Capítulo 2
¿Quién?
—Exactamente, ¿con qué es hora de comenzar? —preguntas, temeroso.
—Con todo —responde rápido la voz, como si se tratara de algo muy obvio—. Debes recordar o, mejor dicho, quieres recordar —dice en tono sugestivo.
Esa respuesta te provoca un miedo y terror inconcebibles. No puedes evitarlo y gritas.
—¡No! ¡No quiero saber nada! ¡Déjame en paz! —el miedo se mezcla ahora con furia y una profunda tristeza.
La voz suspira.
—Ya te dije que la pregunta era una mera formalidad, en serio vamos a hacer esto… Vas a hacerlo; después de todo, eres tú quien debe experimentarlo.
El sonido del reloj se hace tan fuerte y presente que retumba en todos tus sentidos.
—Bueno, creo que ya es momento de comenzar, porque no tienes mucho tiempo —dice la voz.
Un pinchazo de dolor se clava en tu pecho y un frío recorre tu cuerpo.
De repente, te sorprende advertir una luz.
Después de no haber sido capaz de ver nada durante todo este tiempo, asumiste que tenías una venda sobre los ojos; sin embargo, es muy obvio que hay una luz frente a ti que crece y se intensifica, hasta que sientes su calor y, entonces, ahora es ella la que te ciega.
Igual de rápido que comenzó esta experiencia, pareciera haber terminado. Poco a poco, tus ojos se ajustan a la claridad, y comienzas a ver pequeñas manchas que se van convirtiendo en figuras hasta que logras distinguir una imagen: un abanico de techo da vueltas sobre ti.
Estás acostado, confundido. Parece que todo ha sido un mal sueño.
Con esfuerzo, te repones en la cama. ¿De verdad fue un sueño?
Se sintió tan real, ¿qué sucedió? Te levantas, caminas hacia el baño y te lavas la cara.
Frente a ti, el espejo refleja la figura de un hombre que pareciera estar en sus cuarenta.
Tiene el cabello oscuro y ondulado con algunas canas sobre las orejas, barba al ras poco definida, también con tintes plateados, y unas profundas ojeras que lo hacen ver muy cansado. Es verdad, estás muy cansado.
Regresas a la recámara y te sientas en el borde de la cama e intentas repasar el mal trago que fue ese… ¿sueño? Quién sabe, pero agradeces que haya terminado y exhalas un prolongado suspiro que busca dejar lo pasado atrás y no pensar más en ello.
De pronto, la puerta se abre de manera enérgica y una niña de seis años entra gritando. Viste un vestido rojo con pequeños lunares blancos y unos zapatos de charol negros; tiene el cabello castaño recogido en una única coleta.
—¡Papá! ¡Papá! —dice la niña una y otra vez.
Al verla, no puedes evitar sonreír.
—¿Qué pasa, Andrea?
Ella se detiene frente a ti tamborileando los pies con impaciencia.
—¡Ya es tarde! Debo estar en la escuela en quince minutos.
Miras el reloj sobre tu mesa de noche; son las 7:45 de la mañana. Suspiras cansado y te tallas la cara con las manos.
—No puede ser, ¿puedes servirte el cereal tú sola?
—Ya desayuné, papá.
La volteas a ver sorprendido.
—Ah, entonces espérame en el sillón de la sala. No tardo más de cinco minutos.
Antes de salir, Andrea presiona un botón de su reloj que tiene en la muñeca y te mira.
—Los estoy contando. Te espero afuera.
Sueltas una risa incrédula. Te sorprende ver la madurez de esa niña. Te levantas y te vistes con una camisa blanca, pantalón de mezclilla y zapatos negros; intentas fajarte la camisa, pero lo logras a medias. Tratas de peinarte rápido con la mano y un poco de gel, sin importarte mucho el resultado.
Coges una chamarra negra y una placa de policía que está en el estante de tu recámara. “Detective”. La guardas en el bolsillo del pantalón.
Sales de tu habitación y sonríes al ver a Andrea de pie al lado del sillón con una chamarra morada en los brazos y una pequeña mochila celeste floreada en su espalda.
—¿Cuánto fue? —preguntas.
Ella sonríe y mira el reloj.
—Tres minutos y veintiún segundos.
Le guiñas el ojo sonriendo y caminas hacia la puerta, pero justo cuando pones tu mano sobre la perilla, volteas y miras a tu hija.
—¡Hey!, ¿qué hacemos antes de salir? —le preguntas.
Ella alza las cejas en señal de sorpresa.
—Chamarra puesta —responde mientras se pone la chamarra y la cierra.
—Es correcto. Ahora ven, que vamos a llegar tarde por tu culpa.
Ella abre la boca, ofendida. Entre risas, le tomas la mano y salen del departamento.
Conduces hasta la escuela y ella se baja sonriente, se detiene en la banqueta para despedirse con la mano y entra a la escuela acompañada por una maestra.
Tu teléfono suena y reconoces el número; es Edgar García, agente de policía de campo.
—Hueman —respondes.
—¡Hey, David!, necesitamos que vengas al edificio abandonado en la avenida Longwood, ¿sabes cuál es?
Suspiras y te tocas el entrecejo.
—Sí, lo conozco, ¿cuál es el problema?
Edgar vacila un poco.
—Yo… ejem… mira, será mejor que vengas y lo mires, esto es… —traga saliva—. Solo llega, ¿de acuerdo?
Frunces el ceño extrañado. Edgar no está actuando como de costumbre.
—Voy en camino.
Cuelgas y conduces. Estacionas tu auto frente al edificio en doble fila, al lado de una patrulla que tiene la sirena encendida. El lugar está acordonado y algunos oficiales resguardan la entrada, pero te dejan subir al mostrar tu placa. Te indican que subas al tercer piso.
En las escaleras notas lo antiguo que es el inmueble y que lleva mucho tiempo abandonado.
El olor a humedad, la suciedad, la basura, las paredes maltratadas llenas de grafiti y manchas extrañas y desagradables son una evidente muestra de ello.
Algunos tenues rayos de luz mañaneros se asoman entre las tablas podridas que cubren lo que alguna vez fueron ventanas e iluminan las partículas de polvo que flotan tranquilas y despreocupadas en el aire.
Al llegar al tercer piso, dos oficiales te reciben y uno de ellos te acompaña hasta una habitación cerrada.
El oficial traga saliva y abre la puerta evitando mirar hacia dentro.
Ves un montón de policías tomando fotografías del lugar y de una mujer desnuda, ensangrentada y encadenada a un tubo viejo y oxidado.
La habitación, corroída por el tiempo, tiene dos ventanas que, igual que las del pasillo, están cubiertas de manera parcial por tablas de madera podrida que dejan pasar suficiente luz del sol como para iluminar, a duras penas, la habitación entera.
—Dios mío —susurras impresionado.
Un hombre regordete y de baja estatura con uniforme de policía se acerca hacia ti al verte entrar.
—Edgar —dices en voz alta mientras examinas el lugar con la vista.
—Hueman, qué bueno que llegas —responde nervioso mientras te estrecha la mano—, esto… esto es inhumano, ¿quién podría hacer algo así?
—¿Ya identificaron a la víctima? —preguntas mientras caminas por la habitación, observando cada rincón.
—Melissa Robledo. Fue reportada como desaparecida la semana pasada.
—Voy a necesitar un reporte con todo lo relacionado con la desaparición. Pruebas, testigos, indicios. Todo.
Edgar asiente en silencio.
—¿Hace cuánto tiempo la encontraron? —preguntas con algo de tristeza.
—Hace una hora, dos como máximo. Cuando recibimos el reporte, vinimos lo más rápido posible. La encontramos, se acordonó el área y te llamé.
Miras alrededor y a simple vista es solo una habitación vieja, descuidada y vacía; sobresale en el fondo, claro, la execrable escena del cadáver y el gran charco de sangre que lo enmarca.
Te acercas al cuerpo, pones una rodilla en el suelo y te inclinas para ver de cerca a la víctima.
Una mujer joven, de diecinueve o veinte años, está desnuda y atada por las muñecas a una tubería vieja y oxidada; tiene un gran agujero irregular en el pecho a la altura del esternón que dejaba ver fragmentos de costillas astilladas que se asoman como raíces de una enredadera que intenta salir.
Su cara está recargada sobre la parte interna de uno de sus brazos, está golpeada y tiene la boca entreabierta; puedes ver que algunos de los dientes que aún le quedan están rotos.
Hilos de sangre recorren su boca y barbilla para caer hacia su cuello.
Y como si no hubiera sido suficiente, en donde deberían estar sus ojos, ahora hay dos grandes huecos negros que lloran varias líneas de sangre.
—¿Llegó el equipo forense? —preguntas.
—Sí, se están preparando para mover el cuerpo a la morgue y poder hacer la necropsia —responde Edgar.
Te levantas y examinas la habitación, caminas despacio hasta llegar a la puerta de la entrada, observas el suelo, el techo, las paredes y las ventanas, pero no logras detectar nada que destaque a la vista.
—¿Quién reportó el cuerpo?
—Unos trabajadores que vienen de parte del municipio.
Al parecer, planean hacer un hospital o algo así.
En fin, estaban haciendo una revisión de la condición estructural del lugar y…
bueno, la encontraron aquí —responde Edgar con un resoplido—.
También encontramos a dos personas sospechosas al llegar.
Están en la estación siendo interrogadas.
—¿Personas sospechosas? ¿Qué estaban haciendo?
—Sí, dos muchachos. Estaban merodeando el edificio, traían mochilas y las capuchas de las sudaderas les cubrían el rostro. Además, la ropa de uno de ellos tenía manchas de lo que presumimos es sangre de la occisa.
—¿Los encontraron dentro de la habitación con el cadáver?
Edgar niega con la cabeza.
—No, estaban en las escaleras de incendios —ríe con un resoplido burlón a través de su nariz—.
Los muy idiotas creyeron que era buena idea intentar escabullirse por las escaleras de incendios de un edificio que lleva, ¿qué?
, ¿veinte años abandonado? Tuvieron suerte de que esa escalera fuera igual de ruidosa que vieja y los encontráramos en lugar de que se les cayera todo encima.
Suspiras.
—Ustedes quédense aquí e infórmenme si encuentran algo o si los trabajadores que reportaron el cuerpo dicen algo que pueda ser útil para el caso; yo iré a la estación para conversar con los sospechosos.
Sin decir una palabra más, te das la media vuelta para salir de la habitación, pero te detienes en seco justo en el marco de la puerta.
—La familia de la víctima… —haces una pausa para encontrar las palabras adecuadas—, ¿lo saben?
Edgar asiente con la cabeza.
—Sí. Irán a la morgue más tarde a reconocer el cuerpo.
Asientes con la mirada fija en algún punto lejano.
—Nadie debería perder a su hija —dices en voz baja y después miras a Edgar—, mucho menos verla en condiciones como esta.
Edgar te mira en silencio y después toma su teléfono.
—Ramón te ha enviado el reporte que pediste, Hueman. Lo tienes en tu correo.
Le agradeces a Edgar y bajas las escaleras.