No me dejes cerrar los ojos Capítulo 12
43%

Capítulo 12

Pasado con aires de futuro

Estás apoyado en tu auto afuera de la escuela de Andrea, esperándola para llevarla a casa.

En el momento en que los niños comienzan a salir, apagas rápido tu cigarrillo con el pie. Ves a Andrea salir, agarrada de la mano de Tommy. “¿Esto lo permite la escuela?”, piensas.

—Hola, papá —dice Andrea sonriente y luego se despide de Tommy y le quita la mano.

—Hola, papá de Andrea —dice Tommy también, ondeando la mano sonriente.

—Hey, hola… —respondes sin muchas ganas.

—¡Adiós, Andrea! ¡Nos vemos mañana! —dice Tommy casi gritando.

—¡Sí! —le responde tu pequeña en el mismo tono.

Andrea sube al auto y se coloca su cinturón de seguridad, y poco después tú haces lo mismo.

—¿Qué tal tu día, amor? —le preguntas, sonriente.

—Muy bien, papi —responde sacando algo de su mochila—. ¡Mira! Me lo regaló Tommy hoy.

Andrea te enseña una diadema blanca con una flor del mismo color y botón amarillo.

—¿Huh? —preguntas confundido—. ¿Una diadema?

Ella asiente, emocionada.

—Sí, y cuando me la dio me dijo: “Una flor para otra flor” —te contesta tratando de imitar la voz de Tommy.

Pones cara de desagrado.

—No puede ser… Pero ni siquiera es una flor, es una diadema.

Ella sonríe y se le ilumina la cara al ver la diadema; después señala frenética hacia el parasol.

—¿Qué? —le preguntas—, ¿qué quieres?

Ella continúa señalando con movimientos bruscos.

—Muñeca, ya no eres una bebé, puedes hablar y esto sería mucho más fácil para ambos si me dijeras qué quieres.

—El espejo que está en esa cosa —dice ella señalando al parasol—. Quiero ver qué tan bien se me ve.

—Ah…

En un semáforo en rojo, bajas el parasol para que Andrea pueda mirarse en el espejo.

Sonriente, se arregla el cabello y hace gestos y expresiones distintas, como si posara ante la cámara. No puedes evitar reír.

—¿Estás posando?

Ella asiente.

—Sip, porque se me ve muy bien la diadema.

—Eso es cierto —respondes con una sonrisa.

Paras en un lugar de comida rápida. Al llegar a tu departamento, dejas la bolsa de comida en la barra de la cocina y metes algunas cosas en el refrigerador.

—Andrea —dices desde la cocina y ves a tu hija asomar la cabeza sobre el sofá de la sala—, hoy tendré que salir en la noche; le llamaré a la señora Nervis para que esté contigo. Pórtate bien con ella, ¿de acuerdo?

—¿Irás por los malos? —pregunta ella.

—Sí, iré por los malos.

En ese momento, Andrea enciende la televisión y, por mala suerte, está un canal de noticias hablando sobre el caso en el que estás trabajando.

…El alcalde Ritchman, junto con el capitán de la policía Aarón Matadamas, han confirmado la detención de Carlos N.

, mejor conocido como Gun, el principal sospechoso del secuestro y asesinato de Melissa Robledo.

Carlos N. está esperando su audiencia inicial para determinar los cargos y las medidas cautelares.

La brutalidad de las heridas, le recordamos, fue tan severa que…

—Hey, hey —dices acercándote a la mesa de centro para coger el control remoto y cambiar de canal—, no deberías ver esas cosas.

Ella se revuelve en su asiento, con cara de preocupación.

—¿Qué pasa, muñeca?

—¿Estás trabajando en ese caso?

—Sí…

—¿Y es cierto eso? ¿Ya lograste atrapar al culpable?

Aprietas los labios y le acaricias la mejilla con tu mano.

—No lo sé, nena.

—¿Por qué no sabes?

—Es… complicado. Pero papi debe salir y asegurarse de que detuvo a la persona correcta.

—¿Y es peligroso? ¿Perseguir a los malos?

Te sientas al lado de ella y le acaricias con cariño la cabeza.

—No te mentiré, sí puede ser peligroso. Pero tu papi siempre resulta ser más inteligente que esos criminales —haces una breve pausa y, al ver sus ojos cristalizados, decides suavizar el tono y hablar con mayor seriedad—. Amor, no te preocupes por mí. Siempre estaré contigo para cuidarte.

—¿Lo prometes? —suplica más que preguntar.

—Sí, lo prometo.

Recibes un abrazo espontáneo lleno de amor y lágrimas.

—No quiero que te vayas con mamá. No me dejes sola, por favor.

Escucharla te agrieta el corazón y la abrazas con más fuerza para contener las lágrimas.

—Nunca. Siempre estaré contigo.

Al escuchar el timbre, te separas de ella y le das un profundo beso en la frente.

Te levantas y abres la puerta; del otro lado está una mujer mayor, regordeta, con las mejillas encendidas y con un gesto amable.

—Hola, señora Nervis, gracias por tomarse la molestia de venir —le dices invitándola a entrar.

—Oh, para nada es molestia, me encanta estar con la pequeña Andrea —deja su bolso azul en la barra de la cocina y mira con desdén la bolsa de comida rápida—. ¿Dónde está?

Señalas con el dedo hacia el sillón y Andrea, de nuevo, asoma su cabeza sobre él y ondea la mano.

—¡Hola, señora Nervis! —le grita contenta.

Ella le devuelve el saludo con una amplia sonrisa.

—Compramos algo de comer —le dices a la señora Nervis señalando la bolsa de comida.

—¿Comida rápida? Por favor, señor Hueman, ¿cuándo he alimentado a su hija con chatarra? No, no, no, eso no; en este momento veré qué le puedo preparar a esta pequeña.

—Gracias —le dices en voz baja—. Es posible que llegue tarde.

—Claro, no hay problema.

Te giras y ves a tu niña sentada tranquila viendo caricaturas en la televisión. Te acercas a ella y le das un beso en la cabeza.

Cierras la puerta de tu apartamento, bajas las escaleras del edificio pensando en las palabras que escuchaste en las noticias.

Matadamas quiere darle carpetazo a esto y acusar a Gun.

Algo no te sienta bien con todo eso; el estómago se te revuelve ante la idea de dejar libre e impune a un maldito asesino solo por querer cerrar el asunto sin más, lo más seguro que por fines políticos.

Suspiras y enciendes tu auto. Te encaminas hacia el edificio en donde vieron con vida por última vez a Melissa.

Estacionas afuera de un edificio viejo con la fachada otrora blanca, polvorienta, y con algunas grietas como si de arrugas se tratara.

Abres la pesada puerta principal y notas que la manija de cobre te ha dejado un olor peculiar en los dedos.

Al entrar, percibes un aroma a madera antigua y aromatizante barato. Te asombra un poco al notar que el estado del interior del edificio, contrario al exterior, está limpio y cuidado, aunque la madera del suelo refleja el paso del tiempo y los muebles no dan la impresión de modernidad.

Caminas hacia la recepción; el suelo cruje con un sonido sordo con cada paso que das sobre la alfombra gris que cubre la mayor parte.

Un hombre de edad avanzada lee una revista, sentado en una silla.

—Hola —dices—. Soy el detective David Hueman, quisiera hacerle un par de preguntas.

El hombre te mira un instante y regresa a su revista.

—¿Sobre qué?

—Hace dos semanas hubo una fiesta en este edificio, una de las chicas que vinieron fue reportada como desaparecida y, hace poco, su cuerpo fue encontrado sin vida.

El hombre dobla la revista y la coloca frente a él.

—Sí, escuché sobre eso en las noticias. Una cosa terrible.

—¿Cuál es su nombre, señor? —preguntas estrechándole la mano.

—Iván —responde.

—Dígame, don Iván, ¿recuerda algo en particular de esa noche que le haya llamado la atención? ¿Algún conflicto o alguien con actitud sospechosa?

Él entrecierra los ojos, pensativo.

—Era una noche bonita —dice y se recarga en la silla —.

Yo me encontraba aquí en la recepción y me sorprendió ver que, alrededor de las nueve de la noche, comenzaron a llegar muchos jóvenes, de dieciocho o veinte años.

Nadie me había avisado nada, así que llamé a la gerencia para notificar el asunto, pero me dijeron que, en efecto, la terraza estaba reservada para hacer una fiesta, solo que no habían mandado el aviso a recepción.

—¿Quién la reservó?

—El chico del 1-B .

—¿Sabe cuál es su nombre?

—Ojalá supiera, pero ya a mi edad no es fácil recordar las cosas, mucho menos los nombres, pero estoy seguro de que, si subes al departamento, te abrirá la puerta. Está ahí la mayor parte del día.

—Claro, entiendo —sonríes—. ¿Algo más que recuerde de aquella noche de la fiesta?, ¿algún detalle en particular que considere importante?

—No, en realidad —responde acariciándose la barbilla con los dedos.

—Bien, gracias por su tiempo, don Iván —te diriges hacia las escaleras—. ¿Debo subir por aquellas escaleras para llegar al departamento 1-B?

Iván asiente con la cabeza y regresa la mirada a su revista.

—De acuerdo —dices en voz baja en un suspiro—. Si recuerda algo más, por favor, llámeme —finalizas mientras le entregas tu tarjeta.

Él la toma sin decir nada más.

El crujir de las escaleras de madera y el olor vuelven evidente la edad del edificio.

Al llegar al segundo piso, ves el número de un departamento: 1-A. Asumes que debes seguir caminando en este piso para llegar al 1-B.

El pasillo está iluminado por las grandes ventanas que tiene al costado derecho y por los candelabros de otra época.

Notas el trabajo de preservación del edificio en la alfombra del pasillo que, aunque vieja, está cuidada y limpia; lo mismo pasa con las paredes; a pesar de todas las historias que han atestiguado, no presentan manchones ni grietas.

Tus pasos marcan un ritmo sordo; sobresale un sonido que, aunque reconoces, no logras descifrar; pareciera una voz… ¿detrás de ti? Volteas y descubres que el pasillo se alarga hasta no tener fin. Aquel distante sonido persiste, sutil pero constante.

El fondo del pasillo te hipnotiza hasta que, de pronto, una sensación extraña en tus manos hace que las mires y, para tu sorpresa, están cubiertas de sangre. “¿Qué carajo? ¿De quién es esta sangre?”, piensas.

Pero la pregunta es absurda desde su propia concepción, y no es nada más que un esfuerzo de distraerte de la respuesta. Tú sabes de quién es, pero aún no es tiempo de reconocerlo, ¿verdad? No estás listo aún.

Tu corazón se acelera tanto que, por un momento, te parece que está a punto de estallar.

El tubo goteante que te ha perseguido está en el techo, imponente.

Jamás dejó de estar frente a ti, igual de oxidado y goteando con la misma cadencia de siempre, de manera coordinada con el sonido del paso del tiempo y que, poco a poco, se vuelve a hacer presente.

Estás absorto en tus propios pensamientos cuando un choque inesperado te logra sacar de tu trance. Es un anciano, molesto contigo porque estás parado en medio del pasillo.

—¿Me vas a contestar o no? —pregunta el señor, a simple vista molesto.

—¿Eh? —contestas confundido y volteas rápido hacia el final del pasillo, que ahora pareciera muchísimo más pequeño e iluminado, justo como debería de ser.

—Muchacho, ¿qué te has metido? —pregunta el hombre con desdén—.

Hoy en día los jóvenes se drogan mucho —continúa sin importarle siquiera si estás escuchándolo—.

En mis tiempos todo era más sano y divertido.

Recuerdo aquella vez cuando Fred y yo estábamos en la cantina La Jarra Brava y nos encontramos con la mujer más bella que jamás hubiéramos visto, ¿sabes? Era el verano de 1943.

Confundido, te limitas a ver al anciano, que está muy emocionado de tener un escucha para su historia.

—… tenía el cabello rojizo, ¿sabes? No era muy común en esos tiempos, muchacho —ríe con nostalgia—, pero ella era así, adelantada a la época. En ese momento supe que tenía que hacerla mi esposa.

—Señor, disculpe, pero tengo prisa —dices cortando de manera tajante el relato.

—¿Prisa? —dice y ríe—. ¿Qué prisa podrías tener si estabas de pie en medio del pasillo como un tarado?

El hombre se va sin decir nada más. Sorprendido, no puedes evitar pensar: “¿Qué demonios acaba de suceder?”.

Vuelves a voltear hacia el pasillo que ha recobrado su forma normal y corriente. Miras tus manos; están limpias. No hay ningún rastro de sangre sobre ellas.

Alzas la mirada hacia el techo para cerciorarte si sigue ahí aquel pedazo de tubería oxidada que pareciera seguirte a donde vayas. No está. Casi acostumbrado a que te sucedan estas cosas, sueltas un largo suspiro y continúas caminando.

Llegas a una puerta negra, un poco deteriorada por el tiempo y marcada con el numeral 1-B.