No me dejes cerrar los ojos Capítulo 5
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Capítulo 5

Culpable

El sol ilumina el césped y una fresca brisa te lleva el aroma de la hierba recién cortada, combinado con el de un café local.

Oyes conversar a las personas que caminan por la acera y la risa de los pequeños que juegan despreocupados en el parque frente a la estación de policía.

No puedes evitar pensar que, sin importar lo devastada que pueda estar la familia de cualquier víctima, los días transcurren con normalidad, y hoy es un día particularmente precioso.

“¿Qué pasó?”, piensas confundido, “¿Dónde estoy?, ¿Me quedé dormido?, ¿Estoy soñando de nuevo?”.

Miras a tu alrededor, buscándole sentido.

Andrea… la dejaste en la escuela, después…

Melissa. Debes resolver el caso. Con un suspiro guardas cualquier sentimiento de incertidumbre o confusión; necesitas poner toda tu atención en este caso para resolverlo.

Subes a tu auto para ir a la morgue. Al llegar, te presentas como el detective David Hueman; la persona que está en la recepción da un brinco al oír tu nombre y hace un movimiento rápido para dejarte pasar. Es claro que te están esperando.

Caminas por un largo pasillo hasta llegar a una puerta gris, detrás de la cual se encuentra una habitación amplia iluminada por una fuerte luz blanca en el techo.

En el centro hay una plancha de metal en donde yace el cadáver de Melissa cubierto con una manta celeste.

A su lado está una mujer de alrededor de cincuenta años con una bata blanca y guantes.

—Doctora Eloise —dices sin despegar los ojos del cadáver—, ojalá pudiéramos vernos bajo mejores circunstancias.

—Estoy segura de que si así fuera, no nos caeríamos bien —responde en tono de burla—. Qué bueno que llegaste, detective —termina en un tono más bajo mientras señala el cuerpo con un gesto de la cara.

—¿Qué encontraste?

—Bueno, todas las heridas fueron causadas mientras aún vivía. Todas menos esta —señala el centro del pecho—. Le extirparon el corazón post mortem .

—Mierda —dices en voz baja—, ¿todas las heridas fueron hechas mientras vivía?

La doctora asiente despacio con la cabeza, como si en realidad no quisiera hacerlo.

—La causa de muerte fue un choque hipovolémico fatal.

—En español, doctora.

—Es evidente que las heridas ocasionadas hicieron que perdiera mucha sangre, causándole un choque hipovolémico, que llevó a un fallo multiorgánico y, al final, su corazón se detuvo.

—Entonces, básicamente, tuvo un paro cardíaco por la pérdida de sangre.

—Básicamente. Le azotaron las costillas en repetidas ocasiones con un objeto contundente, quizás un martillo.

Tiene los premolares rotos; es probable que por golpes.

Le faltan todos los caninos y tiene varios hematomas y laceraciones en rostro, pecho, espalda, brazos, manos y piernas, sin mencionar que es evidente que le han sustraído los ojos, con lo que creo que podría ser una cuchara sopera.

También tiene marcas en las muñecas y tobillos que indican que estaba atada de manos y pies…

y, además, es algo inusual, pero parece ser que le limpiaron las uñas, porque no encontré ningún rastro de ADN en ellas.

Enarcas las cejas, miras sus manos y puedes ver que sus uñas se encuentran cortadas de manera extraña, pero sus manos están ensangrentadas al igual que el resto del cuerpo. Volteas a ver a la doctora, quien adivina tu pregunta.

—No lo entiendo, sus manos están igual de sucias que el resto de su cuerpo, ¿por qué dices que las limpiaron?

—Es probable que las hayan limpiado porque se defendió con todo lo que pudo y les debe de haber provocado alguna herida con sus uñas… pobre niña —explica la doctora, hace una pausa, aprieta los labios y suspira—. Es muy probable que el animal que hizo esto las limpiara para borrar cualquier rastro.

—¿Qué te hace estar tan segura de lo que dices? Tal vez no se defendió en lo absoluto.

La doctora te mira pensativa un par de segundos.

—Todos nosotros, al solo tocar una pantalla de teléfono, escribir sobre un teclado en una computadora, coger algún objeto…

nos quedamos con rastros debajo de nuestras uñas o en la punta de los dedos.

Rastros microscópicos que se pueden encontrar en un microscopio, pero la víctima no tenía nada más que el polvo del edificio y un poco de rastros de su propia sangre… nada más.

—Entiendo lo que dices, pero ¿es en realidad imposible que una persona no tenga nada más que polvo en las uñas? —haces una breve pausa y la miras a los ojos. Ella te devuelve la mirada.

—Improbable, muy improbable… pero no imposible —reconoce.

—Si quiero usar esto en el caso, debo estar seguro de no estar basándome en probabilidades, doctora.

Unos gritos a la distancia hacen que la doctora y tú alcen la mirada y guarden silencio. Ese lamento es inconfundible: los sollozos de una madre que perdió a su hija.

Sales al pasillo y ves a la distancia a una mujer alrededor de sus cincuenta, con el pelo pintado de café y atado de cualquier manera; es evidente que el resultado la tenía sin cuidado.

Detrás de ella, un hombre de la misma edad, calvo y con una playera tipo polo, con el semblante preocupado, según lo que interpretas.

—¡¿Dónde está?! —grita desesperada la mujer mientras camina.

Te acercas a ellos y haces un gesto con la mano buscando que se detengan, pero la mujer, al verte, explota en gritos.

—¡¿En dónde está mi hija?! ¡Déjame verla! —protesta mientras las lágrimas caen de manera incontrolable e intenta aguantar los sollozos.

—Mi nombre es David Hueman, soy el detective a cargo del caso de Melissa Robledo. ¿Es usted su madre? —preguntas con calma.

La mujer asiente con movimientos rápidos de cabeza, mientras el hombre se pone detrás de ella, escuchando atento.

—¿Cuál es su nombre?

—Helena —responde de manera frenética—. Helena Gauss.

Volteas hacia el hombre y clavas tu mirada en él.

—Padrastro —responde con voz grave y ronca.

Ambos caminan hacia la puerta detrás de ti, al intuir que ahí se encuentra su hija, por lo que alzas un poco la voz.

—Pueden entrar ambos a…

—Yo —responde de inmediato la mujer—. Yo… debo ser yo.

Asientes con la cabeza mientras aprietas los labios, tratando de imaginar el dolor por el que debe estar pasando.

—De acuerdo, solo debe ser consciente de que ella… —haces una breve pausa, interrumpiéndote antes de que puedas continuar y decir algo de lo que te arrepientas—. Hágase un favor y no baje más la sábana celeste, ¿de acuerdo? —finalizas con voz solemne.

Ella se voltea a ti y te clava una mirada vacía.

Se gira asustada, alza la mano hacia la puerta y, justo antes de tocarla, retrae un poco la mano, dubitativa, pero retoma la compostura y la abre.

Dentro, la doctora te mira, haces una mueca de asentimiento, y entonces posa sus ojos sobre la mujer, quien comienza a respirar con dificultad conforme avanza hacia el cuerpo inerte de su hija.

Al llegar, se lleva ambas manos a la boca y cierra los ojos.

—¿La reconoce? —preguntas en voz baja. A pesar de conocer la respuesta, es parte del protocolo.

Ella aprieta los ojos tratando de contener las lágrimas que de manera inevitable logran salir, y asiente con la cabeza.

—Mi Mely —dice su nombre en casi una súplica.

Miras a Helena y después a la doctora; ahora ella es la que asiente. Sales de la habitación para conversar con el padrastro; al cerrar la puerta se escucha un sollozo ahogado detrás de ella.

—Señor, su esposa ha identificado el cuerpo… es el de Melissa.

El hombre asiente con la cabeza, aletargado.

—¿Señor? ¿Entiende lo que le estoy diciendo?

—Sí, sí, sí —reacciona con vehemencia, pero con la mirada vacía—. Es… es Mely…

—Necesito hacerle un par de preguntas, ¿está bien?

Él asiente.

—¿Cuál es su nombre?

—Dave Whittaker.

—¿Desde cuándo saben de la desaparición de Melissa?

—Pues desde que se hizo el reporte, me parece que fue hace dos o tres semanas.

—¿Quién hizo el reporte?

—Mi esposa lo hizo, yo estaba fuera de la ciudad en un viaje de trabajo.

—¿Y regresó a la ciudad al enterarse de lo ocurrido?

Él niega con la cabeza y te mira como si tu pregunta fuera estúpida.

—No, ¿qué podría hacer yo aquí? Además, el viaje era para cerrar una venta importante; no podía regresar.

Levantas las cejas y asientes con la cabeza, incrédulo por su respuesta.

—Entiendo… entonces, ¿cuándo regresó?

—Hace dos días —responde el hombre con naturalidad.

—Hace dos… —te interrumpes con brusquedad—, ¿hay algo que nos pod…

El hombre extiende su mano frente a ti mientras coge su teléfono, que está vibrando.

—Debo contestar —dice y se da media vuelta para salir del lugar.

Incrédulo ante la evidente indiferencia del hombre, tomas notas en tu libreta y encierras su nombre en un círculo.

La puerta metálica se abre y sale la madre de Melissa con los ojos desorbitados y sin brillo, como si la vida se le hubiera escapado. Es una mujer muerta en vida.

—Señora, sé que esto debe ser muy difícil, pero le necesito hacer unas preguntas sobre Melissa —dices intentando utilizar el tono más suave y gentil posible.

Ella gira la cabeza, aletargada, sin cambiar el gesto, con la mirada perdida en la distancia.

—¿Qué me quieres preguntar? ¿Qué no ves? Mi hija está muerta… —hace una pausa mientras lágrimas comienzan a brotarle—. ¡Muerta!

—Lo siento mucho, señora, pero, por favor, debemos encontrar…

—¡Debieron de haberla encontrado antes para evitar que la asesinaran! —chilla—. ¡Es su culpa que esté muerta!

Al oír los gritos, llegan algunos guardias encargados de la seguridad.

—¡Hey! Debe bajar la voz —dice un guardia con tono imperioso.

—¡Mi hija está muerta! ¡Mi hija está muerta! —chilla desesperada una y otra vez.

Los guardias intentan calmarla, pero está fuera de sí. Grita e intenta golpearlos, e incluso a ti. Por fin la someten y, al hacerlo, cae al suelo con fuerza, provocando que se dé un golpe y quede inconsciente.

—¡No! —gritas al ver la escena.

Los guardias se miran entre ellos, nerviosos, e intentan hablarle, pero la mujer no reacciona.

—Mierda, qué desastre —dices en voz baja mientras te coges el entrecejo.

Alzas la mirada y notas que los dos jóvenes guardias están confundidos y asustados, sin saber qué hacer.

—¿Qué hacen? —preguntas enojado—. ¡Llamen a una ambulancia!

Tu teléfono vibra y ves el nombre de Diana Straut. Suspiras molesto y contestas.

—Hasta que se te ocurre reportarte, Diana. ¿Dónde demonios estás? ¿No te has enterado de lo que sucede?

—Disculpa, tuve una emergencia con mi hijo, yo…

—Nos vemos en la estación dentro de quince minutos —la interrumpes y cuelgas.

Suspiras y miras a la mamá de Melissa, aún inconsciente.

Uno de los guardias está arrodillado frente a ella; la mira con miedo.

El otro está pidiendo ayuda médica por el radio, también está asustado.

No lo habías notado por lo rápido que sucedieron los hechos, pero ambos son jóvenes, no deben tener más de 25 años.

Niegas con la cabeza, cierras los ojos y vuelves a suspirar. Te acercas al guardia arrodillado y le tocas el hombro para llamar su atención. Él voltea al instante, sobresaltado.

—Mira —sacas una tarjeta de tu chaqueta—, este es mi teléfono, llámame en cuanto sepas a qué hospital la trasladarán, ¿entendido? —dices señalando a la mamá de Melissa.

El joven te mira perplejo, toma la tarjeta casi de manera automática; te das cuenta de que está como en estado de shock.

—Hey, hey —le das unas palmaditas en la espalda hasta que sus ojos se fijan en los tuyos—, ¿entendiste?

Él asiente.

—S… sí, yo le llamo, detective.

Te das la media vuelta y caminas hacia la salida. Al cruzar las puertas, ves al padrastro de Melissa caminando en la acera, hablando por teléfono, molesto con alguien.

Lo miras con desagrado, pero intentas ocultarlo.