CAPÍTULO 33
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H ay silencios y silencios.
El que sigue a las palabras de Vera —«ya sé cómo me llamo»— es de los que pesan.
De los que se te meten en los pulmones y no te dejan respirar.
La doctora Campos se ha quedado con la mano suspendida sobre el teclado.
Romero ha dejado de sonreír por primera vez desde que lo conocemos.
Matías está blanco como el papel. Y yo...
yo siento que voy a llorar, y yo no lloro.
Lloro menos que Vera antes de la terapia, y eso ya es decir.
Pero Vera no dice el nombre.
Se queda sentada en la silla reclinable, con los electrodos todavía pegados a las sienes, mirando hacia un punto indefinido de la pared.
Tiene los ojos húmedos pero no llora. Tiene la expresión de quien acaba de cruzar un desierto de veintitrés años y ha llegado al otro lado.
No es felicidad. No es alivio. Es otra cosa. Es plenitud.
—¿Y bien? —pregunta Matías, y su voz es un susurro ronco—. ¿Cómo te llamas?
Vera le mira. Luego me mira a mí. Luego mira a Romero. Luego a la doctora.
—No puedo decíroslo —dice.
—¿Cómo que no puedes?
—Porque si lo digo en voz alta, y alguien lo oye, y ese alguien pertenece al Programa... la clave se vuelve inútil. Mi madre diseñó esto para que el nombre solo funcionara si yo lo introducía directamente en el ordenador central. Si lo pronuncio, pierde su valor como llave.
—Eso no es verdad —dice la doctora Campos—. Elena nunca mencionó nada parecido. La clave es el nombre, sí. Pero el nombre puede decirse.
—Mi madre no lo sabía —dice Vera—. Pero yo sí.
Hay cosas que el Programa me enseñó y que ella no podía conocer.
Protocolos de seguridad. Mecanismos de defensa.
Sé cómo funcionan sus sistemas. Si el nombre se pronuncia en voz alta cerca de cualquier dispositivo conectado a su red —un teléfono, un portátil, un reloj inteligente—, el sistema lo detecta y la clave se invalida.
—Eso es paranoia —digo.
—Es entrenamiento —responde Vera—. Y es real, Inés. Créeme. Llevo veintitrés años programada para saber estas cosas.
Me quedo callada. Porque tiene razón. Porque Vera no miente. Porque todo lo que ha dicho desde que la conozco ha resultado ser verdad, incluso las cosas que parecían imposibles.
—Entonces, ¿cómo lo introducimos? —pregunta Matías.
—En Chamartín. Mañana. Directamente en el ordenador central. Yo tecleo el nombre, el sistema desactiva el protocolo de reactivación, los durmientes se salvan.
—¿Y luego?
—Luego —dice Vera—, el director sabrá que alguien ha usado la clave. Sabrá que he recuperado la memoria. Sabrá que estoy dentro de su centro de operaciones.
—O sea, que después de salvar a los durmientes, tendremos que salir de allí vivos —digo.
—Exacto.
—Genial —me paso las manos por el pelo—. Porque no era suficientemente complicado.
Romero carraspea desde el suelo.
—Yo puedo ayudar —dice.
Todos le miramos.
—Conozco el centro de Chamartín. He estado allí docenas de veces. Sé dónde está el ordenador central. Está en el sótano, detrás de una puerta blindada que requiere tres niveles de autenticación: código numérico, huella dactilar y reconocimiento de iris.
—¿Y tienes los tres? —pregunto.
—Tengo el código. La huella puedo falsificarla. Pero el iris... el iris es del director. Solo él puede abrir la puerta.
—Entonces necesitamos al director —dice Matías.
—O esperar a que él abra la puerta y colarnos detrás —dice Vera—. El director vuelve mañana al mediodía. Si llegamos antes, podemos ocultarnos en el centro hasta que él active el acceso.
—Es una locura —dice la doctora.
—Es lo que hay —digo yo—. Llevamos una semana haciendo locuras. Una más no nos va a matar.
—Bueno —dice Romero—. Técnicamente, sí podría mataros.
—Era una forma de hablar.
—Lo sé. Pero quería dejar claro el riesgo.
Me río. No sé por qué. Quizá porque estoy agotada. Quizá porque es absurdo. Quizá porque hay algo liberador en saber que mañana puede ser el último día de tu vida y que, si lo es, al menos te has teñido el pelo de rosa y has conocido a gente interesante.
—Vale —digo—. Recapitulemos. Mañana nos infiltramos en un centro secreto del Programa en Chamartín.
Evitamos a no-sabemos-cuántos agentes armados.
Esperamos a que el director abra una puerta blindada.
Nos colamos detrás. Vera teclea su nombre real —que no puede decir en voz alta— y desactiva el protocolo.
Y luego salimos de allí antes de que nos maten.
—Correcto —dice Vera.
—¿Tenemos armas?
—Tenemos una escopeta, un cable de acero, y a Vera —dice Matías.
—Y a mí —añade Romero.
—Tú estás atado a un radiador —le recuerdo.
—Podéis desatarme.
Miro a Vera. Vera mira a Romero. Hay una conversación silenciosa entre ellos, una evaluación mutua que solo dos agentes entrenados por el mismo programa pueden tener. Luego Vera asiente.
—Inés. Suéltale.
—¿Estás segura?
—No. Pero necesitamos toda la ayuda posible. Y si iba a traicionarnos, ya lo habría hecho.
Me acerco a Romero con unas tijeras de cocina —no tenemos llave de las esposas, las cerraduras son estándar del Programa y no se abren con nada normal—.
Corto las bridas de plástico que le sujetan a la tubería.
Romero se incorpora despacio, frotándose las muñecas.
Está magullado, tiene una costilla fisurada y una muñeca luxada, pero se mantiene en pie.
—Gracias —dice.
—No me las des todavía. Como intentes algo, te pego un tiro con la escopeta —digo, señalando el arma apoyada en la pared.
—No sé usar una escopeta —admite Romero.
—Yo tampoco. Pero a quemarropa, hasta yo acierto.
Romero sonríe. Es una sonrisa distinta a las anteriores. Más humana. Más cansada. La sonrisa de alguien que lleva demasiado tiempo solo y acaba de encontrar, contra todo pronóstico, un equipo.
—Entonces —dice Matías—, ¿cuál es el plan?
Vera se levanta de la silla reclinable. Se quita los electrodos de las sienes. Sus ojos han cambiado. No son los de Sombra. No son los de Vera Delgado. Son los de alguien nuevo. Alguien que ha recuperado su nombre y está dispuesta a usarlo.
—El plan es simple —dice—. Entramos. Desactivo el protocolo. Salimos. Y si el director se interpone...
—¿Qué? —pregunto.
—Hace cinco años le perdoné la vida a un hombre en un sótano.
Fue la mejor decisión que he tomado nunca.
Pero el director no es Matías. Y yo ya no soy Sombra.
Soy alguien que elige. Y esta vez —sus ojos se endurecen—, elijo terminar lo que mi madre empezó: desactivar el protocolo y salvar a los durmientes.
Y si el director se interpone, que sea su elección. La mía ya está tomada.
Nadie dice nada. No hace falta.
Fuera, en la calle Atocha, amanece. Madrid se despierta ajena a todo. Y en este piso franco que huele a cerrado, cinco personas —una agente recuperada, un periodista enamorado, una hacker de pelo rosa, un recuperador arrepentido y una neuróloga fugitiva— se preparan para la última misión.
Mañana es jueves.
Mañana, todo termina.
O todo empieza.