CAPÍTULO 28
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O bservar es lo que mejor se me da.
Pasé cinco años haciéndolo. Cinco años mirando a Vera desde aceras, desde cafeterías, desde portales. Cinco años registrando cada gesto, cada rutina, cada lágrima nocturna. Aprendí a leerla mejor que a mí mismo. Y por eso sé, sin que ella diga nada, que lo de esta noche va a ser duro.
No por el peligro. El peligro lo maneja. Lo maneja mejor que nadie, de hecho. Lo que va a ser duro es lo otro. El recuerdo. La madre. La niña de siete años que no entendía por qué la dejaban en un sitio lleno de desconocidos. Eso no se maneja con reflejos ni con estrategia.
Eso solo se sobrevive.
—¿En qué piensas?
La voz de Romero me saca de mis pensamientos. Estoy en el salón, solo, mientras Vera e Inés se preparan para volver a NeuroAvance. He dejado la puerta de la habitación abierta. No sé por qué. Quizá porque ya no le veo como un enemigo.
—En ella —digo.
—Eso es peligroso.
—Lo sé.
—No —dice Romero—. No lo sabes. Querer a alguien como Sombra es peligroso no porque ella sea peligrosa. Es peligroso porque el Programa no te dejará tenerla. Harán lo que sea para separaros. Ya lo hicieron una vez.
—Y no funcionó.
—No. Pero esta vez tienen diecisiete razones más para asegurarse de que funcione.
Me levanto del sofá. Voy hacia la puerta de la habitación y me apoyo en el marco. Romero sigue en el suelo, pero su postura ha cambiado. Ya no es el prisionero. Es el informante. El topo. El hombre que lleva tres años esperando que alguien le crea.
—¿Por qué? —le pregunto—. ¿Por qué te volviste contra ellos?
Romero se toma su tiempo antes de responder. Cuando lo hace, su voz es más baja. Más humana.
—Tuve un hermano —dice—. Menor. Se llamaba Diego.
El Programa lo reclutó en 2008. Yo ya era recuperador.
Me enteré un año después, cuando encontré su ficha en un archivo al que no debería haber tenido acceso.
Diego era agente de nivel uno. Durmiente.
Llevaba un año viviendo en Sevilla con una identidad falsa, creyendo que era profesor de instituto. Ni siquiera sabía que tenía un hermano.
—¿Y qué hiciste?
—Nada. No pude hacer nada. Si intentaba contactar con él, el Programa lo sabría. Si intentaba sacarlo, lo eliminarían. Así que esperé. Y observé. Como tú con Sombra.
—¿Qué pasó?
—Lo activaron. Misión de infiltración en una trama de narcotráfico. Duró tres semanas. Luego... —Romero aparta la mirada—. Luego recibí la orden de recuperación. Porque Diego había fallado.
—Y tú...
—Yo cumplí la orden. Era mi trabajo.
El silencio que sigue es tan denso que casi puede tocarse. Fuera, la calle Atocha sigue con su vida normal. Dentro, dos hombres que han matado por el Programa comparten una verdad que ninguno de los dos quería conocer.
—Por eso quieres detenerlo —digo.
—Por eso quiero detenerlo —repite Romero—.
Porque no quiero que nadie más tenga que hacer lo que yo hice.
Porque Sombra no tiene la culpa de lo que es.
Porque los durmientes no tienen la culpa de lo que fueron programados para ser.
Porque si el plan del quince de diciembre sale adelante, diecisiete personas van a morir sin saber quiénes eran.
Como mi hermano. Como Sombra. Como todos.
—¿Por qué no lo has dicho antes? Lo de tu hermano.
—Porque no importa. Lo que importa es lo que vas a hacer tú ahora.
—¿Yo?
—Tú eres el único que puede convencerla de que se someta a la terapia de NeuroAvance. El único al que escuchará. Si recupera su nombre real antes del jueves, podemos detener el protocolo sin necesidad de infiltrarnos en Chamartín.
—¿Y si la terapia la rompe?
—Entonces —dice Romero—, habrás perdido a la mujer que amas. Pero habrás salvado a diecisiete personas. Y a ti mismo. Porque si el plan sigue adelante, Sombra no será la única que muera. Tú serás el siguiente. Y la chica del pelo rosa. Y cualquiera que sepa demasiado.
Me quedo en silencio. Romero tiene razón. Lo sé. Pero también sé que no puedo tomar esa decisión por Vera. No después de todo lo que ha pasado. No después de prometerle que sería ella quien eligiera.
—No voy a convencerla de nada —digo—. Voy a darle la información. Y ella decidirá.
Romero asiente. Hay algo en sus ojos que parece respeto. O quizá es solo cansancio.
—Eres mejor hombre de lo que decía tu expediente, Echeverría.
—Tu expediente tampoco era muy halagador.
—Lo sé. Lo escribí yo.
Nos reímos. Una risa corta, amarga, la risa de dos hombres que han hecho cosas terribles y que ahora intentan hacer algo bueno. No sé si es suficiente. No sé si redime nada. Pero es lo que hay.
La puerta del baño se abre. Vera sale vestida de oscuro, con el pelo recogido en una coleta tirante.
Sus ojos han cambiado desde que hablamos con Romero.
Ya no son los ojos de Vera Delgado, consultora de transiciones.
Ya no son los ojos de Sombra, agente letal.
Son los ojos de alguien que acaba de descubrir que tuvo una madre y que esa madre murió por ella.
—Estoy lista —dice.
—¿Segura?
—No. Pero voy igual.
Inés aparece detrás de ella con el portátil bajo el brazo y una mochila llena de cables. Me mira y sonríe. Esa sonrisa rápida de dientes pequeños.
—No te preocupes, periodista —dice—. Te la devuelvo entera.
—Más te vale.
Vera se acerca a mí. Me coge la mano. El mismo gesto de antes, el que hace una semana habría sido impensable. Aprieta los dedos contra los míos y me mira a los ojos.
—Volvemos —dice.
—Lo sé.
—Y cuando vuelva, quiero que me hables de mi madre. De lo que encontraste en tus investigaciones. De lo que sepas.
—Lo que sé es poco.
—Entonces me cuentas lo poco. Y buscamos juntos lo demás.
—Hecho.
Se va. La puerta blindada se cierra. Oigo sus pasos alejarse por el pasillo, acompañados por el taconeo de Inés. Luego, silencio.
Romero me mira desde el suelo.
—Esa mujer te quiere —dice.
—Lo sé.
—No —dice—. Lo sabes ahora. Pero siempre te ha querido. Incluso cuando no te recordaba, te quería. Eso es lo que el Programa nunca entendió. Que no se puede borrar el amor. Solo se puede esconder.
Me siento en el sofá que huele a cerrado. Miro el mapa de Chamartín. Las fotos de satélite. Los nombres de los durmientes. Y espero.
Otra vez.
Esperar es lo que mejor se me da.