No Me Busques CAPÍTULO 35
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CAPÍTULO 35

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E l polígono industrial de Chamartín es un cementerio de naves abandonadas.

—La entrada principal está vigilada —dice Romero en voz baja—. Pero hay un acceso de mantenimiento en la parte trasera. Lo usan para sacar la basura. Literalmente.

—¿Qué tipo de vigilancia? —pregunta Vera.

—Cámaras. Dos guardias en la puerta principal. Pero a esta hora, con el director a punto de llegar, la mayor parte del personal estará en el interior preparando la recepción.

—¿Cuánta gente hay dentro?

—En un día normal, entre diez y quince. Hoy, con el director presente, probablemente el doble.

Vera asiente. Su rostro es una máscara de concentración. Lleva el pelo recogido en una coleta tirante, ropa oscura, botas. No parece una consultora de transiciones. No parece Sombra. Parece una general antes de la batalla.

—Inés —dice—. ¿Puedes desactivar las cámaras?

—Si me das cinco minutos y acceso a la red local, sí. Pero necesito estar cerca del edificio.

—Romero, ¿hay alguna entrada cercana al nodo de comunicaciones?

—El cuarto de servidores está en el sótano. Justo al lado del ordenador central. Si entramos por el acceso de mantenimiento, podemos llegar en menos de tres minutos.

—¿Y los guardias?

—Dos en el pasillo del sótano. Relevo cada cuatro horas. El próximo es a las doce.

—Entonces tenemos una ventana —dice Vera—. Entramos a las once y cuarto. Inés desactiva las cámaras. Romero nos guía hasta el sótano. Los guardias del relevo de las doce no estarán allí todavía. Los de las ocho estarán cansados.

—¿Y yo? —pregunto.

—Tú te quedas fuera. Con la doctora Campos.

—Vera...

—Espera —levanta una mano—. No es un castigo. Es estratégico. Si algo sale mal, necesito que haya alguien fuera que pueda pedir ayuda. Llamar a la policía. Filtrar la historia a la prensa. Hacer lo que sea necesario para que el Programa no pueda tapar lo que ha pasado aquí hoy.

—Periodista. Plan B —digo, repitiendo sus palabras de Galicia.

—Periodista. Plan B —confirma ella—. Y además —añade, y su voz se suaviza—, no voy a arriesgarme a perderte en un tiroteo en un sótano. Ya hemos tenido suficientes sótanos.

—La verdad es que tienes razón con lo de los sótanos —admite Romero.

—Cállate —decimos Vera y yo al unísono.

Romero sonríe. Esa sonrisa nueva, humana, que ha ido apareciendo desde que lo liberamos. Inés se ajusta la mochila del portátil. La doctora Campos, pálida pero decidida, aprieta el maletín médico contra el pecho.

—Vale —dice Vera—. Vamos.

El acceso de mantenimiento es una puerta metálica en la parte trasera de la nave 47.

Está cerrada con un candado industrial que Inés abre en cuarenta y cinco segundos usando una ganzúa eléctrica que ha improvisado con un cepillo de dientes y un motor de juguete.

No pregunto. Con Inés, es mejor no preguntar.

Dentro, el olor es distinto al exterior.

No huele a abandono. Huele a productos de limpieza industrial, a cables eléctricos, a aire acondicionado.

El pasillo es estrecho, iluminado por fluorescentes que parpadean ligeramente.

Romero va en cabeza, moviéndose con la precisión de quien conoce cada recodo.

Vera le sigue, silenciosa como un fantasma.

Inés cierra la marcha, con el portátil abierto y el ceño fruncido.

Antes de desaparecer por el pasillo, Vera se gira. Nuestras miradas se encuentran.

—Una hora —dice—. Si no hemos salido en una hora...

—Voy a buscaros —digo—. Lo sé.

—No. Si no hemos salido en una hora, llamas a la policía. Y luego vienes.

—Hecho.

Y entonces, en medio de un pasillo de un polígono industrial, con olor a lejía y fluorescentes parpadeantes, Vera me besa. Un beso corto, firme, definitivo.

—Te quiero —dice.

—Lo sé.

—No. Te quiero. Con tu nombre. Con mi nombre. Con todos los nombres.

—Yo también —digo, y es la verdad más simple y más grande que he pronunciado nunca—. Con todos los tuyos.

Se va. Los tres desaparecen por el pasillo y la puerta metálica se cierra detrás de ellos. La doctora Campos se apoya en la pared exterior y cierra los ojos.

—¿Siempre es así? —pregunta.

—No —digo—. A veces es peor.

Y nos quedamos esperando. Otra vez. Esperando mientras las mujeres más valientes que he conocido se adentran en la boca del lobo.

Esperar es lo que mejor se me da.