No Me Busques CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

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L a doctora Campos transforma el salón en una clínica improvisada en menos de una hora.

No es magia: es la costumbre de quien lleva veinte años trabajando en condiciones precarias.

Saca electrodos de su mochila, un monitor portátil, un generador de impulsos del tamaño de un libro.

Conecta todo a un portátil que Inés le ha cedido sin rechistar —por una vez, Inés no protesta— y coloca una silla reclinable junto a la ventana.

—La terapia es sencilla en su aplicación —explica la doctora mientras ajusta los electrodos—.

Pero no en sus efectos. Utiliza impulsos magnéticos de baja frecuencia para estimular las áreas del cerebro donde se almacena la memoria a largo plazo.

En condiciones normales, se usa para ayudar a pacientes con Alzheimer o amnesia postraumática. Pero el protocolo de Elena va más allá.

—¿En qué sentido? —pregunto.

—Mi madre diseñó esto específicamente para mí —dice Vera desde la silla—. Para contrarrestar el borrado del Programa.

—Exacto —confirma la doctora—. El Programa utiliza una variante agresiva de terapia electroconvulsiva combinada con condicionamiento farmacológico. Elena pasó años estudiando muestras de tejido cerebral de... —se detiene.

—De agentes muertos —completa Vera—. Puede decirlo. Sé de dónde sacó las muestras.

—Sí —dice la doctora en voz baja—. De agentes muertos. Y descubrió que el borrado no destruye los recuerdos: los encapsula. Como si los envolviera en una capa de tejido cicatricial. Con los estímulos adecuados, esa capa puede disolverse.

—¿Cuánto tarda?

—Depende del sujeto. En las pruebas que hicimos con... voluntarios, los primeros recuerdos emergían a los veinte o treinta minutos. Los más profundos podían tardar horas.

—¿Y el nombre? —pregunto—. ¿El nombre que le puso su madre?

—El nombre está en la memoria más temprana.

La primera infancia. Los recuerdos que se forman antes de los tres años.

Son los más difíciles de recuperar porque el cerebro infantil los almacena de forma distinta.

Pero el protocolo de Elena está diseñado específicamente para eso. Para llegar hasta el fondo.

Vera está sentada en la silla reclinable, con los electrodos colocados en las sienes y en la base del cráneo. Lleva puesta una camiseta blanca que le he dejado yo. Tiene los ojos cerrados. Respira despacio, controladamente, como si estuviera preparándose para una misión.

Supongo que es exactamente lo que está haciendo.

—¿Duele? —pregunto.

—No —dice la doctora—. Pero puede ser abrumador. Los recuerdos no vuelven en orden cronológico. Vuelven en orden emocional. Los más intensos primero. Es posible que experimente flashes, emociones fuertes, incluso reacciones físicas.

—¿Reacciones físicas?

—Sudoración, taquicardia, movimientos involuntarios. El cuerpo reacciona a los recuerdos como si fueran reales. Por eso necesito que alguien la sujete si es necesario.

—Yo lo haré —digo.

La doctora me mira. Sus ojos cansados me evalúan durante un segundo.

—¿Sabe lo que va a ver? —pregunta—. No me refiero a los recuerdos. Me refiero a ella. Cuando los recuerdos lleguen, ella va a ser todas las versiones de sí misma a la vez. La niña. La agente. La consultora. Y no todas esas versiones se llevan bien.

—Lo sé.

—¿Y está preparado?

—Llevo cinco años preparándome.

La doctora asiente. Coloca el último electrodo y se retira. Inés está en una esquina del salón, con el portátil abierto, monitorizando las constantes vitales de Vera en tiempo real. Romero sigue atado —por precaución, no por desconfianza— y observa desde el suelo con una expresión indescifrable.

—Voy a empezar —dice la doctora—. Vera, ¿estás lista?

—Sí.

—Cuando lleguen los recuerdos, no luches contra ellos. Déjalos fluir. No intentes ordenarlos ni clasificarlos. Simplemente obsérvalos. Como si vieras una película.

—Entendido.

—Si en algún momento quieres parar, levantas la mano. ¿De acuerdo?

—De acuerdo.

La doctora pulsa un botón. El generador de impulsos emite un zumbido grave, casi subliminal. Las luces del salón parpadean ligeramente. Los electrodos en las sienes de Vera empiezan a emitir un leve resplandor azul.

Al principio no pasa nada. Vera sigue con los ojos cerrados, respirando despacio. Inés mira el monitor. La doctora ajusta la frecuencia. Yo me quedo de pie junto a la silla, con la mano apoyada en el reposabrazos, cerca de la de Vera pero sin tocarla.

—Frecuencia estable —dice la doctora—. Actividad cerebral dentro de los parámetros esperados. La estimulación está empezando a...

Vera abre los ojos de golpe.

Pero no son sus ojos. Son los ojos de una niña de cuatro años que ve a su madre por primera vez en veinticuatro años. Son los ojos de Sombra en el momento de apretar un gatillo. Son los ojos de Vera Delgado despertando en un hospital de Barcelona sin saber quién es. Son todos sus ojos a la vez.

—Mamá —dice.

Y es la palabra más devastadora que he oído en mi vida.

La doctora reduce la frecuencia. Vera parpadea, una, dos veces. Las lágrimas le resbalan por las mejillas, pero no se mueve. No levanta la mano. No pide parar.

—Sigue —dice—. Sigue.

La doctora aumenta la frecuencia. Vera cierra los ojos otra vez. Su mano busca la mía sobre el reposabrazos, y yo se la cojo.

Fuera, en la calle Atocha, Madrid sigue con su vida normal. Pero aquí dentro, en este piso franco que huele a cerrado, una mujer está recuperando veintitrés años de recuerdos robados.

Y yo solo puedo sostenerle la mano.