No me dejes cerrar los ojos
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Capítulo 1
Un mudo lamento de arrepentimiento
Negrura absoluta, un silencio abrumador y olor a vacío que inundan el aire; solo escuchas tu respiración. No recuerdas cómo llegaste aquí, ¿estás soñando? Te sientes confundido, no sabes identificar si es pánico, desesperación, miedo o una combinación de todas esas emociones juntas.
Intentas levantarte, pero descubres que no puedes moverte, algo te lo impide, y tu mente se convierte en un torbellino de emociones imposibles de identificar. “¿Por qué a mí?”, piensas, “¿por qué yo?”
El silencio ensordecedor sigue vivo en la habitación y el olor, ese maldito olor a vacío, humedad y muerte que te taladra las fosas nasales.
Tratas de buscarle sentido a lo que estás viviendo, pero en lugar de eso, ves un parque tan verde que te transmite felicidad, paz…
Hay una pequeña niña de cabello ondulado frente a ti; viste un hermoso vestido rojo, parece una princesa.
—¿Andrea? —dices en un susurro inseguro, sin entender qué está sucediendo.
¿Por qué estás viendo a tu hija jugar en un parque? Se ve tan… feliz… Rompes en llanto.
Esa visión se corta de golpe y da paso a otras que pasan con rapidez: sangre, llanto, gritos, un sollozo desgarrador y dolor. Mucho dolor.
Ves a una persona correr delante de ti. Corres detrás de ella. Intentas atraparla. No logras ver quién es ni recuerdas por qué la persigues, pero sientes una furia incontrolable y una determinación implacable para detenerla.
La imagen se difumina en el momento en que la vas a atrapar y la negrura absoluta vuelve a reinar, solo que esta vez distingues algo incómodo en tu pecho y un frío que te recorre por completo hasta llegar a tus dedos.
Sueltas un grito desesperado e intentas moverte, pero tus manos no responden. Tratas de mover tus piernas, pero tampoco lo consigues.
—¡¿Qué está pasando?! ¡¿Dónde está Andrea?! —chillas angustiado sin siquiera pensar; lo único que quieres es salir de la situación en la que te encuentras.
No hay eco.
La desesperación incrementa. Tu corazón late desenfrenado y retumba en tus oídos, como tambores que marcan el paso de un ejército.
Tu respiración se agita, pero pareciera que el aire no entra, pues entre más rápido lo haces, más sientes que te falta.
Justo cuando sientes que vas a perder la consciencia, se rompe el silencio:
—¿Dónde crees que estás?
Una voz masculina, calmada y grave, suena desde el otro extremo de la habitación.
—¡¿Quién eres?! ¿¡Qué hago aquí?! ¿¡Dónde está Andrea!? —gritas en una súplica desesperada y llena de terror.
—Las respuestas llegarán en su debido momento. No quieras adelantarte, David. No, por ahora debes ver lo que quieres ver.
—¿De qué estás hablando?, ¿por qué estoy aquí? —preguntas mientras recorres con la mirada la impenetrable penumbra que te rodea, buscando un atisbo de luz o algo que puedas distinguir, pero no hay nada más que oscuridad.
—¿Qué está pasando? —murmuras trémulo, mientras lágrimas caen por tus mejillas queriendo entrar a tu boca.
—Veo que te estás ahogando en tus propios pensamientos. No debes preocuparte; después de todo, estás aquí porque quieres.
Es la misma voz, pero ahora la sientes más cerca que la primera vez.
—No tengo idea de qué estás hablando, por favor, dime dónde está Andrea —suplicas desesperado—. Dime, por favor, que está bien.
Silencio. Lo único que lo interrumpe es el sonido del paso del tiempo que marca un reloj a lo lejos. Y de repente…
—Estás haciendo las preguntas adecuadas, solo que no es el momento para responderlas —dice la voz.
Tu sollozo le da paso a una cólera incontrolable, y en un arrebato de ira, gritas.
—¡Deja de jugar conmigo!
La voz suspira.
—Estoy seguro de que, al final, todo tendrá perfecto sentido. Después de todo, eres un detective, ¿no? Puedes resolver casi cualquier enigma. Por lo menos, eso dicen en las películas.
Guardas silencio e intentas recomponerte, pero no puedes evitar el llanto.
—¿Te duele? —dice la voz de manera súbita, pero ahora suena distinta, incluso casi familiar.
—¿Qu…? ¿De qué me estás hablando? ¿A qué te refieres? —preguntas confundido.
Tu boca suelta palabras desconectadas. No quieres hablarle a esa sombra, no quieres reconocer su presencia…
Sin embargo, ahí está. No puedes verla y aun así la escuchas y la percibes tan cerca.
No puedes sentir su toque o su aliento, pero sí su presencia en tu alma, muy dentro de ti.
Reconoces esa voz de manera instintiva, aunque no quieras.
—¿Qué está pasando? —susurras.
—En serio no tienes idea, ¿verdad?
El intermitente sonido del reloj se apodera de la habitación. Tic-tac, tic-tac…
La voz suspira de nuevo.
—¿Quieres que te ayude a saber por qué estás aquí?
Una sensación se apodera de ti. Desesperación. No quieres saber nada. Preferirías no abrir los ojos nunca más y no saber la razón de tanto dolor. La respuesta que darás a esa pregunta la tienes clara:
—No.
A tu respuesta le sigue el silencio, entrecortado por ese maldito tic-tac, tic-tac, tic-tac…
—¡Vaya! Qué respuesta tan rotunda has dado, y sin pensarlo mucho tiempo.
Algo dentro de ti debe de saberlo, ¿cierto?
¡Oh, amigo mío!, déjame decirte que mi pregunta era más una formalidad que una propuesta.
Vas a entenderlo todo, porque en realidad tú eres quien quiere hacerlo y yo estoy aquí por ti.
Sabes que tiene razón; sin embargo, te sientes conflictuado, quieres recordar, pero al mismo tiempo no sabes por qué te aterra la idea. Estás confundido y asustado. A duras penas logras sobrepasar el temor y, por fin, alcanzas a formular una pregunta.
—Y… yo… ¿Qué me está pasando?, ¿por qué me está pasando esto?
La voz calla. Tic-tac, tic-tac…
—Amigo mío, esa pregunta no es mía para responder y, para ser sinceros, en este momento tampoco tuya —dice la voz, más seria que antes—. Bueno, es hora de empezar, ¿no crees?