CAPÍTULO 38
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G ranada es una ciudad que se merece ser vista con los ojos de quien acaba de recuperar la memoria.
Llegamos al atardecer, cuando el sol tiñe la Alhambra de rojo y el Albaicín empieza a encender sus farolillos.
El aire huele a jazmín y a té moruno y a algo antiguo que no sé nombrar.
Matías conduce —Inés se ha quedado en Madrid con Romero y la doctora, preparando el siguiente movimiento— y yo voy a su lado, con las ventanillas bajadas y el viento en la cara.
—Es bonito —dice Matías.
—Es su cobertura. A Sombra siempre le gustó Granada. Dijo que era el único sitio de España donde la historia pesaba más que el presente.
—¿Y quién es Daniela?
—Una chica de veintiséis años que cree que nació en Sevilla. Que estudió piano en el conservatorio. Que da clases particulares a niños del barrio. Que tiene dos gatos y un novio que se llama Pablo y que trabaja en una librería.
—Y nada de eso es verdad.
—No. Nada de eso es verdad. Pero es su vida desde hace seis años. Es lo único que recuerda.
—Como tú.
—Como yo.
Aparcamos en la cuesta de San Gregorio y subimos al Albaicín a pie.
Las calles son estrechas, empedradas, flanqueadas por muros blancos y buganvillas que asoman por encima de las tapias.
Los turistas se arremolinan en los miradores; los vecinos se ignoran mutuamente con esa intimidad de quien lleva décadas compartiendo barrio.
Daniela vive en el número 17 de la calle Horno del Oro, una casa baja con una cancela de hierro forjado y una maceta de geranios en cada ventana.
—¿Cómo se lo vas a decir? —pregunta Matías.
—No lo sé. No hay un manual para esto. No hay un protocolo.
—¿Por qué has elegido empezar por ella?
—Porque era mi favorita —digo, y es la primera vez que lo admito en voz alta—.
De todos los durmientes a los que asigné cobertura, Daniela era la que más se parecía a mí.
La que más posibilidades tenía de recordar.
Solía ponerle obstáculos pequeños en su cobertura —alergias, fobias, manías— para ver si su cerebro los detectaba.
Y ella siempre los detectaba. Como lo de los gatos.
—Eras su ángel de la guarda.
—Era su carcelera. Pero intentaba darle grietas en los muros.
Toco el timbre. Los geranios se mecen con la brisa. Se oyen pisadas dentro de la casa, el rasgueo de una guitarra que se interrumpe, una voz de mujer que dice «voy».
La puerta se abre.
Daniela es menuda, morena, con el pelo recogido en un moño improvisado y los dedos manchados de pintura.
Lleva un vestido de flores y sandalias. Tiene los mismos ojos que yo.
No en el color —los suyos son castaños, los míos oscuros— sino en la expresión.
La expresión de alguien que sabe que algo falta pero no sabe qué.
—¿Sí?
—Hola, Daniela —digo—. Me llamo Vera. Y tengo que contarte algo.
—¿Nos conocemos?
—Hace mucho tiempo. Tú no lo recuerdas. Pero yo sí.
Daniela me mira. Sus dedos se aferran al marco de la puerta. Algo en su expresión cambia —no es miedo, es otra cosa—. Es el presentimiento de que todo lo que creía saber sobre sí misma está a punto de tambalearse.
—¿De qué va esto? —pregunta.
—De quién eres. De quién eras antes de despertar en un hospital hace seis años sin recordar nada. De por qué tienes pesadillas con habitaciones blancas. De por qué tus manos saben cosas que tu cabeza no.
Daniela palidece. El gato —uno naranja, gordo, perezoso— se enrosca en sus tobillos. Ella ni siquiera lo nota.
—¿Cómo sabes lo de las pesadillas?
—Porque yo también las tengo. Las tuve durante cinco años. Hasta que alguien me contó la verdad.
—¿Y cuál es la verdad?
Miro a Matías. Matías me mira a mí. Las buganvillas siguen asomando por encima de las tapias. El sol se esconde detrás de la Alhambra.
—Es una historia larga —digo—. ¿Tienes tiempo?
Daniela nos hace pasar.
La casa es pequeña pero acogedora: suelos de baldosa hidráulica, paredes encaladas, un piano vertical junto a la ventana del salón. Los gatos —dos, el naranja y uno blanco con manchas negras— nos observan desde el sofá con la desconfianza propia de su especie. Daniela nos ofrece té. Aceptamos.
Y entonces empiezo a hablar.
Le cuento quién soy. Le cuento quién fue mi madre.
Le cuento qué es el Programa. Le cuento que ella era una agente durmiente, entrenada para matar, reprogramada para vivir una vida que no era suya.
Le cuento que hay otras dieciséis personas como ella, repartidas por toda España, que no saben quiénes son.
Le cuento que su nombre real no es Daniela.
Que sus padres no murieron en un accidente de tráfico cuando ella era pequeña —eso fue un implante de memoria—.
Que su casa en Granada, sus clases de piano, sus gatos, su novio Pablo: todo es una cobertura.
Una prisión que no sabe que lleva puesta.
Cuando termino, el té está frío. Fuera ha anochecido. Los gatos se han dormido. Daniela me mira con los ojos muy abiertos y las manos apoyadas sobre la mesa, inmóviles.
—Estás mintiendo —dice.
—No.
—Tengo recuerdos. Recuerdo a mi madre. Recuerdo mi infancia en Sevilla. Recuerdo...
—Recuerdas lo que te implantaron. Imágenes. Sensaciones. Cosas que nunca ocurrieron. Yo también las tenía.
—¿Y cómo sé que lo que me estás contando ahora es verdad?
—Porque puedo demostrártelo.
Saco el teléfono. Le enseño las fotos de los archivos del Programa: su ficha de agente, su foto de reclutamiento a los ocho años, su designación —Alondra— y la fecha de su reprogramación. Daniela las mira. Una a una. Despacio.
—Esta niña soy yo —dice.
—Sí.
—¿Qué me hicieron?
—Te entrenaron para matar. Luego decidieron que eras más útil durmiendo. Te implantaron una vida falsa y te dejaron suelta.
—¿Y ahora?
—Ahora tienes una decisión. Puedes seguir siendo Daniela, la profesora de piano del Albaicín. Tu cobertura seguirá intacta. Nadie del Programa vendrá a por ti: hemos desactivado el protocolo de reactivación. Puedes vivir el resto de tu vida sin saber quién fuiste.
—¿Y la otra opción?
—La otra opción es recordar. Podemos someterte a una terapia que te devolverá la memoria. No va a ser fácil. Vas a ver cosas que preferirías no haber hecho. Pero al final, sabrás quién eres. Y podrás elegir.
Daniela se levanta. Va hacia la ventana y mira el perfil iluminado de la Alhambra. La luna está saliendo sobre Sierra Nevada y el cielo es un terciopelo oscuro salpicado de estrellas.
—¿Tú has recordado? —pregunta sin girarse.
—Sí. Esta semana.
—¿Y qué has visto?
—He visto a mis padres. He visto la playa donde aprendí a nadar. He visto el aeropuerto donde me despedí de mi madre. He visto las caras de las personas a las que maté. He visto el sótano donde elegí no matar a un hombre.
—¿Y ahora?
—Ahora —digo, y miro a Matías— soy libre.
Daniela se gira. Sus ojos castaños están húmedos. Pero no llora. Es demasiado fuerte para llorar. Todos los durmientes lo son. Es lo que nos enseñaron.
—Quiero recordar —dice.
—¿Estás segura?
—No. Pero llevo seis años sabiendo que algo falta. Seis años despertándome de madrugada con las manos cerradas en puños, sin saber por qué. Seis años tocando el piano como si mis dedos recordaran algo que mi cabeza no. Si hay una oportunidad de llenar ese vacío... quiero aprovecharla.
—La doctora Campos vendrá mañana. Ella diseñó la terapia. Bueno —me corrijo—, mi madre la diseñó. Hace veinte años.
—¿Y funciona?
—Funciona —digo, y me toco la clavícula—. Yo soy la prueba.
Esa noche dormimos en un hostal del Albaicín. Matías y yo compartimos habitación —ya no nos escondemos, ya no fingimos— y nos quedamos despiertos hasta tarde, viendo la luna de Granada por la ventana.
—Una —digo—. Quedan dieciséis.
—Y luego ¿qué? —pregunta Matías—. ¿Cuando hayáis despertado a todos?
Me giro hacia él. Su barba está más larga que nunca y sus ojeras son surcos profundos, pero sus ojos verdes brillan con la intensidad de quien ha encontrado su propósito.
—Luego —digo—, decidimos quiénes somos. Sin el Programa. Sin Sombra. Sin coberturas. Solo nosotros.
—Suena bien.
—Suena aterrador.
—Las dos cosas —dice Matías, y me besa.
Y yo, que he matado a catorce personas y he salvado a diecisiete, que he recuperado mi memoria y mi nombre y mi derecho a elegir, cierro los ojos y dejo que el presente me llene.
Porque el pasado por fin está en paz.
Y el futuro acaba de empezar.