CAPÍTULO 36
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E l pasillo del sótano es idéntico a todos los pasillos del Programa.
Limpio. Estéril. Inhumano. Las paredes son de hormigón pintado de blanco y los fluorescentes no parpadean —eso es lo peor, que no parpadean, que todo funciona exactamente como debe—.
Mis botas resuenan contra el suelo de linóleo mientras sigo a Romero hacia el cuarto de servidores.
Inés cierra la marcha, con el portátil abierto contra el pecho como un escudo.
—Las cámaras están desactivadas —susurra—. Pero el sistema de seguridad tiene un protocolo de respaldo. Si no detecta mi señal cada sesenta segundos, se reinicia. Tengo que quedarme cerca del nodo de comunicaciones.
—¿Cuánto tiempo necesitas para desactivar el respaldo? —pregunto.
—Siete minutos. Ocho como mucho.
—Entonces nos separamos aquí. Romero me lleva al ordenador central. Tú te quedas en el cuarto de servidores. En siete minutos, la señal se corta y las cámaras se reinician.
—¿Y luego?
—Luego has terminado. Buscas la salida. Si yo no he vuelto...
—No digas eso.
—Si yo no he vuelto —repito—, tú te vas. Sin mí. Matías te está esperando fuera. Le cuentas lo que ha pasado. Y os vais los dos.
Inés aprieta los labios. Veo la protesta formándose en sus ojos. Pero no dice nada. Porque las dos sabemos que es la decisión correcta. Porque las dos sabemos que esto ya no va de nosotras: va de los diecisiete durmientes que no saben quiénes son.
—Nos vemos en la salida —dice Inés.
—Eso espero.
Se va por el pasillo de la derecha. Romero me guía por el de la izquierda. Caminamos en silencio durante dos minutos. Sus pasos son seguros, familiares. Conoce este laberinto como yo conocía los informes de misión: de memoria, sin pensar.
—¿Estás bien? —pregunta.
—No.
—Bien. Los que dicen que están bien suelen ser los primeros en caer.
—Tú también estabas bien cuando llegaste a la Costa da Morte.
—Yo estaba capturado. Es distinto.
Sonrío a pesar de todo. Romero es mejor compañero de lo que esperaba. Quizá todos lo somos. Quizá el Programa nos convirtió en enemigos cuando en realidad éramos aliados potenciales, personas rotas por el mismo sistema, buscando la misma salida.
Llegamos a una puerta blindada. Acero. Sin ventanas. Sin manija. Solo un teclado numérico, un lector de huellas y un escáner de iris. El santo grial de la seguridad del Programa.
—El código es 21-11-2021 —dice Romero mientras teclea—. La fecha de tu última misión. El director es un sentimental.
—O un sádico.
—A veces es lo mismo.
El lector de huellas se activa. Romero saca del bolsillo un pequeño dispositivo —un molde de silicona con la huella del director— y lo presiona contra el cristal. Luz verde.
—¿Cuánto tiempo llevas preparando esto? —pregunto.
—Tres años. Conseguir la huella fue lo más fácil. El iris es lo complicado.
El escáner de iris se ilumina. Romero se aparta.
—Toca esperar —dice.
—¿Al director?
—Al director. Llegará en cualquier momento. Cuando abra la puerta, nos colamos detrás.
—¿Y si viene acompañado?
—Siempre viene acompañado. Pero sus guardaespaldas se quedan en este pasillo. El director es paranoico: no deja que nadie entre en la sala del ordenador central con él. Dice que la información es poder, y que el poder no se comparte.
Nos ocultamos en un recodo del pasillo, detrás de un armario de mantenimiento.
Romero comprueba su arma —una pistola que le he dado yo, la que guardaba en la caja fuerte de mi apartamento de Malasaña y que Inés recuperó esta mañana—.
Yo no llevo arma. No quiero llevarla. No después de recordar lo que hice con una.
—¿Qué vas a hacer cuando esto termine? —pregunto en voz baja.
—No lo sé. Nunca pensé que llegaría tan lejos. Supongo que buscar a los durmientes. Contarles quiénes son. Darles la oportunidad que mi hermano nunca tuvo.
—¿Crees que querrán saberlo?
—No lo sé. Pero merecen poder elegir.
El sonido de pasos interrumpe nuestra conversación. Pasos firmes, regulares, acompañados por el eco de otros pasos más ligeros. El director y su escolta.
Me asomo. Son tres figuras avanzando por el pasillo.
La del centro es un hombre alto, delgado, con el pelo blanco y un traje gris impecable.
El director. Nunca le he visto —no en mis recuerdos recuperados, no en la persona de Sombra— y sin embargo le conozco.
Le conozco como se conoce a un depredador: por instinto.
Los guardaespaldas se detienen a diez metros de la puerta blindada. El director sigue solo. Teclea el código. Coloca el ojo en el escáner. La puerta se abre con un silbido hidráulico.
Ahora.
Romero y yo nos movemos al unísono. En el segundo que la puerta tarda en cerrarse, cruzamos el umbral. El director se gira. Sus ojos —grises, fríos, sin pestañear— se encuentran con los míos.
—Sombra —dice.
—Ya no —respondo.
Romero le apunta con la pistola. El director no se inmuta. Mira a Romero, luego a mí, luego otra vez a Romero.
—Así que eras tú —dice—. El topo. Debería haberlo supuesto. Tu hermano también fue una decepción.
Romero aprieta el gatillo. No dispara —todavía— pero sus nudillos se ponen blancos.
—No —digo, poniendo una mano sobre el arma—. No así.
El director sonríe. Es una sonrisa fina, cortante, sin humor.
—¿Vas a darme un discurso sobre la moralidad, Sombra? ¿Tú? ¿La agente que mató a doce personas?
—Catorce —digo—. Hubo dos más que no constan en los archivos. Misiones no oficiales. Lo sé porque lo recuerdo todo.
—Entonces sabes que no hay redención para ti.
—No busco redención —digo—. Busco terminar lo que mi madre empezó.
Sus ojos grises parpadean. Solo una vez. Pero es suficiente.
—Elena Delgado —dice—. La neuróloga. ¿Cuánto recuerdas?
—Todo.
—Entonces sabes que tu madre era una traidora. Introdujo un virus en el sistema. Una llave maestra. Hemos pasado veinte años intentando localizarlo.
—No es un virus —digo, avanzando hacia el ordenador central—. Es un código. Un nombre. Mi nombre.
El ordenador central es una pared de pantallas y servidores. En el centro, un teclado. Me sitúo frente a él. El director da un paso hacia mí y Romero le corta el paso con el cañón de la pistola.
—Si introduces esa clave —dice el director—, el protocolo de reactivación se cancelará. Diecisiete durmientes seguirán durmiendo. Diecisiete armas que podrían haber servido a su país se perderán.
—No son armas —digo—. Son personas.
—Son ambas cosas. Como tú.
Mis dedos se posan sobre el teclado. El sistema me pide una contraseña. No es una contraseña cualquiera: es una única palabra, once letras, que mi madre me susurró al oído cuando nací y que mi padre eligió la noche antes de morir.
La tecleo.
La pantalla parpadea. Las luces del sótano se atenúan un instante. Luego, texto verde sobre fondo negro:
CLAVE ACEPTADA. PROTOCOLO DE REACTIVACIÓN CANCELADO. AGENTES DURMIENTES EN ESTADO SEGURO.
El director palidece. Es la primera vez que le veo una emoción real. No es ira. Es miedo. El miedo de quien acaba de perder veinte años de trabajo en un segundo.
—Lo has hecho —dice.
—Lo he hecho.
—Pero esto no acaba aquí, Sombra. El Programa es más grande que un ordenador central. Hay otros centros. Otros directores. Esto es solo un contratiempo.
—Lo sé —digo, apartándome del teclado—. Por eso no voy a matarte. Vas a salir de aquí. Vas a decirles a los otros directores lo que ha pasado. Vas a decirles que Sombra ha vuelto. Que recuerda. Que tiene aliados. Y que no va a parar hasta que no quede ni un solo durmiente.
El director me mira. En sus ojos grises hay algo que no había visto antes. No es respeto. Es otra cosa. Es la comprensión de que ha creado algo que ya no puede controlar.
—¿Cómo te llamas? —pregunta—. Tu nombre real. ¿Cómo te llamas?
Sonrío. Es una sonrisa que no es de Sombra. Es mía.
—Eso —digo— no te lo voy a contar.
Romero me tiende la pistola. La miro. Miro al director. Miro la pantalla con el texto verde que dice que diecisiete personas están a salvo.
—Vámonos —digo.
—¿Y él?
—Él se queda aquí. Con su ordenador inservible y su protocolo cancelado. Va a tener mucho trabajo para explicarles a sus superiores lo que ha pasado hoy.
Salimos de la sala. La puerta blindada se cierra detrás de nosotros.
En el pasillo, los guardaespaldas están donde los dejamos, ajenos a todo.
Pasamos a su lado sin que nos vean —Romero conoce las rutas de vigilancia, los ángulos muertos, los puntos ciegos—.
En el cuarto de servidores, Inés nos espera con el portátil cerrado y una sonrisa de oreja a oreja.
—¿Hecho? —pregunta.
—Hecho.
—¿El nombre?
—Introducido.
—¿Y el director?
—Vivo.
—Vaya —dice Inés—. Pensé que íbamos a cargárnoslo.
—Yo también —dice Romero.
—Yo también —admito—. Pero mi madre me pidió que usara su regalo para liberar, no para destruir. Y yo ya he destruido suficiente.
Salimos los tres por el acceso de mantenimiento. La luz del día —gris, madrileña, normal— nos golpea en la cara como una bofetada. Matías y la doctora Campos nos esperan junto a la puerta. Cuando Matías me ve, su expresión pasa del terror al alivio en menos de un segundo.
—¿Ha funcionado?
—Ha funcionado. Los durmientes están a salvo.
Me abraza. Fuerte. Más fuerte de lo que me ha abrazado nunca. La doctora Campos sonríe, una sonrisa cansada pero genuina. Inés se apoya en la pared y enciende un cigarrillo —no sabía que fumaba, pero hoy es un buen día para empezar—.
—¿Y ahora qué? —pregunta Romero.
Miro a Matías. Miro a Inés. Miro a la doctora. Miro al cielo gris de Madrid.
—Ahora —digo—, empezamos de verdad. Diecisiete durmientes. Diecisiete personas que no saben quiénes son. Y nosotros somos los únicos que podemos encontrarlos.
—Suena a mucho trabajo —dice Inés, exhalando humo.
—Lo es. ¿Te apuntas?
—Claro que me apunto. Pero me debes otras vacaciones. Y la manicura. No se te olvide la manicura.
Nos reímos. Los cinco. En la puerta trasera de una nave abandonada en Chamartín, con el Programa derrotado pero no destruido, con diecisiete vidas por salvar y un futuro incierto.
Y yo, por primera vez en veintiocho años, sé exactamente quién soy.