Capítulo 11
Paredes de piedra, cadenas y lamentos
Conduces por la carretera solitaria que serpentea hacia las afueras de la ciudad.
El asfalto agrietado y mojado por la reciente lluvia refleja el cielo plomizo.
El aire huele a tierra húmeda y a olvido.
A medida que te alejas del bullicio urbano, el paisaje se transforma en un páramo desolado salpicado de maleza seca y estructuras ruinosas.
Ves a lo lejos la silueta fantasmagórica de las viejas vías del tren, como cicatrices oxidadas en el rostro de la tierra.
El silencio se vuelve casi palpable, roto solo por el susurro del viento entre los hierbajos y el lejano graznido de algún cuervo.
Este lugar irradia una atmósfera de abandono, un recordatorio sombrío de un pasado industrial olvidado.
Dos jóvenes ríen despreocupados alrededor de lo que pareciera ser una fogata hecha en un barril. Buscas con la mirada al hombre del tatuaje, pero al acercarte los reconoces de inmediato: Jonathan y Gun.
Una patrulla de policía con las sirenas apagadas se estaciona detrás de ti y dos agentes corpulentos bajan.
Abres la puerta de tu auto y caminas hacia ellos; ambos agentes te siguen de cerca. Al verlos, uno alerta al otro, quien de inmediato se gira para mirarlos de frente.
—¿Qué tal, jóvenes?, ¿cómo están? —preguntas con tono bonachón mientras sigues caminando—. ¿Me recuerdan?
Ninguno responde, aunque Gun da un paso hacia el frente con las manos hechas puños, listo para golpearte.
—Tranquilo, hombre, sé que has tenido ideas tontas antes, pero ¿atacar a un detective? —ríes con ironía.
—¿Qué hacen aquí? —pregunta Gun, nervioso y agresivo.
—Bueno, venimos por ti, claro.
Él te mira confundido. Te pones justo frente a él. Los agentes lo rodean y llevan sus muñecas detrás de su espalda para esposarlo.
—¿De qué hablas? —pregunta mientras forcejea—. ¡¿Qué hacen?!
—Estás bajo arresto por el asesinato y secuestro de Melissa Robledo. Tienes derecho a guardar silencio. Todo lo que digas podrá y será usado en tu contra. Tienes derecho a contratar a un abogado defensor; si no pudieras pagarlo, el Estado te designará uno.
Su mirada, otrora de enojo, refleja temor.
—Parece ser que ir por ahí mostrando imágenes del cadáver de la víctima y jactarse de ser el responsable no es tan buena idea tampoco, ¿no crees, Gun? —dices intentando provocarlo.
—No, no, es un error, no fui yo —comienza a decir mientras los agentes lo llevan casi a rastras hacia la patrulla—. ¡¿Me escuchaste?! ¡Yo no lo hice!
Al entrar a la patrulla, sus gritos bajan de volumen, pero no ceden. Te giras hacia Jonathan, quien mira la escena, perplejo y asustado.
—¿Qué haces aquí con él? —preguntas con firmeza.
—Yo… uhm, nada, solo estábamos pasando el rato.
—¿Sabes qué es lo que acaba de suceder?
—Pues… ¿Arrestaron a Gun?
—Vaya, un chico inteligente —respondes con sarcasmo—.
Sí, arrestamos a Gun por el homicidio y secuestro de Melissa.
Hasta ahora no me has dado razones para pensar que lo has ayudado de alguna forma con el delito.
Dime, ¿hay algo que no nos hayas dicho? Aún estás a tiempo; una vez que lo descubramos por nuestra cuenta, será muy tarde para ti.
—Detective, ¿estoy bajo arresto? —pregunta casi tartamudeando por los nervios.
Entrecierras los ojos.
—No, Jonathan. Aún no.
—Entonces, ¿puedo irme sin responder tus preguntas, cierto?
Le sostienes la mirada con la intención de causarle temor.
—Sí, Jonathan. Es correcto, puedes irte sin responder.
El joven se da media vuelta y corre hacia su bicicleta, se sube y pedalea hasta perderse detrás de los escombros de un edificio en ruinas.
Te das media vuelta y regresas a tu auto.
Conduces detrás de la patrulla que lleva a Gun.
Al llegar a la estación de policía, los espera una docena de reporteros.
En cuanto te ven, se acercan como hormigas a un terrón de azúcar y ponen micrófonos y celulares enfrente de tu cara.
Te hacen tantas preguntas a la vez que es difícil distinguir alguna en específico.
Entre ese mar de voces logras distinguir unas pocas: “¿Es ese el responsable de lo que le sucedió a Melissa?” “¿Cuál es su nombre?” “¿El alcalde ha estado al tanto del caso, detective?” “¿Qué evidencia han encontrado?
—Entiendo que quieran saber más sobre el caso, pero al ser una investigación activa no me es posible dar detalles. Les puedo asegurar que estamos trabajando día y noche para resolverlo lo más pronto posible.
—¡Detective! El día de ayer la madre de Melissa fue hospitalizada por una lesión en la cabeza, ¿acaso el perpetrador intentó asesinarla a ella también?
—No, no —respondes enseguida y niegas con la cabeza—. Lo que le sucedió a la señora Gauss no tiene relación con Melissa. Ya se encuentra bien y estable.
Te das la media vuelta y dejas a los reporteros haciendo más preguntas a gritos. Entras a la estación y ves a Diana en la recepción, llenando unos papeles.
—Hey, Diana, ¿lograste encontrar algo en los archivos?
Ella voltea sorprendida, como si no esperara encontrarte ahí.
—¿Lograste cruzar a esos reporteros? —chasquea la lengua—. No estoy segura qué es lo que quieran, pero cada vez que alguien sale o entra, lo abordan con preguntas, incluso si es un patrullero que nada tiene que ver con el caso.
Sacas tu teléfono y lo miras frunciendo el ceño.
—Sí, solo están haciendo su trabajo y entre más rápido logremos cerrar esto, más rápido nos desharemos de ellos. ¿Lograste encontrar algo?
Ella niega con la cabeza.
—No, no tenemos archivo de ninguna persona que se ajuste a la descripción.
—Mierda —dices en voz baja—. Esperaba que hubiera algo que pudiera ayudarnos. Nuestro amigo Gun tendrá que decirnos cómo y dónde encontrarlo.
—Supongo que sí.
—Ven, sígueme.
—He logrado hablar con Penélope, la amiga de Melissa —dice Diana tratando de alcanzarte el paso—. Dice que se separó de ella a eso de las dos de la mañana, porque Melissa decidió quedarse en el edificio conversando con un tipo que ella no conocía.
—¿Te dio una descripción?
—Alto, fornido y moreno. No pudo darme más detalles, dijo que estaba oscuro y había tomado un par de cervezas.
—¿Tatuajes?
—No que sepamos, pero vale la pena investigar, ¿no crees?
Llegan a una de las salas de interrogatorio. Carlos está sentado con las manos esposadas sobre una mesa de metal. Te mira con furia contenida.
—Señor Gun —dices mientras cierras la puerta detrás de ti después de haberle cedido el paso a Diana—, ella es la detective Diana Straut.
—¿Qué? ¿Trajiste refuerzos?, ¿te da miedo estar solo conmigo, perro? —responde Gun para provocarte.
Alzas las cejas, fingiendo sorpresa.
—Mierda, este tipo es bueno, ¿lo escuchaste, Diana? En realidad, sabe de psicología analítica. Deberíamos contratarlo, ¿no crees?
Diana sonríe.
—No creo, no solemos contratar criminales, ¿sabes?
—Ah, claro, tienes razón… lo siento, Carlos, me temo que no podremos sumarte a nuestro gran equipo, a pesar de todo el… talento que tienes.
—¿Te estás burlando de mí? —pregunta entrecerrando los ojos.
—Diablos, no eres el más brillante, ¿verdad? —ríes y volteas a ver a Diana por un momento. Regresas la mirada hacia él—. No, claro que no, Carlos. Yo sería incapaz de burlarme de ti, amigo; estoy aquí para que me digas todo lo que necesito para encontrar a alguien.
—¿A quién?
—Bueno, desearía poder decirte su nombre. Verás, algunas personas te han visto en El Gato Amarillo acompañado de una persona que tiene un tatuaje en el brazo, al parecer de tu misma edad, y quiero saber quién es. Alto, de piel morena y en buena condición física.
Gun guarda silencio y te mira por unos segundos, como si estuviera pensando su respuesta.
—No tienes idea, ¿verdad? —dice Gun esbozando una sonrisa.
No le respondes, esperas a que diga más.
—Maldita sea, hombre… si crees que te voy a ayudar en una mierda de esto, estás mal.
—Creo que no entiendes tu situación, Carlos…
—¡No me llames Carlos, cerdo! —te interrumpe gritando—. ¡Soy Gun!
—Ah, claro, Gun… tu situación es así, estás arrestado por el asesinato de Melissa. La recuerdas, ¿verdad? Bueno, claro que sí, tienes sus fotografías en tu teléfono… Si me ayudas a encontrar a esta persona y me das información que me ayude a resolver esto, las cosas podrían mejorar para ti.
—¿Mejorar cómo? —pregunta.
—Bueno, podrías pasar mucho menos tiempo en prisión, ¿no, Diana?
—Muchísimo menos —responde ella sin apartar la vista del joven.
Gun comienza a reír de manera histérica.
—Ustedes, cerdos, deben estar muy desesperados para ofrecerme esto. Miren, aquí está mi respuesta —dice mientras les enseña el dedo medio con ambas manos.
—Tal vez solo te tengamos en buena estima —dices en tono de broma y miras a Diana—. Estábamos investigando este caso y le dije a mi compañera: “Hey, Diana, ¿recuerdas a nuestro gran amigo Gun? Estoy seguro de que nos ayudará a resolver esto, ya sabes, por lo gentil e inteligente que es”.
—Búrlate todo lo que quieras, cerdo, no te voy a ayudar.
—Ah, bueno —dices fingiendo decepción—, supongo que tendremos que encontrar otra forma de saber en dónde encontrar a esta persona, ya sabes, como por ejemplo preguntarle a Jonathan…
Gun te mira en silencio; es claro que no esperaba esa respuesta.
—Pero no… no lo arrestaron. Estás jugando conmigo —ríe nervioso—. Solo quieres confundirme para que hable.
—No lo arrestamos por el homicidio, pero tu amigo pensó que era buena idea intentar salvarte del arresto golpeando a un policía… como te puedes imaginar, no terminó muy bien para él.
—¿Qué? No… eso no es posible, solo había dos policías ahí y son los que me arrestaron. Estás inventando cosas.
Ríes.
—Bueno, supongo que tendrás que averiguarlo pronto.
Te levantas y Diana hace lo mismo. Abandonan la sala de entrevistas y entran a la de observación. A través del cristal, puedes ver la cara de nerviosismo de Gun; lograste hacer que, por lo menos, dude que puedes tener la razón.
—Bien, ¿y ahora qué?, ¿cuál es tu plan? —te pregunta Diana—. ¿O solo buscas jugar con él?
Volteas sorprendido.
—¿Qué mosca te picó? ¿Desde cuándo te indignas por jugar con la mente de un culpable para descubrir la verdad?
Ella cruza los brazos.
—Mira… este tipo confesó haber sido el autor del crimen. Podemos usar eso en un juicio y encerrarlo durante mucho tiempo —hace una breve pausa—. ¿Qué más esperas encontrar?
—No pensarás que… —entrecierras los ojos un poco, incrédulo—. Diana, por Dios, no pensarás en serio que el idiota que está ahí detenido es el verdadero responsable, ¿o sí?
—¿Por qué no? Tiene fotografías del cadáver en su teléfono, lo ha confesado a muchas personas, ¿qué más quieres descubrir antes de estar satisfecho?
Te le quedas viendo un momento, asimilando sus palabras. Puede que tenga razón, tienes pruebas suficientes para poder encarcelar a Gun, pero algo no cuadra. Hay algo dentro de ti que te grita que en realidad a quien buscas es a la persona del tatuaje del sombrero de cocinero, no al idiota de Gun.
—El tipo que está ahí sentado es un idiota, Diana, tú lo sabes. Jessica dijo que el tipo del tatuaje tenía un dije que le pertenecía a Melissa. Es a él a quien debemos buscar, estoy seguro.
—¿Vas a continuar con esto solo por eso que dijo Jessica? Por Dios, Hueman, tienes a un criminal confeso, ¿cómo sabes siquiera que ese dije pertenecía a Melissa?
—¿Por qué te molesta tanto que quiera continuar? —preguntas confundido.
—El alcalde está presionando a Matadamas para que ya cierre este caso —señala con los ojos hacia donde está Gun—. Ya tenemos al responsable esposado y tú quieres seguir perdiendo tiempo buscando fantasmas.
—¿Fantasmas? —preguntas indignado—. Nadie está buscando fantasmas, Diana. Quiero estar seguro de quién cometió en realidad este crimen. Además, ¿desde cuándo te importa si a Matadamas lo están presionando? Ese es su problema, que él lidie con eso.
—Mierda, David… —dice Diana en casi un susurro—. ¿Qué crees que dirá Matadamas de esto?
—¿Qué dirá la familia de Melissa si llegara a descubrir que estamos cerrando esto por politiquería?
Ella se muerde el labio, ansiosa.
—Mira, David, tienes a una persona que ya confesó el crimen; lo que debemos hacer, para darle paz a la familia de Melissa, es encerrar a este desgraciado.
Suspiras.
—Se lo debemos a Melissa, Diana —respondes con voz solemne—. Debemos estar seguros de que el salvaje que le causó tanto daño esté tras las rejas y no solo arrestar a un idiota que se dejó influenciar por alguien más inteligente que él.
Diana te mira con fastidio, se lleva los brazos a la cintura y pone los ojos en blanco.
—Entonces, ¿seguirás con esto?
Asientes con la cabeza.
Ella suspira y cierra los ojos.
—De acuerdo, de acuerdo, ojalá no sea una pérdida de tiempo.
—Tenemos, ¿qué? ¿Seis meses trabajando juntos? —la miras esbozando una sonrisa confiada—. Dime, ¿cuántas veces ha fallado mi instinto?
Diana vuelve a poner los ojos en blanco.
—Sí, sí, lo que tú digas, Sherlock.
Sueltas un bufido divertido y salen de la estación.
Hay algunos reporteros haciendo guardia que, al verlos, se arremolinan gritando preguntas: “¿Ya dieron con el asesino de Melissa Robledo?”, “¿actuó solo?”, “¿qué dice la familia de la víctima?”.
Les haces el alto con la palma de la mano en señal de que no contestarán nada. Caminan hacia tu auto.
—¿Qué sigue ahora? —pregunta ella.
—Hoy es viernes —haces una pausa mientras sacas un cigarrillo y lo enciendes—. Si lo que dijo Jessica es cierto, ese cabrón estará hoy en la noche en El Gato Amarillo; podremos hablar con él entonces.
—Muy arriesgado, ¿qué si trae un arma? —pregunta Diana—. Deberíamos pedir refuerzos.
—¿Refuerzos? Por favor, solo vamos a conversar con él, ver si podemos hacer que diga algo con lo que se incrimine, ponerlo nervioso.
Diana suspira.
—Muy bien, te veo ahí entonces.
—¿Qué? —preguntas sorprendido—. ¿A dónde vas?
—A casa, debo atender unos asuntos personales, pero te veré en El Gato Amarillo esta noche —responde Diana mientras camina y, sin razón alguna, le da un manotazo a tu cigarro, haciendo que caiga al suelo.
—¿En serio? —le gritas molesto, ella levanta la mano en señal de despedida y se aleja—. Puta madre —dices en voz baja y apagas el cigarro con el pie.