; después de todo, debe ser difícil entender que todo terminó, que no tienes escapatoria y que, por fin, tendrás que responder por todo lo que has hecho… Debe ser mucho que asimilar, ¿no?
No hay respuesta.
—Vaya… Mira, lo que menos quiero es hacerte perder el tiempo; solo tengo un par de preguntas que quisiera que me respondieras.
La verdad es que no entiendo cómo un niño como tú comete actos tan…
terribles y encuentra diversión en ello.
Recibí el video que me mandaste. Por cierto, lo recibí justo cuando estaba confiscando la computadora del señor Whittaker, uno de tus mejores clientes.
Tenía en su posesión ocho videos tuyos, increíble, ¿no crees?
Deberías enviarle una tarjeta de agradecimiento por su lealtad como cliente.
—¿Video? ¿De qué hablas? —responde Marco, con una evidente sorpresa fingida.
—El que me enviaste por correo.
—De verdad que no tengo idea de qué me estás hablando; seguro me estás confundiendo con otra persona.
Ríes incrédulo.
—No tiene sentido seguir fingiendo, Marco, ya te he dicho que se acabó, no tienes a dónde huir; mejor coopera con nosotros y veremos que te traten bien en prisión.
Él suelta una risita en un suspiro y niega con la cabeza.
—¿Qué es tan gracioso? —le preguntas con seriedad.
—Bueno —Marco se inclina hacia delante—. Hay un asesino suelto en la ciudad que, al parecer, graba videos terribles con sus víctimas y tú, bueno —se vuelve a recargar en el respaldo de su silla—, estás perdiendo el tiempo hablando conmigo, un estudiante de universidad.
—Un estudiante al que sorprendimos recibiendo un pago por parte de Gun por la venta de videos snuff .
Marco parpadea en repetidas ocasiones, disimulando su asombro, pues no esperaba esas palabras. Pero pronto cambia el semblante.
—¿Gun? Qué nombre tan curioso. ¿Y cuál pago? Detective, lo invito a revisar mi cuenta bancaria; ahí se podrá dar cuenta de que, si alguien me hubiera hecho algún pago, mi cuenta no tendría ese saldo.
Te acercas a la mesa de la sala de interrogatorio y pones tus manos abiertas sobre ella.
—Ya te dije que no tiene sentido seguir mintiendo, Marco. Estabas ahí para recolectar el dinero que Gun te deja cada semana, tu parte de la venta de esos videos snuff .
—¿Qué es un video snuff ? Lo siento, detective, pero no sé de qué está hablando. Le pido una disculpa.
Azotas tus manos en la mesa metálica.
—¡Maldita sea, Marco! ¡Se acabó! ¡Entiéndelo!
Tu socio, Gun, te traicionó. Sabemos que Dave Whittaker amenazó con ir a la policía.
Te regaló a nosotros. ¿Cómo crees que sabíamos que estarías en ese edificio?
Nos ha contado todo. No tiene sentido seguir con esta farsa, así que hazte a ti mismo un favor y coopera conmigo. Sabemos que le hiciste daño a Melissa.
Marco te mira en silencio mientras esboza una pequeña sonrisa.
—Detective, lo último que quisiera es hacerle perder su valioso tiempo, pero está cometiendo una equivocación. Yo no soy quien cree y no estoy involucrado en eso que dice.
—Ah, ¿no? Explícame, entonces, ¿qué hacía un estudiante de universidad en un edificio que es un foco de infecciones y drogas? No es un destino que frecuenten los jóvenes, como, digamos, El Gato Amarillo, ¿cierto?
—Ese es mi lugar para pensar y estudiar tranquilo —responde Marco calmado.
No puedes evitar que una sonora carcajada se te escape.
—¿Estudiar?, ¿en serio? ¿Recorres toda la ciudad solo para estudiar?
—Bueno, estoy dedicado por completo a mis estudios.
—Sí, bueno, a eso y a lastimar mujeres, ¿no? —respondes para provocarlo.
Marco, de nuevo, decide no responder y se queda en silencio, con la espalda recargada en la silla y de brazos cruzados.
Con una incipiente sonrisa de satisfacción en su rostro.
Un gesto que te hace enfurecer, pero no puedes mostrarle tu enojo; significaría darle el control de la situación. A un maldito niño de veinte años.
—Sabes, Marco, creo que iré por un café, ¿quieres uno? O tal vez tengas hambre, ¿quieres algo para comer?
Él se limita a mirarte en silencio.
—Excelente, eso creí. Regreso en breve.
Al levantarte, sientes la tensión acumulada en tus hombros. Caminas despacio hacia la puerta, sin quitarle la mirada de encima. Su silencio confiado es una burla, un desafío silencioso que te crispa los nervios. Cierras la puerta detrás de ti.
Te diriges a la pequeña sala de descanso.
La cafetera burbujea a todo volumen, un sonido que contrasta con el silencio tenso de la sala de interrogatorios.
Sirves un vaso de café negro; el aroma amargo te ayuda a centrarte.
Te coges el entrecejo y das un profundo suspiro antes de regresar. Coges una botella de agua.
Regresas a la sala de interrogatorios con el vasito desechable humeante en la mano. Marco sigue en la misma posición, la sonrisa apenas perceptible en sus labios. Dejas el vaso sobre la mesa; el sonido seco rompe el silencio.
—¿Sabes, Marco? —dices, tu voz ahora más tranquila, casi casual mientras colocas la botella de agua frente a él—.
Estaba pensando en Gun. En lo arrepentido que parecía.
Dijo que te apreciaba, que eran como hermanos.
Es una lástima que esa hermandad no haya sido suficiente para evitar que te señalara de manera directa.
Te acercas a la mesa y te inclinas un poco, apoyando las manos sobre ella.
—También pensé en las chicas, en el miedo en sus ojos… en el dolor que les causaste.
Haces una pausa, dándole espacio para responder, pero su silencio persiste.
—¿Sabes qué, Marco? —tu voz comienza a elevarse poco a poco—. Pensé que eras más listo. Que al menos tendrías la decencia de afrontar tus actos. Pero veo que solo eres un cobarde.
Él parpadea despacio, sin inmutarse.
—¿Cobarde? —repite con un tono plano, casi aburrido.
—Sí, cobarde —insistes, acercándote a su rostro—. Te escondes en ese cuchitril, en donde lastimas a mujeres inocentes, que tenían toda una vida por delante, ¿y te atreves a llamarlo tu lugar para pensar? ¡Patético!
Su mandíbula se tensa apenas, pero aún no hay una reacción significativa.
—¿Sabes qué más es patético, Marco? —la rabia comienza a nublar tu juicio—.
Que alguien como tú, con la vida por delante, elija este camino de mierda.
¿Tus padres saben en qué te has convertido?
¿Saben que su “dedicado estudiante” es un…
? —te detienes al ver el cambio en sus ojos.
La sonrisa se desvanece y es reemplazada por una furia helada.
Aprieta sus puños sobre sus muslos, y sus nudillos se ponen blancos.
—No menciones a mi familia —masculla, su voz está ahora cargada de una amenaza contenida que te hiela la sangre.
Ahí está. La grieta en su fachada. Tocaste un nervio sensible. Una sonrisa triunfal quiere dibujarse en tus labios. La paciencia se ha agotado, pero la provocación parece haber dado resultado.
—¿Tu familia? Quienes seguro creen que estás en la biblioteca hasta tarde, estudiando para ser alguien en la vida. ¿Se imaginan que su “niño prodigio” es el animal que estamos buscando?
—¡Cállate! —grita Marco de pronto.
No lo puedes seguir conteniendo. Una sonrisa de satisfacción agrieta la máscara que portas.
Sabes que de un momento a otro se tropezará y dirá algo que lo incrimine.
El sentimiento ha invadido su mente y, ahora, tú tienes la ventaja.
Tienes el control de esta conversación. Ahí está la reacción que buscabas.
La verdad, furiosa y a punto de explotar.
—¿Qué sucede, Marco? ¿Te da miedo que sepan la clase de…?
A punto de terminar tu pregunta, el sonido de la puerta abriéndose de manera abrupta te interrumpe y te obliga a girar la mirada hacia allá. Es Edgar, con cara de preocupación.
—Detective Hueman, por favor, venga conmigo. Tenemos que hablar.
Frunces el ceño y, sin responderle, te levantas y caminas hacia la puerta. Edgar la cierra detrás de ti.
—Hueman, tenemos un problema —dice Edgar en tono de alarma—. Acabo de recibir una llamada del capitán Matadamas. Ordena la liberación inmediata de Marco.
Tu mandíbula se tensa.
—¿Qué? ¿De qué estás hablando? Pero si estábamos a punto de…
Edgar niega con la cabeza, incrédulo.
—Está furioso, Hueman. Amenazó con despedirnos, a ti y a mí… Quiere verte en su oficina de inmediato.
—¿Desde cuándo le interesa a ese cabrón alguien detenido? Nunca le ha interesado, ¿y de pronto, por arte de magia, le interesa liberar a este?
—No sé qué esperas que te responda, Hueman. Dio una instrucción y no la podemos desobedecer.
—Mierda, Edgar —le dices en voz baja en tono de súplica, acercándote a él—. Estoy tan cerca de hacerlo confesar, solo necesito un par de minutos. Dile al mamón de Matadamas cualquier cosa, que no pudiste decirme antes de que lo hiciera confesar, o algo.
—Lo siento —responde Edgar mientras se da la media vuelta y abre la puerta de la habitación donde está Marco.
Suspiras resignado y entras detrás de Edgar, quedándote detrás de la ventana de la sala de interrogatorio, cruzando los brazos.
Miras a Marco. Su respiración es agitada, pero en sus ojos comenzaba a brillar una mezcla de sorpresa y una incipiente satisfacción. Era como si una soga invisible que lo estrangulaba se hubiera aflojado de repente.
—Puedes irte, Marco. —dices resignado.
Dirige su mirada satisfecha hacia ti a través de la ventana unidireccional, como si pudiera verte a través de ella.
La frustración te golpea como un puñetazo. Sientes cómo la verdad se te escapa de entre los dedos por una interferencia inexplicable. Lo observas en silencio, tu mente trabajando a mil por hora. ¿Quién estaba moviendo los hilos? ¿Por qué esta repentina intervención?
Marco se levanta, estira los brazos con una falsa sensación de alivio. Y esta vez la pequeña sonrisa que esboza no es de confianza, sino de victoria.
Sin decir nada más, Edgar lo escolta hacia la puerta. Los ves alejarse, dejando tras de sí un silencio cargado de preguntas sin respuesta y una rabia fría que te recorre las venas.
Caminas a la oficina de Matadamas, decidido a averiguar qué ocurre y llegar al fondo de todo, pero algo sucede: tus piernas se sienten pesadas, como si tuvieras encadenadas a ellas dos grandes y pesadas rocas.
El tiempo pareciera transcurrir más lento, y logras escuchar, a la distancia, el sonido de gotas de agua cayendo al suelo en un ritmo muy determinado, una por cada segundo que transcurre, cual reloj.
Te apoyas sobre la pared, intentas recuperar el equilibrio y las fuerzas para mantenerte en pie, pero es muy difícil; cada segundo que pasa, tu cuerpo se siente más y más pesado.
Miras a los policías a tu alrededor y ninguno pareciera darse cuenta de que algo te está ocurriendo.
Con la mirada borrosa, ves a la distancia la figura de Marco que camina hacia afuera de la estación escoltado por Edgar.
Tu vista se nubla, sientes el corazón palpitar con fuerza, hasta que, de pronto, todo se torna completamente negro.
Escuchas tu propia respiración y nada más. Silencio absoluto y una oscuridad tan profunda que sientes que la podrías palpar con tus manos.
“¿De nuevo aquí?”, piensas. Esperas escuchar aquella voz que siempre llega cuando tienes estos… ¿lapsus?, ¿sueños? Difícil decirlo, pero, en esta ocasión, al parecer, no hay voz.
—¿Hola? —preguntas, temeroso.
No hay respuesta. Tus palabras suenan con un eco amplio y profundo, como si estuvieras hablando en una gran habitación vacía.
Esfuerzas la vista, tratas de enfocar un punto en el vacío, quizá tus ojos se acostumbren a la oscuridad y puedas ver algo, lo que sea. Pero el tiempo pasa y no lo logras; solo hay una espesa y absoluta oscuridad que te envuelve.
—¿Te arrepientes de esto? —pregunta de manera súbita la voz detrás de ti.
—¿De qué hablas? ¿Arrepentirme de qué?
—De haber dejado ir a Marco, claro —replica la voz, como si la respuesta fuera lo más obvio.
—¿Qué? No… No, fue una orden directa de Matadamas, no había nada que pudiera hacer para mantenerlo ahí.
La voz calla.
—No encontramos nada en ese edificio… la única evidencia que tenemos es lo dicho por un drogadicto que lo pone justo en el centro del crimen, pero, por favor, nadie le creería en un tribunal. No tenemos nada contra él.
—El video —dice la voz con firmeza—. Debes poner más atención.
—¿El video? —preguntas sorprendido—. ¿Te refieres al video de Melissa?
La voz vuelve a callar.
—Te queda poco tiempo, detective Hueman. Hazlo valer.
De nuevo, una luz frente a ti comienza a hacerse más y más grande hasta que te ciega por completo.