No me dejes cerrar los ojos Capítulo 18
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Capítulo 18

El camino por seguir

Sentado en tu auto con un cigarro en la mano y mirando hacia la distancia, no puedes evitar preguntarte si esta es la opción correcta.

Confiar en un drogadicto para resolver un caso nunca ha sido tu estilo, pero circunstancias extremas ameritan acciones extremas.

Coges tu celular para llamar a Diana, pero te manda directo a buzón.

Frustrado, guardas tu teléfono en el bolsillo de tu chaqueta.

De pronto, un sonido te sobresalta.

—¿Todos listos? —pregunta Edgar a través de la radio.

Escuchas varias voces que no reconoces afirmando.

—Listo —confirmas por la radio y volteas a ver unos departamentos viejos, vandalizados y descuidados. De no ser por las personas dormidas por los alrededores, asumirías que el edificio está abandonado.

—Qué pocilga —escuchas decir a Edgar—, ¿quién puede vivir aquí?

—Está claro que no has visitado la casa de Gómez —dice alguien más—. Esto parece un palacio en comparación.

—Cállate —le responde quien solo puedes asumir que es Gómez.

—Silencio —dices por la radio—. Pongan atención, el sujeto no debe tardar en llegar.

Escuchas a Edgar soltar una risilla burlona.

—Si es que tu “amigo” no ha jugado contigo, Hueman.

—Confiamos en ese drogadicto porque es la única conexión que tenemos con el tipo del tatuaje de chef —respondes con firmeza.

Miras de nuevo hacia el edificio. Nadie camina por la banqueta, no hay autos circulando, solo los descuidados árboles de los alrededores y la maleza que crece en las banquetas y en las grietas del edificio.

—Veo al sujeto —dice una voz por el radio.

Volteas rápido para buscarlo, pero no lo ves.

—¿Dónde? —pregunta Edgar.

—Detrás del edificio, va caminando hacia la entrada principal.

Y, justo cuando el agente termina de hablar, puedes ver la silueta del tipo que perseguiste y te golpeó caminando hacia la entrada principal.

Tu instinto inicial es salir corriendo tras él, pero lo resistes. Sabes que es mejor si entra al edificio y entonces lo atrapan como a una rata. Sin salida.

—Tú da la señal, Hueman, después de todo, es tu sujeto —dice Edgar por la radio poco después de verlo entrar al edificio.

Tu respiración se agita y sientes el latir de tu corazón. Sabes que esta puede ser la última oportunidad que tienes para atrapar a este tipo y hacerlo pagar por todo.

En contra de todos tus instintos, no das la orden de inmediato; esperas durante lo que sientes que son horas, pero en realidad solo son un par de minutos. Una gota de sudor frío recorre tu espalda y tu respiración se siente pesada.

—Vamos —dices al fin por la radio, abres la puerta de tu auto y caminas deprisa hasta la puerta con tu arma en las manos.

Entran al edificio; es increíble que sea más feo por dentro que por fuera. Plantas muertas en macetas viejas y rotas en la entrada, en el pasillo una persona desmayada con una jeringa en el brazo y un olor a podrido que es imposible ignorar.

No hay una puerta principal; en su lugar, una cortina caída, detenida del marco donde alguna vez estuvo la puerta, intenta dar la ilusión de privacidad.

Subes por las escaleras sin barandal; hay agujeros enormes en las paredes destrozadas.

Parece una zona de guerra. Llegas al segundo piso, el último al cual es posible subir: ya no existen las escaleras que llevan más arriba.

Caminas apuntando con tu arma por el único pasillo, hasta que por fin logras ver una puerta de madera blanca vieja entreabierta; del otro lado, escuchas algunos ruidos.

Te colocas en la pared junto a la puerta, con tu espalda y cabeza recargadas contra ella. Te preparas para el momento.

Das un profundo suspiro, giras rápido y empujas la puerta con fuerza para abrirla de par en par.

—¡Quieto! ¡Policía! —gritas apuntando el arma hacia dentro de la habitación.

Ves como una figura se levanta con rapidez del sillón, a todas luces sorprendido.

—¡Se acabó, Marco! —gritas—. ¡Levanta las manos y tírate al suelo!

Él se queda quieto un momento, lo suficiente para que puedas ver algunas de sus facciones. Su piel es un poco oscura y el cabello, revuelto, de color negro.

De repente, esboza una sonrisa confiada.

—No intentes nada, estúpido niño —le ordenas con seriedad.

En ese momento, Edgar y otros dos agentes entran a la habitación apuntándole con sus armas.

Marco sonríe, confiado, y alza los brazos frente a él, haciendo un ademán para que lo esposes.

Confundido, te acercas con cautela, aun con el arma desenfundada; alcanzas las esposas que traes en tu pantalón. Cuando te acercas, te das cuenta de que es un niño. No puede tener más de veinte años, igual que los demás.

—¿Qué? ¿No vas a intentar huir esta vez? —preguntas en un intento de provocación al esposarlo, pero él solo te mira en silencio desafiante. Notas que tiene un tatuaje peculiar en su antebrazo, a la altura del doblez del codo. Un sombrero de chef.

Lo coges por el brazo y caminas junto a él hasta salir del edificio. Marco no dice palabra alguna.

Lo subes a la parte trasera de una patrulla y cierras la puerta.

—¿Qué carajos? —pregunta Edgar en voz baja, acercándose a ti—. Lo atrapamos metido en medio de todo esto, ¿y el cabrón sonríe?

—Lo sé, es extraño, debe creer que sigue teniendo todo bajo control.

—Eso o es un genio del crimen —dice un policía que no conoces.

—¿Genio del crimen? —pregunta Edgar con el ceño fruncido—, ¿de qué mierda hablas, Gómez?

—Sí, lo vi en televisión, hay algunas personas que son como genios del mal, así les dicen en ese programa… ejem… —el tipo se rasca la barbilla, pensativo—, no recuerdo su nombre.

—¿Cerebros malignos? —responde Edgar sin cambiar el semblante.

El rostro del oficial se ilumina.

—¡Sí! Ese mismo. ¿Tú también lo ves, jefe?

—Deja de hacernos perder el tiempo y continúen revisando el lugar, busquen drogas, armas, computadoras, memorias extraíbles… lo que sea que podamos usar en su contra para ponerlo en prisión —grita Edgar.

Se gira para mirarte, te jala del brazo con amabilidad y te aleja de la patrulla.

—Sé que es tu caso y no debería meterme, pero huelo algo raro en todo esto. Hueman, algo no encaja del todo bien.

—Maldita sea —respondes—. Es casi como si ya esperara esto.

—Sí… casi como si tu amigo hubiera dado un pitazo, ¿no crees?

¿Será posible? ¿Cómo pudo informar a Marco sobre esta redada?

—Llévenlo a la estación —dices y miras a Edgar—. No importa si ya lo esperaba, lo tenemos y le sacaremos toda la información que podamos.

Edgar se voltea y le da una señal al oficial que maneja el auto de policía donde está Marco.

Con la sensación de que algo no está bien, suspiras satisfecho de haber logrado dar un paso en la dirección correcta.