Capítulo 15
El hastiado caminar de la verdad
Una voz te llama a la distancia, pero la oscuridad no te deja ver. Es una voz inconfundible: es Andrea.
—¡Papá!
Te llama, una y otra vez, asustada y entre llantos. Tu corazón se acelera, pero no logras ver nada. Sus gritos parecieran alejarse y tu desesperación se desboca.
—¡Andrea! —gritas con todo el aire de tus pulmones.
Sientes que te caes, te arrastras e intentas levantarte para llegar a ella, pero ¿cómo hacerlo? No sabes para dónde ir y sus gritos son cada vez más lejanos, hasta que se disipan en la distancia.
Pero tú no te rindes, corres desesperado a través de la penumbra, te caes y te vuelves a levantar. Tus gritos de angustia también se distancian de ti mismo con el paso del tiempo.
De pronto, ves una pequeña luz a la distancia y distingues una voz familiar que te llama.
—¡David! ¿Puedes oírme?
La luz crece más y más, hasta que reconoces un rostro familiar frente a ti. Hay luces rojas y azules que parpadean.
—¡Mierda, David!
—¿Diana? —preguntas, desubicado y confundido—. ¿Qué pasó? ¿Dónde está el sujeto?
—Huyó —responde—, pero no sin antes darte un regalo.
—Sí… me golpeó, el muy bastardo.
Intentas ponerte de pie, pero Diana te lo impide.
—Hey, hey, tranquilo, Hueman. Los paramédicos no deben tardar en llegar; deberías quedarte recostado en lo que llegan.
Te mofas.
—Por favor —te levantas con esfuerzo—. ¿A dónde fue?
—¿Qué? —pregunta Diana—. Tú lo ibas persiguiendo, tú dime hacia dónde se fue.
—¿No venías detrás?
—No es por nada, pero para ser un vejete, corres rápido. No pude seguirle el paso a ninguno de los dos.
—Mierda —respondes frustrado—. Entonces escapó, así nada más. Vaya detectives que somos —toses y escupes sangre que se ha acumulado en tu boca.
—Debimos haber traído apoyo —dice Diana.
—Lleva eso a que lo analice el Departamento Forense —le dices señalando la prenda que arrojó el sujeto y que ella todavía sostiene.
Ella asiente.
—Los patrulleros se quedarán en el área, seguirán buscando… No podrá huir lejos.
Suspiras.
—Supongo que ya estoy muy viejo para este trabajo; antes los golpes no dolían tanto.
—No me digas que estás pensando en cambiarte de profesión por un golpe pequeñito —responde Diana burlándose.
—¿Qué? ¿Sería tan malo? Creo que vender fruta sería algo pacífico.
—¿Pacífico, dices? —Diana se mofa—. Claro, hasta que alguien intente asaltar tu tienda.
—Puede ser, ¿qué tal jardinero? Eso sí sería tranquilo.
Ella sonríe.
—Mejor deberías tomarte unas vacaciones. Dejar esto atrás un tiempo, un par de semanas, tal vez.
—Por favor —niegas con la cabeza—. Cuando resolvamos este asunto, tal vez me tome una cerveza.
—Por Dios, tú sí que sabes cómo festejar, ¿eh?
Sientes tu teléfono vibrar en tu pantalón. Al mirarlo, te sorprende ver el nombre de la señora Nervis y contestas nervioso.
—Señora Nervis, ¿qué pasa?
—Papá —suena la voz de Andrea somnolienta.
—Amor, ¿qué haces despierta? Ya es tarde.
—Es que te extraño, papi —dice con una voz suave como un hilo de seda y, al mismo tiempo, tambaleante como si estuviera a punto de quebrarse.
Escucharla te rompe un poco el corazón.
—Y yo a ti, pero papi está trabajando, ¿recuerdas? Atrapando a los tipos malos.
—Bueno… —responde resignada.
—Por favor, pon a la señora Nervis al teléfono.
Después de que se escucharan algunos ruidos sordos, contesta la señora Nervis.
—Yo sé que es tarde, señor Hueman, pero la niña insistió en llamarlo, ¿cómo decirle que no?
Suspiras.
—No, está bien, no hay problema, solo, por favor, que no se quede despierta mucho tiempo más.
—Claro.
—Gracias, señora Nervis.
Cuelgas la llamada y volteas a ver a Diana, que te mira.
—¿Qué? —preguntas.
—Nada, nada —responde ella—, solo… no esperaba que le hablaras tan bonito a tu hija, es todo.
—¿Tan bonito? —respondes en un tono incrédulo—. ¿Qué pensabas?, ¿que le hablaba como un ogro?
Ella ríe.
—No lo sé, Hueman, solo no creí que fueras tan… delicado con ella.
—Pues claro, es mi pequeña princesa…
Una punzada súbita en el rostro te obliga a hacer una breve pausa. Haces un gesto de dolor.
—Mierda —dice Diana mirándote el rostro—, debe de haber sido un fuerte golpe, ¿eh?
—En realidad no fue tan fuerte, nada más que no tenía mi pie bien apoyado y me caí de espaldas… Fue más que nada mala suerte; si hubiera podido apoyar mi pie, seguro la historia sería otra.
Diana te lanza una mirada de burla.
—Claro, Hueman, claro.
—Necesito un cigarro, ¿tienes? —dices moviendo los hombros, estirándote.
—No, los dejé en casa.
Respiras hondo, cansado.
—Yo tengo en mi auto, pero esperaba no tener que ir hasta allá solo para fumar, ¿vienes?
—Hey, si con esto no te das cuenta de que eres un adicto a esa mierda, nada lo hará entonces —dice Diana en tono bromista—. Yo me quedaré aquí para estar cerca de los patrulleros, pero tú deberías ir a que te revise eso un doctor —dice refiriéndose a tu rostro.
—¿Qué?, ¿esto?, por favor, si no es nada —respondes y te diriges hacia tu auto.
Caminas por la acera pensando en aquel tipo y la arrogancia en su actuar, como si ya supiera que los encontraría ahí y tuviera planeado todo: ocultarse detrás del bar, lanzarte esa prenda ensangrentada y después huir.
Maldita sea, ¿esa prenda pertenecía a Melissa?
, ¿o es una víctima nueva? Asumes que el forense te dará la respuesta, eso o un cadáver nuevo que se descubra por la mañana.
Llegas a El Gato Amarillo y ves a los jóvenes tomando cerveza y jugando al billar, conversando y riendo.
Claro, a esa edad, ¿qué tan consciente eras tú mismo de lo que sucedía a tu alrededor?
Lo más seguro es que solo estén enfocados en emborracharse y divertirse un rato, conocer a personas nuevas, incluso…
Por lo menos, la mayoría de ellos, ya que algunos otros piensan en cosas más…
siniestras. ¿En qué momento se fue a la mierda el mundo?
¿Qué clase de monstruos vivirán junto a Andrea?
Cuando iniciaste como policía, creías que sentirías tranquilidad al atrapar criminales.
Sentir que estás limpiando la ciudad, pero la fantasía duró poco, porque, al estar en contacto diario con los criminales, has entendido que no importa a cuántos atrapes, siempre habrá otro debajo de la siguiente piedra.
Te subes a tu auto, que tiene una vista clara al callejón que a la parte trasera del bar. Justo antes de encenderlo, ves a una persona caminando hacia allá. Aunque por la distancia y la oscuridad no puedes reconocerlo, su complexión no es de alguien joven. Intrigado, decides seguir al sujeto.
Entras al callejón y lo ves que se para en el mismo lugar en donde estaban Jonathan y Brian cuando llegaste. El hombre voltea hacia todos lados, como si estuviera buscando a alguien. Te ve venir entre las sombras y, confundiéndote con alguno de los jóvenes, camina hacia ti.
—¿Dónde está Gun? —pregunta molesto—. Escuché que…
Cuando te reconoce, abre los ojos, sorprendido de verte ahí. Tú también te asombras; a esta distancia es inconfundible, sabes quién es este sujeto.
—¡Dave Whittaker! —dices de manera firme—. Tienes muchas preguntas que responder.