Capítulo 4
Detrás de la puerta
Al abrir la puerta de la estación, te ciega una intensa luz.
De manera instintiva, la bloqueas con una mano, pero es en vano.
Te duelen los ojos y no logras ver nada; intentas cerrar la puerta, pero al querer asir la manija, no hay nada ahí.
Buscas con la mano algo que agarrar, pero solo hay aire y una sensación fría te recorre la espalda, el pecho, las piernas y la cara.
Al fin, la luz se desvanece y puedes abrir los ojos.
Para tu sorpresa, ves un abanico de techo girando y tu mano estirada frente a ti.
Confundido, miras a tu alrededor y te das cuenta de que estás en tu recámara. Tu respiración se agita al escuchar pasos fuera de tu habitación. Alguien toca.
—¡¿Quién es?! —preguntas alarmado.
—¿Papi? —la voz de una pequeña niña pregunta asustada—. Soy yo, Andrea. ¿Estás bien?
¿Andrea? No es posible, la dejaste en la escuela no hace mucho tiempo. ¿Qué está pasando? Te levantas de la cama y abres la puerta despacio. Y ahí está Andrea, mirándote con atención.
—¿Papá? —pregunta algo asustada—. ¿Estás bien?
—Andrea —dices en casi un susurro—, pero tú… tú deberías estar en la escuela, yo te fui a dejar, ¿qué…? ¿Qué está pasando?
Andrea te mira desconcertada.
—Uhm… mamá me dijo que te preguntara si quieres panqueques para desayunar…
Tus ojos se abren enormes.
—¿Qué dices? Amor, ya hemos hablado sobre esto —te hincas y la abrazas—, no sé qué está sucediendo el día de hoy, pero tu mamá está…
—En la cocina —te interrumpe.
Te separas de ella para poder verla a los ojos, frunces el ceño azorado por lo que acaba de decir.
—Mamá está en la cocina —repite.
En ese momento, te sorprende un ruido que viene justo de la cocina. No te habías percatado, pero el departamento huele a panqueques recién hechos. Tu corazón comienza a latir con fuerza. Es imposible.
Te levantas indeciso, con la mirada fija hacia dónde viene el ruido, y caminas despacio por el pasillo hasta llegar a la cocina.
Tus ojos se abren como platos al ver a una mujer de espaldas que está cocinando. Ese cabello, esa figura… sin duda.
—¿Jessica? —preguntas, perplejo.
La mujer voltea, y ves sus enormes y luminosos ojos, los mismos que tiene Andrea. Cabello negro y lacio y una sonrisa amable.
—Hey, buenos días —responde ella sonriente—. En unos momentos deberán estar listos los panqueques, ¿verdad? —le pregunta a Andrea, quien viene detrás de ti. Ella responde asintiendo con la cabeza.
—Pero… yo… tú… —dices incapaz de generar un pensamiento coherente; tu mente gira a mil revoluciones por segundo, tratando de darle sentido a lo que estás viendo… a quién estás viendo. Tu corazón late desenfrenado.
—¿Qué pasa, David? —te pregunta ella, extrañada—. ¿Estás bien?
—¿Tú…? ¿Jessica? ¿En verdad…?
Ella detiene lo que está haciendo y camina hacia ti preocupada. Te coge la cara con cariño y te examina.
—¿Qué sucede?
—Jessica… —dices en un susurro casi inaudible mientras le acaricias la cara y las lágrimas ruedan incontenibles.
Al sentir el calor de su piel, su aliento caliente tan cerca de ti, no puedes contener el llanto; la agarras fuerte en un abrazo que deseas nunca haber tenido que dar y, al mismo tiempo, incrédulo de tener la oportunidad de darlo.
Ella te lo devuelve, después te mira a los ojos.
—Me estás preocupando, David, háblame, ¿estás bien?
Asientes con vehemencia y esbozas una gran sonrisa cargada de lágrimas.
—Sí… sí, estoy bien, solo estoy… Jessica, creí que no te volvería a ver jamás.
—Tuviste un mal sueño, ¿eh? —dice ella en un tono cálido—. No te preocupes, estoy aquí. Creo que sería una buena idea que te des un baño, ¿te parece? Cuando termines, tendremos panqueques listos aquí, ¿verdad? —le pregunta a Andrea, quien te mira algo asustada.
Ella asiente y te das la vuelta para ir a tu habitación.
—¿Qué le pasa a papá, mamá? —escuchas que pregunta Andrea mientras te alejas.
La respuesta de Jessica se vuelve ininteligible mientras entras a la habitación.
Cierras la puerta detrás de ti y miras tu habitación, con la luz del sol entrando por la ventana a la derecha, mostrando una cama destendida.
Te sientas en el borde y cubres tu rostro con las manos.
“De verdad fue un sueño”, piensas, “pero ¿cómo? Se sentía tan real.
Te levantas de la cama y vas hacia el baño, abres la regadera y sientes el agua caer sobre tu cabeza y recorrer tu espalda.
Intentas despejar tu mente. Sales del baño, te vistes y, antes de tocar la manija de la puerta de tu habitación, dudas un poco, pero por fin te convences y abres la puerta.
Vas hacia la cocina que, para tu sorpresa, está vacía.
Te sientes decaído, pero un ruido detrás de ti te hace voltear.
Andrea y Jessica están preparando la mesa y sirviendo los panqueques de la sartén a un tazón grande que está al centro de la mesa.
Suspiras aliviado y te acercas a ellas. Te sientas a la mesa considerándote el hombre más afortunado del mundo. Terminan y te levantas.
—¿A dónde vas? —pregunta Jessica confundida.
Volteas sorprendido.
—A trabajar —respondes un poco desconcertado.
Ella esboza una sonrisa confundida.
—David, hace años que no trabajas.
—¿De qué hablas? Soy… detective, tengo que ir a trabajar.
Ella suspira, le da un beso a Andrea en la frente mientras le dice que vaya a su habitación y después se levanta para acercarse a ti.
—Debe de haber sido un muy mal sueño, ¿eh? —dice con suavidad y con sus ojos cargados de cariño—. Estás retirado de ese trabajo desde hace años, cariño.
—¿Retirado? ¿Cómo?
—¿En verdad no lo recuerdas? —dice mientras te mira preocupada—. Tendremos que llevarte al doctor para que te revise.
Sonríes y la tomas de la cintura, acercándola para besarla. Ella te mira sorprendida.
—Es obvio que algo te sucede hoy —dice de manera juguetona.
—¿Por qué? ¿Solo porque estoy besando a la mujer más hermosa del planeta?
Ella ríe, pero después te pregunta con seriedad:
—Pero ¿de verdad estás bien?
—Mejor que nunca —le respondes sereno.
Ella sonríe y se desata del abrazo con suavidad.
—Debo ir a dejar a Andrea a la escuela, ¿podrías ir por tomates a la tienda? Me gustaría hacer pasta para la cena.
—¿Podrían quedarse un rato más? —preguntas en una súplica—. ¿Por favor?
Jessica te mira con amor.
—Tengo que ir a trabajar, y tu hija debe ir a la escuela, pero no te preocupes, volveremos antes de que te des cuenta.
Andrea, vestida con el uniforme escolar y una pequeña mochila color rosa en su espalda, se para delante de ti. Pones una rodilla al suelo para ponerte a su altura y te da un beso en la mejilla. Jessica se despide con la mano y te lanza un beso desde la puerta del departamento.
Te quedas en la misma posición por unos momentos, en la soledad de tu departamento, sin saber qué hacer.
Te sientas en el sillón y enciendes la televisión, aunque no prestas mucha atención.
Buscas tu teléfono y decides salir a buscar esos tomates que te pidió Jessica; sabes que, si no vas en este momento, es muy probable que lo olvides.
Abres la puerta frente a ti y te descubres saliendo de la estación de policía.