Capítulo 16
La inevitabilidad de las eventualidades
—Debo admitir, señor Whittaker, que de todas las personas que esperaba ver hoy, tú no eras una de ellas.
Tu voz resuena con una acústica particular por la falta de eco de la habitación.
Una mesa de metal te separa de Dave Whittaker; están sentados frente a frente en sillas del mismo material.
Él se mece y se frota las manos, nervioso.
Tu edad se ha evidenciado más en estos días y te recuerda a diario que ya no tienes veinte años; sin embargo, agradeces no verte como Dave, que viste con una camisa de manga corta a cuadros fajada en un pantalón de mezclilla.
A tu lado, sentada con los brazos cruzados y con cara de pocos amigos, está Diana.
—Es un malentendido, estaba buscando entrar al bar.
—¿Por detrás? —preguntas—. No es como si el lugar fuera tu novia de la preparatoria, señor Whittaker; dejemos de hacernos tontos, ¿te parece?
—Yo, ejem… me perdí —dice esquivándote la mirada, tú alzas una ceja—. Sí, me equivoqué y cuando me di cuenta de que la entrada no era ahí, te vi.
—Entiendo, y ¿es coincidencia que me hayas llamado Gun? ¿De dónde salió ese nombre?
—Yo… bueno, fue lo primero que se me vino a la mente, ¿sabes? Querer encajar con los jóvenes en el lugar, sé que tú me entiendes —responde con evidente nerviosismo.
—No, de hecho, no te entiendo, Dave, pero hay algo que me parece extraño —te recargas hacia delante y susurras—.
Verás, resulta que hemos detenido a un sospechoso de feminicidio, un caso terrible que conoces muy bien, pues es el de tu hijastra…
y esto es en particular extraño: su nombre real es Carlos, pero en las calles lo conocen como…
Gun —te recargas confiado y añades en tono normal—.
Ahora, estoy seguro de que entiendes por qué esto me resulta extraño, y sé que debes tener una explicación razonable de por qué el padrastro de la víctima de feminicidio estaba buscando al presunto responsable agresor.
El hombre palidece y sus ojos se abren a más no poder.
—¿Qué? —pregunta, sorprendido—. Yo… yo no sabía, ¿de qué hablas? ¿Por qué no nos habían dicho?
Esbozas una sonrisa burlona.
—Le hicimos saber a Helena, Dave.
Él se encoge en su silla, con la boca entreabierta, procesando lo que le acabas de decir.
—¿Qué clase de padrastro actúa como si no sucediera nada cuando su hijastra es asesinada? —preguntas en tono acusador.
—No, no es así, yo no…
—¿Sabes qué creo? Que tienes algo que ver con lo que le sucedió a Melissa, que conspiraste con Gun para hacerle daño.
—¡¿Qué?! ¡Claro que no! —grita Dave, ofendido y asustado.
—¿No? Entonces, explícame qué hacías en El Gato Amarillo, ¿para qué buscabas a Gun?
—Mierda —dice Dave cubriéndose el rostro con las manos—. Hay… —baja las manos y te mira.
—No puede ser —interrumpe Diana de manera abrupta y señalando a Dave—. Tú eres cliente de Gun, ¿verdad? Le compras esos videos asquerosos de los que todos hablan.
Él los mira en silencio con la boca entreabierta.
—Sí —confiesa bajando la mirada—. Gun… él me vende esos videos.
El estómago se te revuelve, mientras sientes las manos calentarse al formar puños. Te das cuenta de que estás apretando los dientes.
—¿Qué videos, Dave? —preguntas con la mandíbula trabada.
—Snuff —dice rendido—. Son videos snuff … —aclara y rompe en llanto.
Le clavas la mirada entrecerrando los ojos.
—Entonces, ¿qué? ¿Descubriste que había un video de Melissa y lo quisiste comprar? —pregunta Diana.
—¡Claro que no! Yo no haría eso… No sabía.
—Tal vez si hubieras despegado tu atención de tu teléfono, sabrías más; al parecer no tienes idea de nada. A todo respondes con un “no sabía” —termina ella en un tono de molestia.
—¿Qué le pasó a Melissa? —preguntas con frialdad—. Confiesa, ¿qué le hiciste a tu hijastra, Dave?
Dave alza la cabeza y ya no puede contener el llanto.
—Yo… Tuve un altercado con Gun… Él me vendió un video, por una gran cantidad de dinero, pero…
no era lo que prometió, así que fui con él y lo confronté, pero me insultó y me golpeó.
Yo… —se limpia la nariz con la mano—. Le dije que iría con la policía…
y eso no le gustó para nada. Me amenazó.
Me dijo que no lo hiciera si sabía lo que me convenía.
—¿Y fuiste con la policía?
Él niega con la cabeza.
—¿Qué les iba a decir? —suspira—. Fui a la estación, pero no para acusar a nadie, solo entré a la recepción para que Gun y sus amigos me vieran ahí y se asustaran, pregunté algo muy tonto, no recuerdo qué, y después salí… no creí que…
—¿Asesinaron a tu hijastra y no nos dijiste nada de esto hasta ahora? —preguntas conteniendo tu enojo—. ¿Por qué?
—Si yo decía algo, mi esposa… ella se enteraría de todo y me dejaría en ese mismo instante. Además, cuando eres parte de esto… tú sabes, no quería problemas con nadie, ni con la policía ni con Carlos.
Diana ríe, incrédula, mientras tú te llevas la mano a la boca para calmarte antes de responder.
—Mierda… —dices al fin, recargándote en el respaldo de la silla—. Mira, Dave, no sé si creerte o no, pero si sabes algo que pueda ayudarnos con esto, ahora es el momento de decirlo todo. Por Melissa.
—Ya les dije todo… Fue ese cabrón de Gun. Él me amenazó, él me hizo daño. Incluso escuché que les ha dicho a todos en El Gato Amarillo que él fue, pavoneándose como si… —forma un puño con su mano y lo pone frente a su boca—. ¡Deben arrestarlo!
Asientes con la cabeza.
—¿Dónde tienes guardados los videos que compraste?
—En mi computadora personal, es una laptop negra.
—Esto es lo que sucederá, Dave —le haces un gesto a Diana que entiende a la perfección y sale de la habitación—.
Te vamos a arrestar por comprar esos videos; iremos a tu casa y buscaremos esa laptop que dices; mi compañera, Diana, vendrá con un formato de consentimiento de búsqueda; allí deberás escribir que consientes la búsqueda que estamos por hacer y escribirás al reverso la contraseña de la laptop.
—¿Arrestar? —pregunta con resignación. La mirada apagada y fija sobre la mesa frente a él—. ¿En serio?
—Comprar y tener ese tipo de material es un delito grave. Décadas, cuando menos —dejas que el silencio repose por un par de segundos frente a él—, pero si estás dispuesto a declarar, podríamos buscar una forma de reducir la sentencia un par de años.
Dave baja la mirada y aprieta los labios. Asiente con la cabeza
—Ese cabrón pagará por lo que le hizo a Mely. Se pudrirá en prisión —dice entre dientes.
—Déjanos hacer nuestro trabajo, Dave —respondes mientras Diana entra en la habitación sosteniendo una hoja y una pluma y le entrega ambas a Dave—. Escribe que nos das autorización para ingresar a tu casa y confiscar tu laptop, junto con la contraseña.
—Okey, okey —responde, resignado, y anota lo que le has pedido—. Está oculta dentro de mi oficina. Debajo del escritorio hay un compartimento; ahí podrán encontrarla.
Tomas la hoja de papel y te levantas; Diana te espera de pie junto a la puerta.
—¿Qué le dirán a mi esposa? —pregunta Dave con un tono de urgencia—. ¿Qué le dirán a Helena?
Lo miras sobre tu hombro y sales de la habitación sin decir una palabra. Diana te sigue y cierra la puerta detrás de ella.
—¿Puedes creerlo? —le preguntas a Diana, molesto—. Qué maldito mundo tan asqueroso.
—Es duro —responde ella—, pero no puedes tomarte personal el caso, David. Lo sabes.
Le clavas la mirada.
—¿Me lo estoy tomando personal? —dices intentando contener tu enojo—. No, Diana, solo soy una persona funcional que está presenciando uno de los actos más degenerados que ha visto la historia moderna.
Ella aprieta los labios.
—Hey, ¿estás bien? —pregunta ella.
Haces una pausa y suspiras. Con un hueco en el estómago, tratando de contener las palabras que nacen del fuego que sientes ahora mismo y amenaza con carcomer las entrañas. La furia. Justo como lo has hecho toda tu vida.
—Sí, estoy bien, solo fue… olvídalo, ya estoy bien. Vayamos por la computadora de Dave.
Al llegar a casa de Dave y Helena, notan que hay una patrulla apostada en frente y Edgar está parado en el jardín frontal.
—Detectives —los saluda Edgar haciendo un gesto con la mano—. No esperaba su llamada.
—Es bueno contar con su ayuda, oficial —respondes estrechando su mano.
—Es nuestro trabajo… Hueman, pero por favor, dime que todo esto es legal, no quiero tener que atender un reporte de abuso policial el día de mañana.
—Sí, todo legal —dices mostrándole el consentimiento firmado por Dave.
Edgar asiente, satisfecho.
—¿Qué buscamos? —pregunta mientras caminan hacia la puerta principal.
—Una laptop; es propiedad del señor Whittaker.
—¿Whittaker? ¿Qué no es el padrastro de la víctima más reciente?
Asientes con la cabeza.
—¿Por qué estamos aquí? —de repente abre mucho los ojos—. No me digas que él…
—No, no creo que haya sido él, pero tiene unos videos snuff en su computadora.
—¿¡Qué?! —pregunta, sorprendido—, ¿él?
—Sí.
—Qué hijo de perra tan enfermo —finaliza Edgar y te da una bolsa de evidencia para la computadora.
Llaman a la casa y abre Helena, confundida.
—¿Detectives? ¿Qué sucede? ¿Han encontrado algo acerca de mi Mely?
Aprietas los labios.
—Necesitamos una computadora que es propiedad de su esposo, señora Gauss. Aquí está el consentimiento de Dave —finalizas mostrándole la carta con su firma.
Ella lo mira frunciendo el ceño.
—No entiendo, ¿dónde está Dave?
—En la estación, señora. Está detenido.
Se alarma al escuchar esas palabras.
—¡¿Detenido?! ¿Por qué?
—Señora Gauss, mi compañera Diana le dará una explicación de lo que ha ocurrido. ¿Me podría decir en qué habitación guarda Dave su laptop?
Ella niega con la cabeza.
—No, no… tiene una computadora en su oficina, pero es de escritorio, no una laptop.
—Entiendo. ¿Sería tan amable de guiarme hacia la habitación en donde tiene su computadora?
Helena te guía hacia una puerta de madera cerrada.
La abre y muestra un lugar ordenado. Una silla frente a un sencillo escritorio de madera debajo de un gran ventanal que da hacia el patio.
Ella se marcha, preocupada, mientras tú revisas el lugar.
Ves el escritorio del que habló Dave, buscas debajo y, tal y como dijo Dave, debajo de una de las patas del escritorio, un compartimento oculto en el suelo.
Mueves el escritorio y abres el espacio; dentro encuentras la laptop negra.
En ese instante, sientes tu teléfono vibrar. Es un correo desde una dirección extraña con el asunto que dice “Un pequeño regalo; diviértete” . Hay un archivo adjunto con el título “MR”. Un video. Presionas sobre él.
Bajas apresurado y dando tropezones en cada escalón. Movimientos erráticos, con una mano sobre tu boca. Sientes el palpitar de tu corazón sobre tu pecho; en la entrada principal, ves a Helena y Diana conversando.
—No puedo creerlo —dice Helena a Diana con la mirada destrozada—. ¿De verdad? Él… él no sería capaz. Debe ser un error.
—No hay error, Helena. Lo siento.
Pasas frente a ellas casi corriendo, dándoles un leve empujón.
—¿David? —te llama Diana, preocupada.
No puedes pensar en nada más; tu mente está en blanco y, al mismo tiempo, manchada de manera irreparable. En este momento, no escuchas nada más que los gritos agonizantes y súplicas de Melissa, los ruidos ahogados con su propia sangre y la risa. La maldita risa.
Sales de la casa, a duras penas te recargas en un árbol y vomitas.
—David, ¿qué pasó? —pregunta Diana, preocupada.
No respondes, no porque no quieres, sino porque ver ese video ha tenido un precio a pagar.
Un pedazo de tu alma, corazón y mente. Se lo ha llevado para siempre.
Escuchas todo como si lo estuvieras viendo en este momento.
Los golpes, las cadenas, los gritos sordos, la risa, el motor.
Y la mirada de Melissa… suplicante, bañada en lágrimas, sangre y terror absoluto.
Se te revuelve el estómago, las ideas se arremolinan en tu cabeza, junto con las imágenes que acabas de ver.
Incapaz de procesar lo que acabas de mirar.
Diana te toca el hombro y saltas.
—Mierda, David, ¿qué pasó? —pregunta Diana.
Quieres decir mil cosas, pero todas y cada una de ellas se atoran en tu garganta. Te asfixian.
Más tarde, cuando llegas a tu departamento, te recibe Andrea con una gran sonrisa. Caes de rodillas, la abrazas y rompes en llanto.