No me dejes cerrar los ojos Capítulo 13
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Capítulo 13

Huellas pisadas

Tocas a la puerta. Los golpes generan un eco que pronto se desvanece. Miras hacia el fondo del pasillo, piensas en lo que te ha estado sucediendo y en si puedes, con todo ello, confiar en que eres capaz de ver la realidad tal cual es, o si estás perdiendo la cabeza.

Perdido en tus propios pensamientos, te sobresaltas cuando abren. —¿Sí? —pregunta con molestia un joven que se asoma abriendo un poco la puerta—. ¿Hola?

Aunque todavía un poco sorprendido, lo observas: tiene alrededor de veinte y su aspecto es andrajoso.

Trae una camisa de botones abierta hasta por encima del ombligo, un cigarro en la boca y una lata de cerveza en la mano, que tiene recargada contra el marco de la puerta.

Tiene el cabello desaliñado y con trozos de papas fritas o alguna otra botana.

—Soy el detective David Hueman, ¿tú vives en este departamento?

Los ojos del tipo se abren como platos, y se yergue poco a poco.

—Uh… no, yo solo estoy de paso…

—¿Podrías llamar a la persona que vive aquí?

Él asiente y se aleja despacio de la puerta, aunque no la cierra.

Te asomas y ves muchas latas de cerveza vacías, basura y comida tiradas por todas partes.

Al fondo se alcanza a ver una pequeña mesa de madera con un bong enorme y una bolsita de plástico transparente con lo que asumes que es marihuana.

Al poco tiempo, el sujeto que te abrió la puerta trae casi a rastras a otro, que tiene una sudadera roja manchada y con el gorro cubriéndole la cabeza. Notas que está somnoliento y cuando llega a la puerta, su cara choca con esta y con mucha calma se lleva la mano sobre su rostro.

—¿Qué quieres? —pregunta amodorrado.

—Soy el detective David Hueman, tengo un par de preguntas que hacerte sobre la fiesta que hiciste en este edificio hace un par de semanas atrás.

El sujeto suspira.

—Mira, no sé nada de la zorra que desapareció, ¿de acuerdo? —el tipo se frota las sienes.

—¿Y qué sí sabes? —preguntas, desafiante.

El sujeto te mira aún con un ojo descubierto.

—Nada. No sé nada, viejo —dice y trata de cerrar la puerta, pero pones el pie para impedirlo.

—¿Estás seguro de querer ir por esta ruta? Créeme que te puedo hacer la vida muy difícil por las drogas que tienes ahí —dices señalando con la mirada—. Apuesto a que debes tener cosas más… interesantes por aquí también, ¿verdad?

El sujeto te mira, preocupado.

—Mira, voy a quitar mi pie y podrás cerrar la puerta sin ningún problema, por lo menos, sin problemas inmediatos, ya que dentro de poco regresaré con una orden de cateo, con perros policía y es muy probable que te lleve a prisión…

pero, hey, es tu decisión, yo puedo ir por cualquiera de las dos rutas.

Quitas tu pie y el hombre no cierra la puerta, solo te mira con la boca medio abierta.

—Buena elección —dices con una sonrisa cínica—. Ahora, ¿podría entrar para que podamos conversar?

El hombre traga saliva, mira hacia todos lados, menos a ti.

—Hey, hombre, no estoy aquí por tus drogas. Estoy buscando información que me pueda ser útil sobre el caso de Melissa Robledo.

Él asiente y abre la puerta poco a poco para dejarte pasar.

Al entrar, te llevas la mano a la nariz y evitas una arcada.

Desde afuera podías ver la suciedad e inmundicia del apartamento, pero dentro el olor es casi insoportable; el fregadero está lleno de platos llenos de comida podrida, moscas y cucarachas corriendo por doquier.

Tus zapatos se adhieren al suelo pegajoso y a cada paso hacen un sonido que te provoca más náuseas.

Las ventanas están cubiertas con cinta adhesiva, así que la única luz que hay es la poca que logra atravesarlas y la de la televisión.

Haces un gran esfuerzo para no reaccionar al olor, pero es demasiado; para contrarrestarlo, sacas un cigarro y lo enciendes; intentas con todas tus fuerzas concentrarte en él.

—Hey, no puedes fumar aquí —dice el sujeto de la sudadera roja—. Es ilegal o una mierda así.

Lo miras fijamente a los ojos con incredulidad y volteas hacia donde está la droga. Él se encoge de hombros.

—¿Cuál es tu nombre, amigo? —preguntas forzando una sonrisa.

—Claude.

—¿Claude? Un nombre muy exótico. Te queda bien.

Claude se limita a mirarte.

—Mira, Claude, hace un par de semanas hiciste una fiesta aquí, ¿verdad? Vinieron muchas personas.

Él asiente con la boca entreabierta.

—Necesito que me des una lista con los nombres de las personas que vinieron.

—Sí, claro —dice Claude riendo.

De nuevo, fijas tu mirada en él con un semblante serio.

—Ah, no mames, perro, ni de pedo podría hacer eso —responde riendo.

—¿Por qué no? —preguntas con seriedad.

—¿Sabes cuánta gente estaba aquí esa noche? Miles, perro, ¿o no, mi Cinco? —pregunta sonriente hacia el sofá.

De una pila de cojines y porquería se levanta una cabeza, que no habías visto, y asiente. Notas que el cuello es muy corto, casi como si no tuviera.

—Te dije, perro. Un éxito.

—¿Cinco?, ¿por qué te dicen Cinco? —preguntas mientras se vuelve a recostar en el sillón.

Claude ríe.

—Es el Cinco… el Cincoello —dice Claude mientras suelta una risa boba.

Suspiras.

—Necesito nombres, Claude —respondes molesto.

Él niega con la cabeza.

Te coges el entrecejo, frustrado.

—Dime qué recuerdas de esa noche, entonces.

—Nada —ríe de nuevo—. Estaba drogadísimo, perro.

Aprietas los labios.

—¿Nada en absoluto?

Él niega con la cabeza con una media sonrisa.

—Hey, deberías decirle sobre lo que pasó con Gun, ¿me entiendes?

Dice desde la cocina otro hombre, también desaliñado, mugroso y con un piercing de toro en la nariz. A este tampoco lo habías visto. Se levanta del suelo y se recarga sobre la basura que está encima de la barra que separa la cocina de la sala.

—¿Cuál Carlos? —pregunta Claude—. Estás drogado, perro. Vete a la mierda.

—Yo no dije Carlos, imbécil, dije Gun —dice mostrando los dientes de un tono amarillento verdoso.

Tus ojos se abren mucho.

—¿Qué de Gun? —preguntas ansioso.

—Ignóralo, hombre… —dice Claude.

—¿Qué hay con ese Carlos? —insistes.

—Que fue él quien le metió la idea a este tipo de hacer la fiesta; de hecho, fue más que nada fiesta de él que de este, ¿me entiendes? —dice el tipo de la cocina.

—Claro que no, perro —responde enseguida Claude, molesto—. Fue mía.

—¡Cierra la boca! —le gritas a Claude y regresas la mirada al hombre del piercing—. ¿Conoces a Gun?

—Claro, todos conocen a ese desgraciado enfermo en estos rumbos.

—¿Enfermo? ¿De qué hablas? —preguntas confundido.

—Vaya detective —dice Claude en un tono burlón mientras se acerca a la barra de la cocina, junto al hombre del piercing—. ¿No lo sabes? No quisiera que me buscaras a mí.

Decides ignorar su comentario.

—Ya sabes… tiene cierta… fama, ¿me entiendes?

—¿Fama de qué?

—Hombre, cállate —le dice Claude.

—Hey, ¿de qué tiene fama Gun? —preguntas desesperado y agresivo.

El otro hombre se muestra inseguro y nervioso, como si se acabara de dar cuenta de que cometió un error.

—Bueno, yo no, ejem… ya sabes, no es como que lo conozca muy bien, solo sé los rumores, ¿me entiendes?

—Escúchame —le dices enojado—. Escúchenme ustedes dos.

Estoy investigando el asesinato de Melissa Robledo.

La última vez que se le vio con vida fue en esa fiesta.

Carlos está detenido y estoy juntando evidencia, ustedes dos, perros…

— Intentas pronunciar con el mismo acento de Claude, pero te sale fatal—.

Tienen en este momento una oportunidad única, no solo para evitar la prisión, sino para poder darle paz a una familia en sufrimiento.

Si eso no es suficiente motivación, puedo acusarlos de posesión de narcóticos y obstrucción a la justicia y llevarlos a ambos presos en este momento.

Tengo suficiente evidencia para hacerlo —dices señalando con la mirada la droga en el cuarto contiguo.

—Hey, ¿qué hay de mí? —dice el tipo que está acostado en el sofá.

Suspiras y te masajeas el entrecejo, impaciente.

—¡A todos los que estén aquí, en este departamento de mierda!

—Bien hecho, mi Cinco —le dice Claude con una risita, orgulloso de su amigo.

El hombre del piercing te mira, nervioso.

—Los rumores… dicen que Gun tiene cierto gusto ilegal, ¿me entiendes? Cosas que no están bien, ¿me entiendes?

—Deja de darle vueltas y dilo —respondes ya desesperado.

—Ejem… Él tiene ciertos videos, ¿me entiendes? Videos de esos que no deberían existir, de gente sufriendo, siendo… —hace una breve pausa mirando a todos— torturados, ¿me entiendes?

—¿Videos snuff ? —respondes en un susurro y abres los ojos al imaginar el terror de lo que eso significaría para Melissa.

—Sí, viejo, cosas horribles… ese perro dice que él mismo ha grabado algunos… Te digo, viejo, está enfermo.

—¿Qué saben de Melissa Robledo? —preguntas con urgencia—. ¿Hay un video de ella? ¡Díganme!

Ambos dan un paso hacia atrás, igual de asustados que sorprendidos por tu enojo.

—No, no, viejo, no —dice Claude una y otra vez.

—Es muy pronto para saberlo —responde el otro tipo.

—¿De qué hablas?

—El perro los edita, ¿me entiendes? Si grabó algo, es probable que lo esté editando para después vender el video —termina de decir el hombre del piercing.

Claude lo voltea a ver, incrédulo y acusador.

—¿Vende…? —interrumpes tu propia pregunta—. ¿A quién? ¿Cómo?

El tipo se encoge de hombros.

—Eso no lo sé, ¿me entiendes? Solo él sabe dónde vende esa mierda, ¿me entiendes?

Tragas saliva e intentas calmar tus nervios.

—¿Dónde guarda esos videos?

—En su computadora, perro —contesta Claude atropellando las palabras—. O ahí es donde nos los muestra, por lo menos.

—¿En su departamento?

Él asiente, ansioso.

—Sí, perro, vive cerca de la salida sur de la ciudad.

—Esto es… inesperadamente útil, gracias a ambos. ¿Hay algo más? —ambos niegan con la cabeza—. Si tienen algo más que decirme, les dejo mi tarjeta.

Sales dejando atrás por fin ese olor asqueroso. Iván sigue en la recepción, leyendo la misma revista y en la misma posición. Te despides de él con la mano y te regresa el gesto.

El sol se ha ocultado y el cielo se pinta de los anaranjados del atardecer. Mientras caminas apresurado hacia tu auto, sientes tu teléfono vibrar; es Diana

—¿Dónde estás? —preguntas con urgencia—. Te necesito en El Gato Amarillo, ¡ya!

—¿Qué sucedió? —pregunta con tono de preocupación.

—Te lo diré allá.

Llegas a tu auto, lo enciendes y conduces hacia El Gato Amarillo.