Capítulo 3
La luz al final del túnel
Entras en tu auto, enciendes un cigarro, recargas la cabeza en la cabecera del asiento y cierras los ojos.
Piensas si has elegido bien tu profesión.
Todas esas víctimas, esas imágenes que se han clavado detrás de tus ojos, los cadáveres, las historias terribles contadas por los perpetradores, el dolor de los familiares de las víctimas…
Todo lo que has vivido como detective ha cobrado factura en tu psique, pero ¿algo así?
Nunca, y estás seguro de que esa imagen te atormentará toda tu vida.
Inhalas, sueltas el humo del cigarro sin despegar la cabeza de la cabecera y tu mirada se pierde en él.
Todo lo que has visto es terrible, pero lo haces por ella.
Por mantener a Andrea a salvo de los criminales…
¿No?, ¿o será porque es lo único en lo que no te has autosaboteado lo suficiente como para que te despidan?
, ¿quizá porque deseas de manera desesperada no fallarle de nuevo a alguien?
La verdad no importa; ahora estás aquí y debes, una vez más, lidiar con esto.
Con la mirada cargada del peso de todas las imágenes que te acompañan desde hace tanto tiempo, tomas tu teléfono y abres tu correo.
Ahí encuentras el reporte que envió Ramón sobre la investigación de la desaparición de Melissa Robledo.
Lo abres y revisas por encima, no a detalle, solo buscas información clave para entender el caso grosso modo y tener en mente los datos generales; ya en la estación tendrás oportunidad de estudiar a fondo.
Avientas el cigarro por la ventanilla y conduces hacia la estación de policía.
Al llegar, preguntas en la recepción por los detenidos del edificio Longwood.
Todavía están interrogándolos, así que te diriges al tercer piso, en donde hay varias salas, cada una con dos pequeñas áreas de acceso independiente, separadas por un vidrio unidireccional: la del interrogatorio y la de observación.
Entras a una de ellas en la que un chico de unos dieciséis o diecisiete años está sentado, visiblemente nervioso: mueve las piernas de forma rápida hacia arriba y hacia abajo y tiene las manos escondidas entre ellas.
Su mirada está fija en la mesa frente a él.
—Buen día —dices de manera abrupta cuando entras en la sala de interrogación. El joven salta y te clava su mirada inquieta. No responde, pero tiene los ojos abiertos como platos.
—No eres de los que hablan mucho, ¿eh? Eso puede ser un problema; verás, necesito que hables conmigo.
Pero primero… lo siento, siempre lo olvido, me acelero demasiado y pierdo…
sensibilidad. Mi nombre es David Hueman, soy el detective a cargo del caso de Melissa Robledo —dices observándolo con la esperanza de distinguir alguna reacción al escuchar el nombre de la víctima.
El joven sigue temblando, no aparta su mirada de ti.
—Se supone que ahora debes decirme tu nombre, ¿sabes? Así funcionan estas cosas —dices en un susurro sarcástico.
—Jonathan. Mi… nombre es Jonathan Smith —su voz es casi inaudible.
—¿Jonathan, dices? Bien, Jonathan, dime algo, ¿conocías a Melissa Robledo? ¿Te resulta familiar el nombre?
Él niega con la cabeza.
—Verás, Melissa es la persona que han encontrado en el edificio en donde ustedes, tú y tu amigo, estaban merodeando.
Jonathan traga saliva sin dejar de mirarte.
—¿Qué hacían en ese edificio abandonado?
—Y… yo… nosotros… es que, no… mire… —Jonathan balbucea sin decir nada en absoluto.
—Hey, hey, hey, tranquilo. Solo es una pregunta, aún no estás en problemas.
—Fue… —traga saliva—. Fue Carlos; él la encontró. Me llevó hacia ella.
Frunces el ceño al momento de escuchar eso.
—¿Es uno de tus amigos?, ¿el que nos acompaña hoy?
Asiente con la cabeza.
—¿Los llevó? ¿Cómo si ya supiera que la encontraría en ese lugar?
Él se remueve incómodo en su silla, mientras sus ojos se comienzan a llenar de lágrimas.
—No… yo… no lo sé, hombre. Mierda. Por favor, no le digas que yo dije eso.
Alzas las cejas, algo sorprendido por lo que dijo.
—Hey, no te preocupes. Esto es confidencial. Ni Carlos ni nadie más sabrá de lo que estemos discutiendo aquí. Ahora, dime qué hacían en ese edificio.
—Ahí es a dónde vamos para divertirnos, grafitear y… pasar el rato.
—Un lugar peculiar para divertirse, ¿no te parece?
Él se encoge de hombros.
—A Carlos le gusta.
—¿Y tú haces todo lo que Carlos diga?
Él te mira con preocupación y, apretando los labios, asiente con la cabeza.
Lo miras con atención. Sientes un poco de lástima por el chico.
—¿Cómo lo conociste? Parece ser mayor que tú.
—Él… —se rasca la nuca— Mierda, no… no recuerdo.
Entrecierras los ojos.
—Te informo, Jonathan, que mentirle a un detective durante una investigación tan seria como esta es un delito grave.
Él traga saliva y después suspira.
—Vendía marihuana afuera de la escuela. Un amigo y yo le comprábamos todas las semanas.
—Entiendo. ¿Sueles drogarte muy seguido con él?
Te voltea a ver inquieto.
—Hey, tranquilo. Yo también tuve tu edad alguna vez; entiendo lo que es ser joven.
Él afirma titubeante con la cabeza.
—¿Hay algo más que puedas decirme?
Niega con la cabeza.
—Muy bien, agradezco tu disposición —te levantas y te dispones a salir de la sala, pero la voz temblorosa de Jonathan detrás de ti te interrumpe.
—Espere, ¿qué pasará conmigo ahora? Le respondí sus preguntas, me dejarán ir, ¿cierto?
Lo miras sobre tu hombro y, sin decirle una sola palabra, tocas la puerta.
Un agente abre la puerta para dejarte salir.
Vas a otra sala en donde está un chico mayor muy relajado, sentado frente a una mesa de metal, con el cuerpo reclinado hacia abajo y la cabeza recargada en el respaldo de la silla, mirando el techo con los brazos cruzados.
Te llama la atención que tiene un semblante más duro y un tatuaje en la garganta de un ojo atravesado por un puñal.
Dos agentes de policía están frente a él.
Abres la puerta y los oficiales se sorprenden al verte; les haces un gesto con la cabeza y salen de la habitación. El muchacho del tatuaje en el cuello solo te mira sin cambiar la postura.
—Soy el detective David Hueman, ¿sabes por qué estás aquí?
—Creen que le hicimos daño a esa mujer que estaba en el edificio, pero te digo que es pura mierda, ¡pura mierda! —responde de manera agresiva.
—Asumo que tú eres Carlos, ¿cierto?
Levanta la cabeza del respaldo y te regresa una mirada llena de desprecio.
—¿Eso es un sí? —continúas en un tono burlón—. Necesito una confirmación expresa de tu parte.
—Mi nombre es Carlos, pero me dicen Gun.
—¿Gun? —preguntas incrédulo—. ¿Cómo se supone que se gana uno ese apodo?
Él se limita a mirarte sin decir nada.
—Bueno, en verdad no me importa. Si quieres que te llame Gun, así será. Verás, estoy más interesado en las respuestas que puedas darme sobre Melissa.
Se inclina hacia delante y se remueve nervioso sobre la silla, entrelaza los dedos de sus manos y los pone debajo de la mesa.
—¿Quién es ella?
Entrecierras los ojos. Puedes notar falsedad en su tono, una mentira expuesta.
—¿En verdad vas a jugar a ese juego, Gun? —respondes en tono serio—. Será mejor que no me tomes como un tonto cualquiera; sé bien que sabes quién es Melissa, solo necesito confirmar hasta qué punto.
—Jódete, cerdo. —responde con firmeza e iracundo.
Sonríes.
—Ya veo. Está bien, no pasa nada, podemos cambiar de tema y regresar a ese después. ¿Por qué mejor no me explicas qué hacían tú y tu amigo en ese edificio abandonado el día de hoy?
Gun te observa con atención, pero no ofrece ninguna respuesta.
—Vamos —continúas esbozando una sonrisa burlona—. Estoy seguro de que unas jóvenes promesas como ustedes tienen una perfecta explicación de por qué se encontraban en ese lugar.
—Mira, hombre, eso importa una mierda.
—Ah, ¿sí? —respondes con cinismo—. ¿Y cómo es que llegaste a esa conclusión, Gun?
Él gira la cabeza y chasquea la lengua.
—Si no hubieran encontrado el cuerpo, ustedes ni siquiera sabrían que esa chica está muerta, hombre —alega él—. Seguirían buscándola por toda la ciudad y jamás hubieran sabido que estaba ahí.
Te limitas a mirarlo sin responderle nada, esperando que hable más y diga algo que pueda ayudarte con el caso.
Él ríe.
—¿Ves? Ustedes no hacen una mierda, dependen de otros para poder hacer su trabajo, solo para colgarse al cuello el logro, cerdos inútiles.
—No eres muy aficionado a la policía, ¿verdad? —preguntas sarcástico. Él no responde y te mantiene la mirada, recargándose en la silla—. Mira, así está la cosa, Gun: te conviene que yo confíe en ti, porque de lo contrario, te quedarás aquí por mucho tiempo.
Gun te mira amenazante.
—En tu mochila había pintura en aerosol. Uno podría asumir que estaban ahí para grafitear el lugar.
Gun se muerde un labio mientras te mira con furia contenida. Sonríes.
—De acuerdo —responde Gun por fin—, íbamos a pintar las paredes, ¿y qué? No es como que sea un delito grafitear un edificio abandonado.
Ríes un poco.
—¿Abogado? —preguntas a modo de burla con una sonrisa cínica.
Pero él no ríe.
—Mira, aunque grafitear sí es ilegal, no es la razón por la que están aquí, y, para serte honesto, no estoy interesado en procesarlos por algo así… ni por la droga que también encontramos en su mochila.
Gun clava de nuevo su mirada en ti, filosa como una daga.
—Por favor, es imposible que eso no lo hubieras visto venir, después de todo te confiscaron la mochila, ¿recuerdas? Ni siquiera intentaste deshacerte de ella; aunque, bueno, estoy seguro de que la impresión de lo que viste no te dejó pensar con claridad.
—¡Putos cerdos! —grita Gun poniéndose de pie y aventando la silla hacia atrás.
De inmediato, la puerta se abre de golpe y entran los dos policías con la intención de someterlo, pero les haces un ademán con la mano y se detienen.
—Mira, Gun, lo diré de nuevo, no me interesa nada de eso, tenemos algo más grande entre manos en este momento y, si tú y tu amigo Jonathan cooperan y se portan bien con nosotros, entonces nosotros nos portaremos bien con ustedes, ¿te parece bien el trato?
Gun mira a los policías con la respiración agitada, luego te mira a ti, después levanta la silla, la coloca de nuevo en su lugar y se sienta. Volteas a ver a los dos agentes y les haces una seña con las cejas, y ellos salen.
—Bien, ahora que este pequeño drama ha pasado, dime, ¿por qué tu ropa está manchada de sangre?
Él abre los ojos, sorprendido. Después se mira la ropa y chasquea la lengua.
—Mierda —susurra—. Mira, lo encontramos por casualidad, hombre. Estábamos buscando un buen lugar para poner música y grafitear un poco. Abrimos una puerta y, ¡bam!, sorpresa. Ahí estaba ella.
—Eso no explica las manchas, Gun.
—Yo… debí haberme manchado con sangre del suelo, ¡pero no le hice nada!
—¿Entraron a la habitación? —preguntas con firmeza.
—Sí —responde Gun en un tono sorprendentemente firme y retador.
Volteas alzando las cejas.
—¿Y para qué entraste?
—Pues… yo… no sé, solo quería ver de cerca.
Alzas una ceja, escéptico.
—¿Querías ver de cerca? ¿Qué era con exactitud lo que querías ver de cerca? ¿Las heridas? ¿El cuerpo desnudo? ¿La sangre? Ilústrame, por favor.
—¡Ah, mierda!, me estás haciendo ver como si fuera un enfermo.
Resoplas por la nariz y él te mira.
—De nuevo, ¿qué querías ver de cerca?
Sin responder, te mira con atención.
—El cadáver… —responde rompiendo un breve silencio—, nunca había visto uno.
—Entonces, ¿el morbo te hizo querer verla de cerca?
Él asiente en silencio.
—¿La tocaste?
Se alarma con tu pregunta.
—¡¿Qué?! No, hombre, ya te dije que no soy un enfermo de mierda, solo quería ver un cadáver real.
Asientes sin quitarle la mirada de encima.
—Entonces, ¿cómo explicas las manchas de sangre en las mangas de tu suéter?
Frustrado, mira hacia el suelo.
—Mierda, mira, sí la toqué, ¿de acuerdo? Pero no en una forma asquerosa ni nada, solo quería ver bien las heridas. Ni siquiera me di cuenta de haberme manchado.
—¿Cuánto tiempo estuviste ahí dentro?
—No lo sé, un par de segundos. No fue mucho tiempo, solo eché un vistazo.
—Mmm, y después, ¿qué pasó?
—Nada, hombre, escuchamos que llegaron unas personas del maldito municipio y echamos a correr —responde Gun, molesto.
Guardas silencio con la mirada fija sobre él.
—Ahora, dime, ¿cómo sabías que la policía la estaba buscando?
Él abre los ojos mucho, sorprendido.
—¿Qué…? ¿De qué mierda estás hablando? —responde nervioso.
—Bueno, durante tus disparates en contra de la policía has dicho que seguiríamos buscándola; mi pregunta es: ¿cómo sabías que ella estaba desaparecida?
Traga saliva y se hace pequeño sobre su silla.
—Yo… yo no tenía idea… ella… supuse…
—¡Hey, tranquilo, hombre! Solo estamos conversando; puedes pensar tu mentira el tiempo que quieras, yo te espero.
—Mira, yo solo intuí que ella estaba desaparecida; después de todo, la encontramos muerta, alguien debería haber hecho algún reporte.
—Ah, ¿lo intuiste? Mierda, deberías de ser tú el detective aquí; te doy mi placa y todo, si la quieres —dices riendo.
Él se mueve nervioso en la silla.
—Vete a la mierda —dice por fin, después de tragar saliva.
Suspiras y esbozas una sonrisa cansada al terminar.
—Sí… eso pensé.
Te levantas de la silla y tocas la puerta. Justo antes de salir, miras a Gun.
—Por cierto, quiero decirte que iremos tras de ti con todo lo que tenemos. Piensa en eso. Piensa en cada mentira que acabas de decirme en esta habitación, porque si algo no encaja a la perfección, por más pequeño que sea, me volverás a ver y, es probable que no esté de buen humor.
Sin darle oportunidad de responder, sales de la habitación.
—¿Y bien? —pregunta Edgar ansioso—. ¿Qué piensas? ¿Es culpable?
—No sé si sea culpable, pero en definitiva hay algo que no nos está diciendo. El otro quizá sepa algo; intenta presionarlo más y ver si puedes conseguir más información.
—Creo que lo tiene amenazado —responde—, está mucho más nervioso que este.
—Puede ser, a ver qué puedes conseguir. Debo ir a la morgue a hablar con la familia de Melissa.
—¿Qué hacemos con Gun?
—Si no tiene nada más que decir, no podemos hacer mucho, no lo podemos dejar aquí detenido sin pruebas o algún indicio de que sea el responsable… tendremos que dejarlo ir… pero primero a ver si puedes averiguar algo más con Jonathan.
—Pero la sangre en su ropa. Eso debe ser suficiente para detenerlo, ¿no? —responde uno de los agentes.
—Es un buen punto de partida, pero su relato hace sentido con la manera en que los encontraron.
Si en verdad le hubiera hecho esas heridas en ese momento, tendría mucha más sangre en su ropa.
No tenemos forma de ligarlo directamente con el asesinato; de momento solo sabemos que es un enfermo. No podemos dejarlo detenido.
Él asiente y tú sales de la estación.