No me dejes cerrar los ojos Capítulo 10
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Capítulo 10

Sombras oníricas

Conduces con las ventanas del auto abajo para sentir la brisa fresca de la mañana. Andrea va en el asiento del copiloto con el cinturón abrochado.

—¿Por qué tú no tienes puesto el cinturón, papá?

Miras de reojo sin apartar tu atención del camino.

—Bueno, porque… no lo sé, no lo había pensado.

—Es ilegal conducir sin traerlo puesto, ¿sabes?

—Ah, ¿sí? Y tú, ¿cómo sabes eso?

—Tommy me lo dijo.

Frunces el ceño.

—¿Tommy? ¿Quién es Tommy?

—Mi novio —responde con naturalidad.

Casi frenas por la sorpresa.

—¡¿Qué?!

Ella te mira y se encoge de hombros.

—Sí, papá, mi novio. Ya no soy una bebé.

—Andrea, ¿de qué diablos estás hablando? Tienes seis años.

—En dos semanas cumplo siete —responde muy segura de tener la razón.

Incrédulo, te quedas pasmado en un alto hasta que el sonido de un claxon detrás de ti te saca de tu trance y aceleras.

Llegas a la escuela y ves que un niño un poco más alto que Andrea, de cabello castaño y ondulado casi a la altura de los hombros, está esperando en la entrada con una flor que es muy obvio que acaba de arrancar.

—Adiós, papá —se despide Andrea al acercarse a ti y darte un beso en la mejilla.

—Hey, hey, espera —dices con prisa, mientras haces un gesto con la cabeza, señalando al niño—. ¿Ese es Tommy?

Ella asiente y lo saluda. El niño le regresa el saludo, sonriente.

Después, sin decir nada más, Andrea baja del auto y ves cómo se le acerca a Tommy. Este le entrega la flor y ambos caminan juntos hacia la escuela.

—Increíble —dices en voz baja—.

De camino a la estación, recibes una llamada de un número desconocido. Contestas.

—Hueman.

—Explícame por qué demonios dejaste en libertad a ese muchacho del edificio, Hueman —una voz ronca, autoritaria y molesta suena del otro lado de la línea.

Frunces el ceño, confundido.

—¿Quién habla?

Resopla.

—Soy Matadamas, Hueman. Tu maldito jefe.

—Señor, una disculpa, no sabía…

—Tenemos a los medios hostigando, y, como si eso no fuera suficiente, el alcalde Ritchman está encima de mi trasero porque quiere cerrar este asunto. Y para colmo, teníamos al sospechoso detenido, ¡¿y lo dejas libre?! ¡Mierda, Hueman!

—Señor, no tenemos evidencia suficiente para acusarlo de nada, no teníamos otra opción…

—Escúchame bien, Hueman —te interrumpe en seco—, avanzar con esto es crucial para mí, y, por consiguiente, para ti también. Tú tenías al sospechoso principal, que en lo que a mí respecta, es evidente su culpabilidad, y lo dejaste ir.

—Señor, no podemos simplemente…

—Resuelve esto, detective —te vuelve a interrumpir, ahora con un tono más severo en su voz—. Resuélvelo antes de que termine la semana.

Después de eso, cuelga la llamada.

Suspiras. Aunque tener problemas con Matadamas es algo malo para ti, no vas a arrestar a cualquiera con tal de evitar problemas.

Al llegar a la estación, miras a Diana fumando.

—Hey, ¿te importa si me uno? —preguntas mientras sacas tu propia cajetilla.

—Adelante —responde ella sin mirar.

Enciendes tu cigarrillo, inhalas el humo y miras a Diana.

—Recibí una llamada muy agradable.

Ella te mira con sorpresa.

—Ah, ¿sí? ¿De quién?

—De Matadamas.

Frunce el ceño, extrañada.

—¿Matadamas? ¿En verdad?

Asientes mientras fumas.

—¿Y qué quería?

Sonríes.

—Quiere que encierre a Gun… y que resuelva este asunto antes de que acabe la semana.

Diana ríe, incrédula.

—Parece que tu semana se va a ir a la mierda.

Asientes y ambos se quedan pensativos.

—Oye, ejem… —interrumpes, algo incómodo, el silencio—. ¿A qué edad tuviste tu primer novio?

Ella voltea, sorprendida por tu pregunta.

—¿Qué? ¿De qué rayos hablas, Hueman?

—Solo responde.

Ella mira hacia el frente moviendo los ojos de un lado a otro.

—Dios, no sé… tal vez… ¿trece?, ¿catorce?

Asientes con la cabeza y no respondes nada.

—¿Ahora me vas a decir por qué esa pregunta tan extraña?

—Es… bueno, este… es mi hija, Andrea. Al parecer tiene novio, pero yo creo que es muy pequeña para eso.

Diana ríe.

—¿Cuántos años tiene tu hija?

—Seis.

Diana se queda perpleja con tu respuesta.

—¡Guau, ¿seis?!

Frunces el ceño.

—Sí, seis, ¿por qué esa cara?

—No, nada, es solo que no pensé estar de acuerdo contigo en que está muy pequeña para tener un novio.

—Entonces, ¿no estoy mal?

—No, claro que no, pero quizá su mamá sepa manejarlo mejor; los padres suelen ser más protectores con sus hijas.

Asientes con la cabeza y bajas la mirada al suelo, sacas una bocanada de humo.

—¿Qué? ¿Dije algo malo?

—Su madre falleció en el parto —respondes con frialdad—. Soy todo lo que tiene, y ella todo lo que tengo.

—Ah, lo siento, no sabía —responde con voz suave y arrepentida.

—Sí… —tiras el cigarrillo al suelo y lo pisas—. ¿Tienes alguna idea de cómo manejar esa situación?

—Pues, decirle que no puede tener novio solo va a empeorar las cosas, así que lo que yo haría sería arrestar al niño —dice con naturaleza.

—¿De qué diablos hablas, Diana? Ponte seria, por favor —respondes con una sonrisa.

Ella ríe.

—No, de verdad, piénsalo, un día como cualquier otro, al llegar a la escuela lo esperas entre los arbustos y, justo cuando vaya a entrar, pones un arma de fuego, sin municiones, por supuesto —hace un pequeño paréntesis— y después llamas a la policía para reportarlo y ya, asunto arreglado, ¿no?

—No puedo creer que me haya tomado tanto tiempo darme cuenta de que estás mal de la cabeza —ríes.

Diana hace una mueca, sopesando tu comentario.

Apaga su cigarro y ambos caminan hacia la estación.

Al entrar, ves a una muchacha de unos diecisiete o dieciocho años sentada en la recepción; tiene el cabello negro y viste un vestido largo color azul marino, con profundas ojeras y los ojos con un color rojizo.

—¿Detective Hueman? —te pregunta nerviosa.

—Sí, soy yo, ¿en qué puedo ayudarte?

—Creo que tengo información sobre el caso de Melissa.

Alzas las cejas sorprendido.

—Claro, por favor, acompáñanos.

Le haces un gesto para que te siga y llegan a una sala privada con una mesita circular y tres sillas. La dejas pasar primero, seguida de Diana, y cierras la puerta detrás de ti.

—Muy bien —dice ella nerviosa—. Miren, hay un tipo llamado…

—Espera, espera —la interrumpes—. Tranquila, empecemos por lo primero, ¿te parece?

Ella asiente con la cabeza.

—Bien, ¿cuál es tu nombre?

—Jessica Müller.

—Muy bien, Jessica. Yo soy David Hueman y estoy a cargo del caso de Melissa. Ella es mi compañera Diana Straut, también detective, y me está apoyando con las investigaciones. Ahora sí, dime, ¿qué tienes que contarnos?

—Uhm… No sé si conocen a un tipo llamado Carlos; bueno, se llama así, pero lo conocen como Gun.

Volteas un poco para ver a Diana y sus miradas se encuentran. Asienten.

—Claro, tuve el placer de conocerlo.

—Bueno —continúa, nerviosa—, ha estado mostrando fotos que tomó de Melissa… de su… cadáver. Son fotos terribles. Se la pasa enseñándolas a todos como si fueran una especie de trofeo.

—¿Cuándo fue eso?

—Hace un par de días. Estábamos en un bar por el Parque Central, se llama El Gato Amarillo; ahí es donde vamos casi todos a pasar el rato los findes.

—¿Tú viste las imágenes?

Asiente en silencio con la mandíbula tensa y la mirada fija en el suelo.

—Es terrible que hayas tenido que pasar por eso —dice Diana—. Hiciste muy bien en acudir a nosotros.

—Pero no solo es eso —continúa—, lo que pasa es que… también se jacta de que él fue quien le hizo daño a Mely.

Diana y tú se voltean a ver. Anotas todo en tu libreta. Jessica se limpia las lágrimas con la mano y Diana saca una bolsita de pañuelos desechables de su chaqueta y le ofrece uno.

—También hay otro sujeto…

—¿Otro? ¿De casualidad su nombre es Jonathan?

Ella niega con la cabeza.

—No, a él sí lo conozco, solo es un loser que lleva dos años en el mismo semestre. Este otro no sé quién es. Lo vi solo una vez en El Gato Amarillo con esos dos, pero… —se interrumpe y baja otra vez la mirada.

—¿Qué sucede? —preguntas.

—Algo en él hacía que destacara de los demás, no sé cómo explicarlo, no encajaba en ese lugar.

—¿Puedes describirlo?

—Traía puesta una hoodie , así que no pude verle la cara, pero tenía la piel morena y un tatuaje en el antebrazo derecho.

—Pero dijiste que tenía puesta una hoodie —intervienes—, ¿cómo es posible que hayas visto un tatuaje en su antebrazo?

—La llevaba arremangada hasta el codo.

Asientes en silencio.

—¿Cómo era el tatuaje?

—Un sombrero de chef. De esos que ponen en los dibujos animados.

—¿Los blancos altos?

—Sí, de esos.

—¿Y qué te hace pensar que esta persona tenga algo que ver con la muerte de Melissa? ¿Te dijo algo? ¿También mostraba imágenes como las de Gun?

Ella niega con la cabeza.

—No, él… él tenía en la mano un collar con un dije que, estoy segura, era de Mely.

—Este dije, ¿cómo era?

—Una mariposa plateada.

—¿Sabes dónde podemos encontrar a este personaje? —preguntas mientras terminas de anotar lo último que dijo en tu libreta.

—No, pero lo vi una vez junto a Gun en El Gato Amarillo. Fuera de eso, no lo sé.

—¿Qué me dices de Gun? ¿Dónde podemos encontrarlo?

—Por lo general, están en las vías abandonadas a las afueras de la ciudad, drogándose.

—¿Están? ¿Quiénes?

—Los de su grupito: Jonathan y algunos otros perdedores —termina la frase con evidente desdén.

Escribes esa información y vuelves a mirarla.

—¿Cómo sabes que se juntan ahí?

—Todos en el colegio sabemos que es mejor evitar ese lugar para no tener problemas.

—Entiendo, esto nos será de mucha ayuda, Jessica, ¿hay algo más que quieras compartirnos?

Ella niega con la cabeza.

—Perfecto, muchas gracias por esta información.

Te levantas de la silla al mismo tiempo que Diana.

—Disculpen —dice Jessica justo antes de que toquen la puerta—. Estaré bien, ¿verdad? —pregunta temerosa y el llanto la domina—. ¿No me sucederá lo que a Mely?

—Nosotros haremos nuestro trabajo, no te preocupes. Un auto con dos agentes encubiertos estará fuera de tu casa esta noche para garantizar tu seguridad.

Ella asiente con la cabeza. Abres la puerta y le haces una señal con la mano para que pase. Sales después de Diana.

Vuelves tus pasos hacia ella, porque se había quedado absorta en el celular.

—Busca en la base de datos si tenemos información de alguien que haga match con el del tatuaje —le dices.

Al verte acercarte, guarda su teléfono.

—Sí, claro, estoy en ello —dice al instante y se dirige a su escritorio.