Capítulo 6
El rayo de luz que corta la penumbra
Dejas tu coche en el estacionamiento contiguo a la estación y, en el corto camino hacia la puerta principal, ves a una mujer de piel morena clara, con el cabello suelto, observando el suelo con un cigarro en la mano. La reconoces en el instante; es Diana. Te acercas a ella.
—Hey, Diana, ¿revisaste el correo que te mandé?
Ella no contesta. Su mirada clavada al suelo. Notas que la ceniza no se ha caído, sino que forma una larga y frágil vara, por lo que deduces que solo encendió el cigarrillo, pero no fumó.
—¡Hey!, ¿Diana? ¿Estás bien?
Sigue sin responder, por lo que decides acercarte un poco más y tocarle con suavidad el hombro. Ella se sobresalta y el cigarro se le cae.
—¡Carajo, David! —cierra los ojos y se cubre la cara con la mano.
—Hey, ¿todo bien? —preguntas extrañado por su comportamiento.
—Sí, sí, es solo que… fue una mañana difícil, es todo.
Asientes despacio con la cabeza mientras frunces el ceño.
—No tienes idea de qué tan difícil ha sido, ¿tuviste oportunidad de leer el caso que te envié por correo?
Niega con la cabeza.
—Mierda, Diana, tienes diez minutos para leerlo todo —haces una breve pausa—. Esto no es normal en ti. Aunque se caiga el cielo, tú siempre te informas de los casos importantes.xc
Ella asiente con la cabeza.
—Lo leeré antes de esos diez minutos, lo sabes.
—Bien, porque necesito a mi compañera en el juego conmigo; hay muchas piezas moviéndose y no puedo seguirlas todas por mi cuenta.
Ella suspira y dice resolutiva.
—Entonces, ¿qué hacemos aquí? Sigamos con esto.
Ambos entran a la estación; ella coge su computadora de su escritorio y te sigue al tuyo, en donde abre el correo electrónico que le enviaste.
—Yo no he tenido la oportunidad de leerlo tampoco.
Ella pone una expresión de incredulidad.
—¿Y aun así me reclamas por no haberlo leído? —dice y finaliza con un resoplido.
—Si la señorita detective hubiera estado en su trabajo, sabría que fue porque tuve que acudir a la escena del crimen, luego a interrogar a unos detenidos y, después, a la morgue, en donde entrevisté a los padres de la víctima, que, además, los guardias le dieron un regalo a la madre de Melissa y la enviaron al hospital… ¿Entiendes eso?
Ella aprieta los labios.
—Entiendo, entiendo, no te me pongas serio, era solo una broma, anciano —responde entre risas dándote unas pequeñas palmadas en la espalda.
La ignoras. Ella se va hacia su propio escritorio.
En ese momento, notas algo extraño frente a ti.
Un cosquilleo en las puntas de tus dedos.
En lo alto de la pared, hay algo que nunca habías advertido, ¿siempre ha estado ahí?
Entrecierras los ojos para intentar verlo con claridad.
Te los tallas, incrédulo de lo que ves. Pero ahí está, claro como el agua: una tubería vieja y oxidada, de la cual caen, de manera ocasional, pequeñas gotas de agua.
—¿Qué mier…? —susurras levantándote despacio de tu silla.
Te acercas y extiendes tu mano para poder sentir las gotas caer sobre ella.
Están frías. La cabeza te comienza a dar vueltas, tu visión se oscurece y los sonidos se distorsionan, como si estuvieras a punto de desmayarte.
Con mucho esfuerzo, llegas al baño tambaleándote y te miras en el espejo.
Cierras tus ojos con fuerza y suspiras. Ese suspiro se sintió como si hubiera durado mucho más tiempo del que debería.
Los vuelves a abrir y te encuentras en el mismo lugar. Confundido y algo asustado, abres la llave del lavabo y te mojas la cara. Alzas la mirada para verte en el espejo. Las gotas escurren sobre tu piel, frías, y se arrastran hasta tu cuello. Tu respiración se agita. ¿Qué demonios acaba de suceder?
Sales del baño, pero no notas nada extraño; pareciera que nadie se dio cuenta de tu episodio, así que vas con Diana, pero te sorprendes al no encontrarla en su escritorio.
Coges tu teléfono y reparas en que tienes cinco llamadas perdidas de ella. ¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Caíste inconsciente en el baño? Es imposible.
Levantas la vista para buscarla, pero justo en ese momento, ella choca contigo.
—¿David? ¿Dónde estabas? Te he estado buscando por todas partes.
—Diana, yo… ¿Desde hace cuánto que me estás buscando?
Ella te lanza una mirada confusa.
—No lo sé… como una hora, más o menos.
Es imposible que haya pasado tanto tiempo, solo estuviste en el baño un par de minutos, ¿o no?
—¿Qué te pasa? —pregunta—, ¿te sientes mal o algo?
—Yo… no, no, estoy bien, solo… estoy cansado, es todo —respondes intentando minimizar la situación y de esa forma tranquilizarte—. ¿Terminaste de leer el correo?
Diana asiente con la cabeza.
—Sí, pero en realidad no hay algo que pueda ser muy útil, hay testimonios, pero nada en concreto. Hablan de una fiesta, pero no de que haya pasado algo fuera de lo esperado.
Chasqueas la lengua.
—¿Sabes cuándo estarán listas las fotografías de la escena del crimen? Creo que es importante que les eche un ojo para verlas.
—No deberían tardar mucho más. Llama a Forense para que te confirmen cuándo estará el archivo listo en línea.
En ese momento, tu teléfono vibra y miras en la pantalla un número que no tienes registrado.
—Hueman —respondes.
—Ah, ¿detective? Soy el guardia de seguridad del Departamento Forense. Me pidió que le informara hacia dónde se llevaron a la mujer, ¿recuerda?
Te sorprende escucharlo; habías olvidado por completo que le habías pedido ese favor.
—Claro.
—Está en el St. Joseph, ¿lo conoce? El hospital que se encuentra en la Avenida Quinta, cerca del Mercado de la Estrella.
—Sí, lo conozco, ¿sabe cómo está la mujer?
—Pues ya había despertado cuando llegaron los paramédicos, aunque estaba un poco desorientada. Espero que siga mejor.
—Por supuesto que iba a estar desorientada —respondes—, después del golpazo que se dio.
El guardia guarda silencio, pero no cuelga la llamada
—En fin, gracias por la confirmación —cuelgas.
—Iremos al St. Joseph —le dices a Diana, quien te mira con detenimiento.
—¿Quién se golpeó? —pregunta mientras suelta una risita.
—Para saber eso, debiste haber llegado temprano a trabajar. Vámonos.
Ella te voltea los ojos, pero camina junto a ti.
Se suben al auto y, justo cuando lo enciendes, Diana coge su teléfono y se le queda mirando en silencio, acongojada.
—¿Qué ocurre? —le preguntas.
—Yo… esto… —Diana tartamudea y suspira tratando de recomponerse—. Es mi esposo, tenemos… un problema en este momento.
Te recargas en el asiento mientras la miras.
—¿Eres casada? —preguntas sorprendido—. Tenemos, ¿qué?, seis o siete meses trabajando juntos, ¿y nunca lo habías mencionado?
—Sí, ni tú ni yo somos buenos para contarnos nuestras vidas, ¿verdad? Creo que por eso nos llevamos bien.
—Puede que tengas razón —respondes con una sonrisa.
Ella suspira mientras guarda su teléfono.
—Bueno, da igual, lo que está roto se mantendrá roto, ¿no? Vayamos al hospital —dice y tú la miras alzando una ceja, sorprendido por lo que acaba de decir.
—Mierda, me acabo de enterar de que eres casada y, al mismo tiempo, que estás a punto de divorciarte.
—Jódete —responde ella en un tono juguetón.