No Me Busques CAPÍTULO 37
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CAPÍTULO 37

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V olvemos al piso franco en silencio.

No es un silencio incómodo. Es el silencio de después de la batalla, cuando las orejas todavía te zumban y el corazón tarda en bajar de revoluciones.

Inés conduce —nadie le ha pedido que conduzca, simplemente se ha sentado al volante y ha arrancado—.

Vera va en el asiento del copiloto, con la cabeza apoyada en la ventanilla.

Romero, la doctora Campos y yo nos apiñamos en la parte de atrás.

El coche huele a sudor, a adrenalina y a victoria.

—Diecisiete —dice Vera de repente, sin apartar la mirada de la ventana—. Diecisiete durmientes. Romero, ¿sabes dónde están?

—Solo sé los nombres en clave. El Programa compartimenta la información. Ni siquiera el director conoce todas las identidades falsas.

—Pero yo sí —dice Vera—. Bueno, Sombra sí. Antes de que me reprogramaran, yo era la encargada de asignar las coberturas. Los nombres falsos, las ciudades, las profesiones. Están en mi cabeza.

—¿Los recuerdas todos?

—Todos. Los diecisiete.

La doctora Campos carraspea desde el asiento trasero.

—Eso es mucho estrés post-terapia. Tu cerebro acaba de recuperar veintitrés años de recuerdos en menos de una hora. Deberías descansar.

—Descansaré cuando hayamos encontrado al primero.

—¿Y quién es el primero? —pregunto.

Vera se gira hacia mí. Sus ojos tienen una luz nueva. No es la frialdad de Sombra. No es la precisión de la consultora. Es la determinación de alguien que ha encontrado su sitio en el mundo y no piensa soltarlo.

—Daniela. Veintiséis años. Cree que es profesora de piano en Granada. Vive en el Albaicín, en una casa con vistas a la Alhambra. Le gusta el flamenco y los gatos. Tiene dos.

—¿Cómo sabes lo de los gatos? —pregunta Inés.

—Porque fui yo quien eligió su cobertura.

Le puse tres gatos pero solo se quedó con dos.

Dijo que el tercero le daba alergia —Vera sonríe—.

Los agentes durmientes no pueden tener alergias.

Era una señal de que la identidad falsa le estaba afectando.

Su cerebro, en algún nivel, sabía que no era ella.

—Entonces ¿vamos a Granada? —pregunta Romero.

—Vamos a Granada. Pero primero —Vera me mira—, necesito hacer algo.

—¿El qué?

—Visitar una tumba —dice Vera.

No hace falta que diga de quién. Lo sabemos todos.

Inés cambia de dirección en la siguiente glorieta y enfilamos hacia la M-40. El cementerio de La Almudena está a veinte minutos. Durante el trayecto nadie habla. No es necesario.

El cementerio de La Almudena está a las afueras de Madrid. La doctora Campos nos ha dado la ubicación exacta: un nicho en la tercera planta del bloque 14, junto a un ciprés que ha crecido torcido. La lápida es sencilla. Gris. Sin adornos.

Elena Delgado. 1965–2006. Madre.

Alguien ha dejado flores frescas. Margaritas. Las favoritas de mi madre —lo sé ahora, lo sé por fin—. La doctora Campos nos ha dicho que viene una vez al mes, desde hace veinte años, a cambiar las flores y a pedirle perdón por no haber sido más valiente.

—Hoy no hace falta que pidas perdón —le dice Vera—. Hoy te has redimido.

La doctora llora. En silencio. Con la cabeza gacha. Vera le coge la mano y se la aprieta. Es un gesto pequeño, casi invisible. Pero es el primer gesto de perdón real que Vera ha hecho en toda su vida.

Luego se acerca a la lápida. Apoya la palma de la mano sobre el nombre de su madre y cierra los ojos. No dice nada. No necesita decir nada.

Yo me quedo a distancia. Esto no es mío. Esto es de ella y de la mujer que la trajo al mundo. Romero, Inés y la doctora se han apartado discretamente hacia la entrada del cementerio. Estamos solos.

Al cabo de un rato, Vera abre los ojos. Se gira hacia mí.

—Se lo he dicho —dice.

—¿El qué?

—Mi nombre. Se lo he dicho a ella. Como hice contigo anoche. Pero esta vez en silencio. Para que lo sepa. Para que sepa que lo encontré.

—¿Y qué te ha contestado?

—Nada. Pero no importa. Ya me contestó en la carta.

Vuelvo a mirar la lápida. Elena Delgado.

Madre. La mujer que cometió el peor error de su vida y pasó el resto de sus días intentando arreglarlo.

La mujer que diseñó un protocolo de estimulación cognitiva para devolverle la memoria a su hija.

La mujer que introdujo una llave secreta en el sistema del Programa, a costa de su propia vida, para que su hija pudiera liberarse.

Y pensar que todo empezó con tres palabras. «No me busques.» Las escribió Vera en un hospital de Barcelona, recién reprogramada, con el último hilo de conciencia que le quedaba. Y yo, en lugar de obedecer, la busqué. Durante cinco años. Hasta encontrarla.

—¿En qué piensas? —pregunta Vera.

—En la nota. En que hiciste bien en escribirla. Y yo hice bien en ignorarla.

—Las dos cosas son verdad.

—Las dos cosas son verdad —repito—. Como casi todo en esta historia.

Nos quedamos un rato más frente a la tumba. El ciprés torcido proyecta una sombra alargada sobre el césped. El cielo de Madrid sigue gris, pero entre las nubes se filtra un rayo de sol, pequeño, tímido, como si el mundo quisiera participar en este momento.

Luego Vera me coge la mano y volvemos hacia la entrada del cementerio, donde nos esperan los demás.

—Granada —dice—. Mañana.

—Granada —repito.

Y por primera vez en cinco años, no pregunto qué va a pasar después. Porque ya lo sé. Pase lo que pase, estaremos juntos. Y eso es suficiente.

Antes de volver al coche, me aparto un momento con Romero.

—Por cierto —le digo—. La carpeta. La que Vera recibió en mi casa de Galicia hace tres años. La que le envió alguien sin remitente. ¿Fuiste tú?

Romero me mira un segundo. Luego asiente.

—Era la única forma. No podía contactar con vosotros directamente sin que el Programa lo detectara. Así que reuní todo lo que tenía y lo envié a tu apartado de correos.

—¿Cómo conseguiste mi dirección?

—Soy recuperador —dice, y su sonrisa vuelve por un instante—. Investigar es lo que hago. Encontré tu apartado en una base de datos de suscripciones de una revista de periodismo. No fue difícil.

—Y la nota. «Para cuando ella esté lista».

—La escribí yo. Llevaba tres años esperando ese momento.

Le tiendo la mano. Romero la estrecha. Su agarre es firme, pero ya no es el de un enemigo. Es el de un aliado. El de alguien que, como todos nosotros, solo quería que esto terminara bien.

—Gracias —digo.

—No hace falta. Esto no es un favor. Es una deuda.