No me dejes cerrar los ojos Capítulo 17
61%

Capítulo 17

Una chispa que provoca un incendio

Despiertas en tu cama de nuevo; el abanico de techo gira sobre ti, hipnotizándote. Dudas si todo lo que viste ayer fue real o una pesadilla, aunque, sin importar la respuesta, puedes sentir las cicatrices que te han dejado las imágenes que viste.

Respiras y, aún aletargado, te sientas al borde de tu cama, te cubres la cara con ambas manos. Casi no dormiste, ¿cómo podrías? Los gritos te persiguen, incluso en sueños.

Te levantas, te pones una camiseta y sales de tu habitación; ves a Andrea en la cocina, mezclando algo en un tazón con un delantal tan grande que arrastra la parte de abajo con el suelo.

—¿Qué haces, amor? —le preguntas tallándote un ojo.

Ella voltea sorprendida y sonríe al verte.

—¡Panqueques, papá! —dice emocionada y comienza a batir más rápido.

—Puedo verlo —te acercas a ella y le das un beso en la cabeza—. ¿Algún motivo en particular por el que estés haciendo panqueques?

Ella asiente con la cabeza.

—Ayer estabas triste, así que quise sorprenderte con esto para ponerte feliz —responde muy natural, sin dejar de batir. Después se detiene de manera abrupta y te mira con el ceño fruncido—. ¿Quién te golpeó, papá?

—¿Qué? ¿Esto? —preguntas señalándote el ojo—. Nadie me golpeó, me caí y me pegué.

Tu corazón se conmueve y te acercas a ella y la abrazas.

—Gracias, amor —le dices en un susurro antes de darle otro beso en la cabeza.

Le ayudas a verter la mezcla en un sartén caliente para hacer los panqueques. El desayuno te ayuda a que los pensamientos y alaridos que te persiguieron toda la noche desaparezcan.

Esa calma y la risa de tu pequeña mientras juegas con ella, piensas: “¿Por qué salir?, ¿por qué no quedarme aquí con ella?”, pero sabes que solo te haces daño al pensar eso, tienes que salir; si no, ¿quién pagaría por la renta del departamento?

, ¿la escuela de Andrea?, ¿la comida? La idea de quedarte en casa con tu hija es… utópica.

Poco después de comer los panqueques preparados por tu hija, llega la señora Nervis para quedarse con Andrea.

Te despides de tu pequeña, dándole un largo y profundo beso en la frente. Sabes que no tiene forma de dimensionar la ayuda que te ha dado, pero, aun así, se lo agradeces en silencio con ese gran beso. Sientes tu teléfono vibrar y solo suspiras al reconocer el número.

—Capitán Matadamas.

—¿Quién maldita sea crees que eres? —pregunta Matadamas, furioso—. Tengo al alcalde, a los medios de comunicación y a media ciudad encima por este asunto; por fin logramos apaciguarlos un poco. ¡¿Y tú vas y detienes a otra persona?! Debería despedirte en este momento.

—Señor, con todo respeto, Carlos Gun no es el culpable. Entiendo que necesiten cerrar este asunto lo más rápido posible, pero encarcelar a la primera persona que fue detenida es algo… deleznable.

—Escúchame bien, Hueman. El alcalde está muy interesado en hacernos ver como un departamento de policía eficiente. Que hacemos bien nuestro trabajo. El chico es culpable; lo ha señalado una testigo de manera directa y tiene fotografías en su teléfono. Deja de buscar fantasmas.

Chasqueas la lengua.

—Capitán, hay más que eso. Hay una red de comercio de videos snuff .

Un silencio brota en la llamada.

—Gun no es nada más que un dealer local; hay alguien más que graba esos videos, al parecer a petición de personas adineradas.

—No voy a seguir con esto, Hueman. Cierra esto. Ya tenemos al responsable detenido. Haz las paces con eso.

Sin permitirte contestar nada, Matadamas cuelga la llamada.

Sin pensarlo dos veces, conduces a la estación de policía.

En la entrada hay una docena de personas con carteles encima, pidiendo justicia para Melissa, y algunos reporteros tomando fotografías.

Entre gritos y personas enfurecidas, logras entrar y caminas hacia el guardia en turno; te identificas y él te acompaña para guiarte.

Vas hasta donde se encuentran las celdas provisionales para aquellas personas acusadas, pero que esperan su juicio.

Caminas hasta una en la que ves a una persona acostada bocarriba en el suelo, moviendo el pie de manera despreocupada.

Al escucharte llegar, sube la cabeza para verte y suspira.

—¿Qué quieres? —pregunta Gun, molesto.

Sin responder, pides al guardia que abra la puerta y entras en su celda.

Él, confundido, intenta levantarse, pero lo tomas de la camisa y lo jalas hacia arriba con fuerza, forzándolo a ponerse en pie para después estrellarlo contra la pared.

—Detective, ¿qué hace? —pregunta el guardia detrás de ti, nervioso, pero sin entrometerse.

—Ayer vi a tu amigo, un tipo amigable, ¿sabes? Me dejó este regalo —dices señalándote la cara.

Gun ríe.

—Vaya, deben ser buenos amigos, ese cabrón no le da regalos a nadie —responde con cinismo.

—Sí, y tú me dirás dónde encontrarlo. Verás, quiero agradecerle el gesto en persona.

Gun frunce el ceño.

—¿Qué? —hace una pequeña pausa y después comienza a reír—. No me digas que se te escapó, detective.

Lo azotas contra la pared.

—¡Detective! —grita el guardia, alarmado por tu comportamiento.

—No estoy de humor para tus juegos, Gun, tú me dirás dónde encontrar a ese bastardo o te la pasarás toda tu vida encerrado en prisión.

Él chasquea la lengua.

—Por favor, perro, no puedes hacer eso, soy inocente. No hice nada.

—En verdad eres idiota —dices entre risas desesperadas—.

Hay testigos que dicen haberte escuchado confesar que tienes un video de Melisa.

¿Necesitas que te explique cómo se ven las cosas para ti?

Soy el único que piensa que en verdad no lo hiciste, imbécil, pero sería muchísimo más fácil encerrarte y terminar con todo esto de una buena vez. Darle un cierre a la familia.

Él abre los ojos, sorprendido.

—Pero… pero eso es ilegal, no puedes inculparme así sin más.

Ríes con cinismo.

—Tú no tienes idea de lo que es legal y de lo que no.

Aunque tu abogado te asegure otra cosa, podemos dejarte en esta prisión por más tiempo, antes de moverte al penal de máxima seguridad y, créeme, no es un lugar al que quieras visitar…

un pequeño cuarto con una potente luz blanca encendida.

Perderás el sentido del tiempo, tu paladar se acostumbrará a la comida de porquería y estarás en soledad.

Los únicos momentos en los que no estés solo serán cuando abusen de ti los guardias y los otros reos.

Y pasarás ahí el resto de tu miserable vida y ni siquiera podrás terminarla tú mismo, ya que se aseguran de que eso no suceda…

Estarás arruinado por completo, Gun, soy tu única opción aquí, pero eres demasiado idiota como para darte cuenta —dices la última frase en voz baja y lo sueltas.

Él te mira, con una expresión de sorpresa y temor.

—Entonces, dime, ¿qué eliges? ¿Me vas a ayudar a atrapar al verdadero responsable?, ¿o prefieres que la culpa caiga sobre ti y perder tu vida por eso?

Él te observa sin responder, con el miedo invadiendo su mirada.

—Mira, no… no sé dónde encontrarlo.

—Mentira, cabrón, ¿cómo es entonces que hacen este esquema para vender los videos que tienen? En algún momento lo tienes que ver para que te entregue el material.

—¿Tú… sabes de los videos?

—No quieras verme la cara de idiota. Lo sé todo; Dave Whittaker confesó todo. Lo atrapamos detrás de El Gato Amarillo la misma noche que me encontré a nuestro amigo.

Gun aprieta con fuerza los labios, furioso.

—Si ya confesó, ¿qué quieres de mí?

—Lo que te he dicho desde el inicio… quiero saber quién es el verdadero responsable. Quiero saber quién lastimó a Melissa y a tantas otras. Quiero regresarle el regalo que me dejó en la cara.

—¿Melissa? ¿La hija de Dave? —pregunta Gun.

Frunces el ceño, extrañado por su comentario.

—Sí… el cuerpo que encontramos en el edificio Longwood.

Gun no responde. Aprieta los puños, y la tristeza en sus ojos se mezcla con una amarga culpa. Lo acorralas con tu voz baja y venenosa.

—No te hagas el sentimental, Gun. Tú la viste. ¿Crees que esto es un juego?

—¡Claro que no! —responde Gun con voz ronca y el rostro retorcido en una mueca de dolor.

Su mirada, llena de un profundo arrepentimiento, se desvía como si la imagen de Melissa fuera demasiado insoportable.

—¿Crees que me divierto con estas mierdas?

… No tenía idea… No pensé que fuera capaz de hacer algo así.

—No me vengas con excusas, Gun. Tú eres parte de esto. Dave amenazó con delatarte, así que te encargaste de enviarle un mensaje, ¿eh? Lo que no entiendo es por qué dejarlo vivo a él…

Gun cierra los ojos y un temblor recorre su cuerpo. Entre el miedo y el remordimiento por lo que sabe, el conflicto es palpable.

—Él… No entiendes… No entiendes en absoluto.

Yo no quería que le hicieran daño a nadie.

Pero si no le dejaba saber de su amenaza…

Si el imbécil de Dave iba en verdad con la policía y decía todo…

Lo que él me haría… —su voz se quiebra en un susurro desesperado.

—Pero, maldita sea, juro que no quería nada de eso.

No soy como él. Necesitaba el dinero, mierda, aún ahora, pero ya no tengo cómo salir.

Si te ayudo… me matará. Si hablo, se enterará y me matará.

Si me descubren, lo perderé todo… no puedo.

—¿Por qué dejó vivir a Dave, Gun? —preguntas con frialdad.

—Es de los mejores clientes de la región. El muy bastardo compra cada video nuevo.

—¿Me vas a decir que compró el video de su propia hijastra?

—¿De Melissa? No, perro, debe ser un error, no hay video de ella. Yo no he editado un video de ella. Debes estar confundido.

—¿Confundido dices? —respondes mientras sientes burbujear la rabia dentro de ti al recordar la mirada de Melissa en el video, los sonidos y, sobre todo, la risa—.

Yo vi todo el atroz video, vi su rostro, escuché sus gritos durante los malditos seis minutos con treinta y cuatro segundos, ¿y tú me dices que estoy confundido?

—Hombre, si es real, lo debe de haber editado Marco.

—¿Marco? ¿Ese es el nombre del tipo con el tatuaje?

Él asiente.

—Sí, perro, pero el cabrón es muy desconfiado, no lo vendería a nadie.

—Entonces, dime, ¿por qué es que me envió el video por un correo?

Él piensa por un par de segundos.

—¿Te lo mandó? Mierda, no tengo idea por qué haría eso, es un hijo de perra muy inteligente, ¿me entiendes? Si lo hizo, es porque sabía que se saldría con la suya.

—Pero ¿por qué hacerle daño a ella? ¿No sería más fácil matarlo a él y ya? Así aseguraba su silencio.

—Yo qué sé, perro, te digo lo que sé… además, tú eres el detective, dime tú.

Suspiras.

—Sea como sea, me vas a llevar con él.

Él niega con la cabeza.

—Nah, hombre, ese cabrón es peligroso. Si llegara siquiera a oler que intento traicionarlo, no dudaría dos veces en hacer un video conmigo, eso sí te digo.

—Hablas como si tuvieras opción, perro —terminas poniendo énfasis en la palabra perro—. De hecho, sí la tienes; puedes hacer esto o irte a prisión por el resto de tu vida.

—¡Jódete! Me estás pidiendo que me suicide, cabrón de mierda. No soy una puta rata. Prefiero pudrirme en la cárcel.

Te acercas a él, lo coges de nuevo por la camisa y lo lanzas contra la pared.

—¿Crees que esto es un puto juego? Ese cabrón me lanzó una prenda ensangrentada; es probable que sea de una nueva víctima.

Hay personas sufriendo por este cabrón y tú estás aquí lloriqueando porque no quieres ser una rata.

Arrastrándote por el suelo diciendo que eres una víctima en todo esto…

Si es verdad lo que dices, tienes una oportunidad única de redimirte.

Él te mira en silencio.

—Bien, si así lo quieres… —o sueltas de manera abrupta y te volteas para salir de la celda—. Púdrete en prisión entonces.

Sales y justo cuando el guardia está a punto de cerrar la puerta, escuchas la voz de Gun.

—¡Espera!

Te detienes y volteas para mirarlo; él se acerca a los barrotes que los separan.

—Si hago esto —pregunta Gun, nervioso—, ¿quedaré libre?

Te encoges de hombros.

—No… pero podrás dormir con la conciencia más ligera.

Aprieta los puños en un arrebato de ansiedad.

—¡Tienes que encerrarlo! No puedes fallar… si lo haces estaré jodido.

Lo miras en silencio y dejas que se desahogue.

Él asiente con la cabeza mientras se muerde los labios.

—Todas las semanas, Marco va al edificio abandonado por las vías del tren; no sé bien qué haga ahí, pero siempre va. Mañana podrás encontrarlo ahí.

Asientes con la cabeza, satisfecho por haber conseguido, por fin, una forma de acercarte a él.