No Me Busques CAPÍTULO 34
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CAPÍTULO 34

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L a noche antes de la batalla es más larga que las demás.

Lo sé porque estoy despierta a las tres de la madrugada, sentada en el borde de la cama, mirando por la ventana.

La calle Atocha está vacía y en silencio.

Las farolas proyectan charcos de luz amarilla sobre el asfalto.

Un coche pasa de vez en cuando, lento, como si también él quisiera retrasar el amanecer.

Matías duerme a mi lado. O finge dormir. Con él nunca se sabe.

—No estás durmiendo —digo.

—Tú tampoco.

—No puedo.

Se gira hacia mí. En la penumbra de la habitación, sus ojos verdes son lo único que brilla. La cicatriz de su costado asoma bajo la sábana. Mi cicatriz. Nuestra cicatriz.

—¿En qué piensas? —pregunta.

—En todo. En nada. En que mañana puede que muramos. En que no quiero morir sin haberte dicho ciertas cosas.

—¿Qué cosas?

—Que me alegro de que no me hicieras caso. De que me buscaras durante cinco años. De que te quedaras en esa farola de Malasaña viéndome llorar sin que yo lo supiera. De que aceptases el trato de los tres días en lugar de echarme de tu casa.

—Era mi casa. Podía haberte echado.

—Pero no lo hiciste.

—Porque eras tú —dice—. Porque siempre has sido tú. Incluso cuando no me recordabas, eras tú. La mujer del sótano. La que eligió no matarme. La que escribió una nota con tres palabras y me cambió la vida.

Me acerco a él. Su piel está caliente y huele a jabón barato y a algo más —a mar, a Galicia, a la casa de piedra donde todo empezó—. Apoyo la cabeza en su pecho y escucho los latidos. Son lentos, tranquilos. Los latidos de un hombre que ha sobrevivido a un disparo y a cinco años de sombras.

—Tengo miedo —digo.

—Lo sé.

—No de morir. De lo otro.

—¿De qué?

—De lo que voy a recordar mañana. De lo que ya he recordado esta noche.

De la niña que fui. De mis padres. De las personas a las que maté.

Hay tanto dentro de mí ahora, Matías. Tantos recuerdos.

Tantos nombres. Durante veintitrés años estuve vacía, y ahora estoy tan llena que no sé si voy a estallar.

—No vas a estallar —dice, y su mano encuentra mi pelo—. Eres la mujer más fuerte que he conocido. La más fuerte que ha producido el Programa. No vas a estallar.

—¿Y si mañana Sombra toma el control?

—No lo hará.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque Sombra ya no existe —dice—. Sombra era una cáscara.

Una armadura. Lo que hay debajo es lo que siempre estuvo ahí.

La niña de la playa. La hija de Elena. La mujer que eligió no matarme.

Cuando mañana entres en Chamartín, no vas a entrar como Sombra.

Vas a entrar como tú. Con tu nombre. Con tu historia. Con todo.

Levanto la cabeza y le miro. Su barba de varios días, sus ojeras perpetuas, su sonrisa torcida. El hombre que me ha esperado durante cinco años. El hombre que me ha visto llorar sin que yo lo supiera. El hombre que me ha contado la verdad aunque la verdad me rompiera.

Y yo, que he matado a doce personas, que he sobrevivido a dos borrados de memoria, que he recuperado mi nombre y mi pasado y mi derecho a elegir, siento algo que no sentía desde que era una niña en la playa de la Caleta.

Paz.

—Quiero que me toques —digo.

—¿Estás segura?

—Esta vez sí. Esta vez estoy segura de todo.

Sus manos encuentran mi cintura. Sus labios encuentran los míos. No es un beso urgente como el de Galicia, después del combate. No es un beso hambriento como el de la primera noche en el piso franco. Es un beso lento, deliberado, el beso de dos personas que saben que mañana puede ser el último día.

Nos desvestimos sin prisa. Cada prenda que cae es una capa de armadura. Su camisa. Mi camiseta. Sus vaqueros. Mis pantalones. La ropa interior es lo último, y cuando desaparece solo quedamos nosotros, piel contra piel, sin nada que nos proteja del otro.

—Eres preciosa —dice Matías.

—No me lo había dicho nadie.

—Pues deberían. Todos los días. Durante veintitrés años.

Me río. Una risa pequeña, íntima, que se pierde en su cuello. Sus manos recorren mi espalda, mis costillas, la curva de mi cadera. Sus dedos se detienen en el tatuaje de mi clavícula. Las tres líneas. La marca del Programa.

—Esto —dice—. ¿Quieres quitártelo?

—No. Quiero conservarlo. Para acordarme de dónde vengo.

—¿Y adónde vas?

—Contigo. Si mañana salimos vivos.

—Vamos a salir vivos.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque no he esperado cinco años para perderte ahora.

Me tumbo sobre él. Su peso bajo el mío es un ancla, algo que me sujeta al presente mientras mi cabeza sigue procesando veintitrés años de recuerdos.

Hay tantas versiones de mí ahora mismo: la niña de la playa, la agente letal, la consultora de Chamberí, la mujer que eligió no matar.

Pero la que está aquí, en esta cama, con este hombre, es la que importa. La que ha elegido. La que elige ahora.

Su boca recorre mi cuello, mis hombros, la marca de la clavícula. Cada beso es un recordatorio: estás viva. Estás aquí. Eres real. Mis manos se aferran a su espalda, recorren sus cicatrices —la del hombro, la de la costilla— y les doy nombres. Supervivencia. Resistencia. Amor.

Cuando entramos el uno en el otro, el mundo se reduce a este momento.

A esta habitación. A este hombre. El resto —Chamartín, el Programa, los durmientes, el director— desaparece.

Solo existe el ritmo de nuestros cuerpos, la piel húmeda, la respiración entrecortada.

Solo existe el hecho de que estamos vivos y juntos, contra todo pronóstico, contra toda lógica, contra todas las probabilidades.

—Vera —susurra él contra mi oído.

—Dime.

—Dime tu nombre. Tu nombre real. Solo una vez. Para mí. Para guardarlo.

Me quedo quieta un segundo. Las reglas del Programa dicen que no puedo decirlo en voz alta. Que la red lo detectará. Que la clave se invalidará.

Pero esto no es la red. Esto es Matías. Y Matías no es el Programa.

Me inclino hacia él. Miro el portátil de Inés —apagado—, los teléfonos en la otra habitación, el equipo de la doctora —desconectado—. Silencio electrónico. Solo nosotros.

Mis labios rozan su oreja. Y pronuncio, por primera vez en veintitrés años, el nombre que me puso mi madre.

Él cierra los ojos. Los abre. Hay lágrimas en sus pestañas. No dice nada. No hace falta. Su mano encuentra la mía bajo las sábanas y aprieta.

Luego me atrae hacia él y seguimos donde lo dejamos.

Esta vez no hay recuerdos. No hay flashes del pasado. Solo hay presente. Solo hay futuro. Solo hay la certeza de que, pase lo que pase mañana, este momento nos pertenece. Este momento es nuestro y de nadie más.

Cuando por fin nos rendimos al cansancio, enredados el uno en el otro, la luz del amanecer empieza a filtrarse por la ventana. Es jueves. El día de la verdad. El día en que todo termina o todo empieza.

Pero antes de ponerme en pie, me quedo un minuto más. Con la cabeza apoyada en su pecho. Escuchando sus latidos.

Aprendiéndome de memoria el sonido de la vida.