No Me Busques CAPÍTULO 32
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CAPÍTULO 32

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E l primer recuerdo que vuelve no es mío.

Quiero decir: no es un recuerdo que yo haya vivido. Es un recuerdo de mi madre. Mi madre joven, con el pelo recogido en una coleta despeinada, inclinada sobre una cuna. Está cantando algo en voz baja, una nana que no reconozco, y hay una ventana detrás de ella por la que entra la luz del mar.

¿El mar? ¿Vivíamos cerca del mar?

Sí. Lo sé ahora, sin que nadie me lo haya dicho.

Vivíamos en Cádiz. En un piso pequeño frente a la playa de la Caleta.

Mi padre era pescador antes de ser camionero.

Mi madre trabajaba en el hospital Puerta del Mar antes de que la trasladaran a Madrid.

El olor a salitre estaba en todas partes: en las sábanas, en la ropa, en el pelo de mi madre cuando me daba las buenas noches.

El recuerdo es tan nítido que me quema.

Luego vienen otros. En cascada. Sin orden. Sin pausa.

Mi padre enseñándome a nadar en la playa. El agua fría del Atlántico. Sus manos enormes sosteniéndome por la barriga mientras yo pataleo y me río. Su voz: «Así, mi niña, así». No recuerdo su cara —todavía no— pero recuerdo su voz. Grave. Ronca. Llena de tabaco y de mar.

Mi madre leyéndome un cuento antes de dormir. Platero y yo. Lo sé porque reconozco las palabras aunque no las he leído nunca en esta vida. «Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón.» Su voz era música. Su voz era casa.

El día que mi padre no volvió.

La llamada de teléfono. Mi madre dejándose caer en una silla de la cocina. La taza de café rompiéndose contra el suelo. Yo sin entender nada, con cuatro años, preguntando por qué mamá lloraba. Y ella sin poder contestar.

Luego, el traslado a Madrid. El piso pequeño en Usera. Mi madre trabajando dieciséis horas al día en La Paz. Yo sola en casa, con siete años, leyendo libros que no entendía porque no tenía nada más que hacer. Los vecinos que me daban de comer. La soledad.

Y luego la visita.

Dos hombres de traje. Amables. Bien hablados. «Su hija es superdotada, señora Delgado. Tenemos un programa especial para niñas como ella. Una residencia en Cádiz —sí, en Cádiz, como su tierra—. Allí recibirá la mejor educación. Estará con otros niños como ella. Será feliz.»

Mi madre dudó. Lo recuerdo ahora: su mano apretando la mía mientras los hombres hablaban. Sus ojos yendo del traje a la ventana, de la ventana a mí. Dudó. Pero al final firmó.

Porque estaba sola. Porque estaba cansada. Porque quería lo mejor para mí.

Porque no sabía.

El recuerdo de la despedida es el más duro. Mi madre arrodillada en el suelo del aeropuerto, con las manos en mis hombros. Su voz quebrada: «Mamá te quiere. Mamá siempre te va a querer. Esto es para que seas feliz. Vas a ser feliz, mi niña. Prométeme que vas a ser feliz.»

Y yo, con siete años, sin entender nada, prometiéndole que sí.

Luego vienen los recuerdos del Programa.

No todos. No de golpe. Pero sí fragmentos.

Imágenes. Sensaciones. El orfanato de Cádiz, donde me tuvieron seis meses antes de empezar el entrenamiento.

Los tests. Las pruebas. Los pinchazos. La habitación blanca donde me borraron la memoria por primera vez.

El dolor. El miedo. La sensación de que algo se apagaba dentro de mí y yo no podía hacer nada para impedirlo.

El entrenamiento. Años de entrenamiento. Armas. Cuerpo a cuerpo. Idiomas. Estrategia. Técnicas de interrogatorio. Me enseñaron a matar antes de enseñarme a conducir. Me enseñaron a mentir antes de enseñarme a querer. Me enseñaron a ser Sombra.

Y lo fui. Durante doce misiones. Durante doce vidas que terminaron porque yo apreté un gatillo o apuñalé un cuello o presioné una arteria.

El recuerdo de la primera misión me golpea como un puñetazo.

Un hombre mayor. Calvo. Traje gris. Estaba cenando solo en un restaurante de lujo.

Me acerqué a su mesa. Le sonreí. Le dije algo —no recuerdo qué— y cuando se giró hacia el camarero para pedir la cuenta, le clavé una aguja en el cuello.

Murió antes de que el café llegara a la mesa.

Tenía nietos. Lo supe después, al leer su expediente.

Tres nietos. El mayor se llamaba como él.

Los recuerdos me llegan en olas. Cada ola me arrastra un poco más lejos de la orilla. Ya no sé si estoy en la silla reclinable del piso franco o en un sótano de Galicia o en un restaurante de lujo o en la playa de la Caleta con mi padre enseñándome a nadar. Todo es real. Todo es ahora. Todo es yo.

Y entonces llega el recuerdo del sótano.

La escena que ya conozco, pero esta vez desde dentro. La oscuridad. El olor a hormigón. Matías arrodillado. Su sangre en el suelo. Mi arma apuntándole a la frente. Y de repente, su voz: «Vera.»

Y yo, Sombra, agente letal, máquina perfecta de matar, vacilando.

No fue un error del sistema. No fue una anomalía cognitiva. Fue mi madre. Fue el recuerdo de su voz que el Programa no pudo borrar del todo. Fue la nana que me cantaba de niña. Fue la promesa que le hice en el aeropuerto: «vas a ser feliz». Fue todo lo que era antes de que me convirtieran en esto.

Bajé el arma.

Y en ese momento, en la silla reclinable del piso franco, con los electrodos zumbando en mis sienes y la mano de Matías apretando la mía, por fin lo recuerdo todo.

Mi nombre.

El que me puso mi madre.

El que me susurró al oído cuando nací.

El que mi padre eligió la noche antes de morir.

Lo digo en voz alta sin darme cuenta. Como si las palabras tuvieran que salir de mi boca para ser reales. Como si pronunciarlas fuera el último paso de un camino que empecé a recorrer a los siete años.

Todos me miran. La doctora Campos detiene la máquina. Inés aparta los ojos del monitor. Matías me sujeta la mano con más fuerza. Romero, desde el suelo, contiene la respiración.

—Ya lo tengo —digo—. Ya sé cómo me llamo.