Capítulo 9
Un lobo vestido de oveja
Sales de tu habitación y te sirves un vaso con agua.
Algo en la pared te llama la atención, no logras descifrar qué es.
Entrecierras los ojos para tratar de enfocar mejor.
Alcanzas a ver una fina línea horizontal que se va multiplicando.
Luego algunas verticales, que empiezan a formar un patrón de rectángulos.
—¿Qué mierda? —susurras asustado y das un paso hacia atrás.
Pequeñas grietas comienzan a aparecer sobre la pared, pero parece que han estado ahí desde siempre.
Percibes ese sonido del paso del tiempo; parecería que ha estado ahí siempre, pero te has negado a escucharlo…
tic-tac, tic-tac… Un viejo tubo de acero oxidado sale de la pared, casi al ras del techo, goteando con pausa.
Tu respiración se agita, sueltas el vaso que se rompe en mil pedazos.
Caminas con torpeza hacia tu habitación; la cabeza te da vueltas y las luces que entran desde la calle comienzan a titilar hasta que todo se oscurece, pero no reconoces el espacio que te rodea.
Cierras los ojos con fuerza, con la esperanza de que todo volverá a la normalidad, pero al abrirlos, las luces siguen centelleando y tu cabeza girando.
Abres la puerta de tu habitación y justo antes de cruzarla, escuchas el grito desgarrador de una niña; no sabes de dónde viene, te llena la cabeza y tratas de evitarlo tapándote los oídos con las manos.
Un pinchazo de alarma te hace voltear para buscar a Andrea; no logras ver a nadie; la puerta de su habitación está cerrada.
Intentas caminar hacia ahí, pero te cuesta trabajo mover los pies; posas las manos en la pared para intentar sostenerte, pero es inútil, das solo un par de pasos y caes al suelo. Un frío paralizante recorre tu cuerpo.
—¿Qué está pasando? —susurras al tiempo que un agudo dolor de cabeza te nubla.
Te vuelves a cubrir los oídos y poco a poco el grito se desvanece, pero ahora tu vista se nubla como un lente de cámara cuando desenfoca la imagen. Escuchas una voz que va in crescendo .
—Perdóname, perdóname —dice esa una voz femenina, una y otra vez; pareciera que viene de detrás de una pared. Una voz sorda que, aunque te resulta familiar, no logras identificar.
Otra vez esa oscuridad envolvente y otra vez la inmovilidad. Y ese olor a vacío y humedad y ese palpitante tic-tac, tic-tac…
—¡¿Dónde está Andrea?! —preguntas en un arrebato de ira—. ¡¿Qué le has hecho?!
La voz no responde, el silencio gobierna, interrumpido apenas por el sonido del paso del tiempo.
—¡¿Me escuchaste?! ¡¿Dónde está?!
La voz suspira.
—Tu hija está bien. Tu hija es feliz, David. Mi único propósito aquí es ayudarte.
—¿Ayudarme? —preguntas confundido—, ¿ayudarme a qué exactamente?
La voz espera antes de contestar.
—A abrir los ojos.
—¿Siempre das respuestas ambiguas? Porque es lo único que he recibido de tu parte.
La voz ríe.
—No te preocupes, detective, dentro de poco todo esto cobrará sentido.
—Como sea… ¿Dónde está Andrea?
—No lo sé, tú estuviste con ella, ¿no? ¿Por qué no te respondes a ti mismo?
—Deja de hacerte el payaso conmigo. La escuché gritar en el departamento y sé que tú tienes algo que ver con eso.
La voz suspira de nuevo, frustrada.
—Ya te dije que no tengo interés en lastimarla.
Aprietas los dientes, furioso por no recibir una respuesta clara.
—Entonces, dime, ¿qué mierda me está pasando?
—Oh, no puedo responderte esa pregunta en este momento, lo siento.
—¿Qué?, ¿por qué no?
—Reglas.
—¿Cuáles reglas?
Silencio.
—Maldita sea, ¿podrías decirme por lo menos quién eres y qué haces aquí?
—No te puedo decir quién soy porque ni yo mismo lo sé, pero puedes verme como un guía.
—¿Un guía? Mierda —sueltas una breve risa—. Sí que estás loco.
—Virgilio —dice la voz de pronto.
—¿Qué? —preguntas entre confundido y asombrado.
—Así puedes llamarme, Virgilio.
—¿Virgilio?
—Así es.
—De acuerdo, Virgilio… dime por qué veo las paredes de mi departamento transformarse y una tubería oxidada que gotea. ¿Qué significa todo eso?
—Estás comenzando a abrir los ojos, David —responde severa la voz—. Te queda poco tiempo; sé que lo debes sentir.
—¿Poco tiempo para qué? —preguntas perplejo.
—No puedo responderte esa pregunta.
—Ah, qué mierda de guía eres entonces, Virgilio.
—Debes averiguar qué está pasando y después… bueno, estoy seguro de que sabrás qué hacer en su momento.
—Espera, espera, espera, ¿de qué diablos estás hablando? ¿A qué te refieres con “en su momento”?
—Debes abrir los ojos y ver las pistas que están frente a ti, detective. Después de todo, dicen que el diablo está en los detalles, ¿no es así?
—Creí que tú me ayudarías a abrir los ojos —respondes.
Él ríe.
—Sí, supongo que así es. Ya es hora de que regreses.
Una profunda desesperación te invade y se anuda en tu garganta; un mar de emociones irrumpe en tus ojos, no puedes pensar en nada, solo gritar.
—¡No! ¡No! ¡No!
Tus lamentos se mezclan con el implacable sonido… tic-tac, tic-tac, tic-tac…
Tus ojos se van acostumbrando a esa luz que te ciega cuando despiertas de estos lapsus.
Estás frente al lavabo de la cocina de donde habías cogido el vaso de agua.
De manera instintiva, das un paso hacia atrás y, con la respiración agitada, miras hacia la pared que momentos antes cambió ante tus ojos, pero está tan normal como siempre, como si nada hubiera sucedido.
Estás cubierto de sudor, agitado, confundido y asustado, pero estás bien.
Te volteas de nuevo hacia atrás y golpeas por accidente el vaso, que cae al suelo, rompiéndose en mil pedazos.
Suspiras y cierras los ojos, intentando recobrar la compostura. Cuando los abres, Andrea está de pie frente a ti, somnolienta, viendo la escena.
—Ah, cuidado, amor, hay vidrios rotos. Te puedes cortar.
—Sí, puedo verlo —hace una breve pausa—. ¿Estás bien?
—Sí, no te preocupes. Solo fui un poco torpe.
Ella te mira y gira la cabeza de un lado hacia otro, desaprobando. Después, se da media vuelta y se va, pero, al poco rato, regresa con sus pequeñas sandalias puestas, sosteniendo una escoba y un recogedor mientras bosteza.
—¿Qué haces?
Ella suspira mientras barre los trozos de vidrio del suelo.
—Recuerdo que mamá me dijo que tenía que cuidarte, pero nunca imaginé que sería por cosas así.
Alzas las cejas y sonríes; no esperabas esa respuesta de tu pequeña.
—Por Dios, Andrea —dices con dulzura mientras te acercas a ella y tomas el recogedor y la escoba—. Gracias por este gesto, pero se supone que debe ser al revés, ¿sabes? Yo cuido de ti y limpio tu desorden.
Ella abre los ojos y la boca y se pone la mano en el pecho, indignada.
—¿Qué desorden? —pregunta ella.
Sonríes con melancolía.
—Tienes las mismas expresiones que mamá, ¿lo sabías?
La expresión en su rostro cambia por una sonrisa.
—¿De verdad?
Asientes despacio con la cabeza.
—Mamá era hermosa, ¿yo también lo soy?
—Claro que lo eres. Eres la niña más bonita de todo el mundo. Ahora ve a dormir, yo limpiaré esto.
Ella asiente sonriente y se va a su recámara.
Suspiras y barres los trozos de cristal que están por el suelo.