No me dejes cerrar los ojos Capítulo 8
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Capítulo 8

Huellas borradas

El interminable e inexorable sonido del paso del tiempo está presente de nuevo; pareciera que nunca se fue. Lo mismo que esa voz que entrecorta el silencio oculto en la penumbra. La oscuridad es, una vez más, tu realidad. ¿No había sido un sueño? O, mejor dicho, ¿una pesadilla?

—¿Qué sucedió? —te susurras a ti mismo, confundido y asustado .

No logras ver nada, intentas ajustar tus ojos a la negrura, pero no lo logras. La frustración inunda tu pecho y el calor de la impotencia te sube a la cabeza.

—¡¿Qué sucedió?! —gritas mientras formas puños con tus manos.

Escuchas un sonido, pero ¿de dónde proviene? No estás seguro si lo percibes detrás de ti o adelante, ¿tal vez viene de tu interior? Es un sonido extraño… húmedo y terroso.

—Veo que regresaste —dice la voz—. ¿Pudiste recordar todo? ¿Ya encontraste al asesino de Melissa?

Tu mente corre a mil kilómetros por hora, pensamientos abstractos y oscuros la inundan: muerte, dolor, desolación, desesperación, miedo a fallar…

Te sientes vulnerable y a merced de algo desconocido; la ansiedad y la tristeza te empiezan a nublar la cabeza.

Y ese maldito sonido, tan inmaculado, tan preciso, tan…

ensordecedor… tic-tac, tic-tac, tic-tac…

Casi de manera automática preguntas, temeroso de la respuesta.

—¿De qué estás hablando?

Silencio.

El enojo se apodera de ti, encoges tus manos en puños y rechinas los dientes.

—¡¿Tú la lastimaste?! —gritas desesperado.

Sigue sin haber respuesta.

Justo cuando piensas que estás solo en la oscuridad, escuchas un largo suspiro de desaprobación y cansancio.

—¿Sabes quién soy? ¡Soy un detective! Y si no quieres que esto sea peor para ti, te recomiendo que me dejes ir y me digas todo lo que sabes.

Silencio absoluto.

—¡¿Me escuchaste?! —chillas.

—Parece que sigues sin entender tu situación —dice por fin la voz con un tono de cansancio y suspira, decepcionada de tu respuesta.

—Al parecer, aún te falta mucho por recordar y, por desgracia, tenemos el tiempo contado aquí.

¿El tiempo contado? ¿Cuánto tiempo tienes con exactitud? ¿Cuánto ha pasado desde que estás aquí? Es difícil saberlo porque los minutos duran una eternidad cuando estás hundido en esta oscuridad.

Una intensa opresión en el pecho te dificulta la respiración. Tu corazón late cada vez más fuerte y rápido. Una gota de sudor frío resbala de tu nuca y recorre tu espalda. La desesperación te invade hasta el punto del colapso.

Quieres gritar.

Pero antes de que puedas emitir palabra alguna, el frío te recorre el cuerpo y poco a poco te vas alejando de ti mismo.

Escuchas a la voz hablar, pero las palabras son ininteligibles y las escuchas alejándose hasta que desaparecen. Ves una luz que va creciendo hasta que por fin te ciega y no puedes ver nada.

Abres los ojos.

Un abanico de techo da vueltas sobre ti. De nuevo estás en la cama de tu habitación. Te incorporas, confundido y alterado por lo que soñaste. ¿Fue un sueño? Cada vez parecieran más reales; ni siquiera recuerdas haberte ido a dormir.

—¿Qué día es? —te susurras a ti mismo mientras te tallas los ojos.

De repente te asalta un temor: ¿cómo llegaste aquí?, ¿y Andrea? Te levantas de golpe y corres a buscarla; para tu tranquilidad, está dormida en su cama. O estaba, antes de que irrumpieras en su habitación.

Ella se levanta tallándose un ojo.

—¿Papá? —pregunta adormilada y cansina—. ¿Qué pasa?

Suspiras aliviado. Tu corazón y tu respiración se regulan.

—Nada, amor —respondes y caminas despacio para sentarte a su lado—. Vuelve a dormir.

Le das un beso en la frente y ella, sin más, se gira y se queda dormida. Le acaricias la cabeza y la miras. Sonríes, aliviado de que esté bien. Te levantas y sales, cierras la puerta con cuidado detrás de ti.

Te quedas parado, pensativo. La luz de las luminarias que se filtra por la ventana de la sala baña el espacio con un tono envejecido de amarillo.

Te tapas los ojos con una mano e inhalas hondo para intentar calmar tus nervios.

No entiendes qué te está pasando, no es normal, debes estar volviéndote loco.

No recuerdas haber recogido a Andrea de la escuela, pero sí de haberla dejado ahí; no te acuerdas de haber terminado tu conversación con Diana, ni de haber llegado a tu departamento.

¿Qué pasó, entonces, en ese tiempo? Te sobresalta un pensamiento inquietante: ¿cuánto tiempo ha pasado desde que hablaste con Helena en el hospital?

Te apresuras hacia tu recámara, coges tu teléfono y lo enciendes para saber la fecha y hora.

Te alivia saber que son las once con cuarenta y cinco de la noche del mismo día en el que dejaste a Andrea en la escuela.

Miras a través de la ventana y suspiras.

Coges una cajetilla de cigarrillos que guardas en tu mesa de noche y sales a la pequeña terraza de tu habitación.

Enciendes un cigarro y sientes el humo entrar a tus pulmones.

Recargas el peso de tu cuerpo sobre la pared, apoyando el hombro, y miras los edificios y la calle, tan tranquila como todas las noches.

Es una pequeña ciudad y te parece que, en noches tan serenas como esta, no sería necesario un cuerpo policial, pero esa paz es solo una fachada que cubre horribles crímenes.

Cuando Andrea era más pequeña, se despertaba horrorizada en mitad de la noche, aseguraba que había un monstruo debajo de su cama o adentro de su clóset; tú la tranquilizabas diciéndole que todo estaba bien, que había tenido un mal sueño y que, en realidad, no hay monstruos.

Mientras miras las luces amarillas titilar tranquilas en la soledad de la noche, sabes que Andrea ya no cree en los monstruos que habitan en su clóset o debajo de su cama, pero tú sabes que están afuera, en las calles, en los edificios y en los parques.

Ahora eres tú quien se despierta a mitad de la noche, solo que nadie viene a intentar consolarte.

Le das una calada al cigarrillo y piensas en Melissa y en la brutalidad de sus heridas.

¿Quién sería capaz de hacerle tanto daño a una persona?

¿Carlos “Gun”? ¿Con ese ridículo apodo que con seguridad se autoimpuso?

A todo esto, ¿dónde estará? Como no hay evidencia para hacer una acusación formal y arrestarlo, fue dejado en libertad.

Tendrás que averiguar dónde encontrarlo.

—¿Qué serías capaz de hacer por ella? —dices en un susurro, pensando en las preguntas de Diana.

Apagas el cigarrillo y lo arrojas hacia la calle; te imaginas que es una carnada que lanzas a un lago para intentar atrapar a un pez.

Esto se te ha vuelto una costumbre desde hace un par de años, cuando trabajas en un caso complicado, como si fuera un ritual que te traerá suerte al siguiente día y, entonces, encontrarás algo que te permitirá resolver el caso.

Entras a tu recámara, te acuestas y cierras los ojos, esforzándote por dejar atrás este… ¿sueño?, ¿pesadilla? Lo que sea, pero que se quede atrás.