CAPÍTULO 27
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M i madre se llamaba Elena Delgado.
Mi madre me entregó al Programa cuando tenía siete años porque le dijeron que era una escuela para niñas superdotadas. Mi madre, cuando descubrió la verdad, pasó los siguientes años introduciendo una llave secreta en el sistema que debía destruirme. Mi madre está muerta desde hace veinte años.
Y yo no recuerdo su cara.
Matías me ha contado todo esto en el salón del piso franco, con Inés como único testigo, mientras yo me quedaba quieta como una estatua, con el rotulador en la mano y el mapa de Chamartín olvidado sobre la mesa. Las palabras me han ido entrando como agujas: una a una, pequeñas, precisas, letales.
—Romero lo sabía —dice Matías—. Lleva tres años intentando encontrar la forma de contárnoslo. Por eso se dejó capturar.
—¿Y por qué no nos lo dijo antes? —pregunta Inés.
—Porque necesitaba que yo se lo contara a ella. Dijo que Vera no le creería a él. Que solo me creería a mí.
Todos me miran. Esperan que diga algo. Que reaccione.
Que llore o grite o rompa algo. Pero yo no puedo hacer nada de eso.
Porque lo que acabo de escuchar no es solo una revelación: es una ausencia.
La confirmación de que tuve una madre, de que me quiso, de que murió por mí...
y de que no puedo recordarla. Ni su cara, ni su voz, ni el olor de su piel cuando me abrazaba.
No puedo recordar nada.
—La foto del despacho de Campos —digo, y mi voz suena lejana, como si perteneciera a otra persona—. La mujer con el bebé. La que Inés vio esta mañana.
—Era ella —dice Inés en voz baja—. Era Elena. Y el bebé eras tú.
—Por eso te resultó familiar la mandíbula. Los hombros.
—Es tu madre, Vera. Tenéis la misma mandíbula.
Me siento. No me caigo. Me siento de forma controlada, en la silla que no cojea, y apoyo las manos planas sobre la mesa. El contacto de la madera contra las palmas es un ancla. Algo real. Algo que no ha sido borrado ni implantado ni manipulado.
—¿Cuál es mi nombre? —pregunto.
—Romero no lo sabe —dice Matías—. Dice que solo Elena lo sabía. Y que lo introdujo en el sistema del Programa como una especie de... seguro de vida. Un código que nadie, ni siquiera el director, ha conseguido descifrar en veinte años.
—Pero tiene que estar en algún sitio.
—Está en ti —dice Matías—. En el único sitio donde el Programa no puede borrarlo. En la memoria que no se almacena en palabras sino en sensaciones. En el sonido de una voz. En el olor de una piel. En la primera palabra que aprendiste a decir.
—Yo no recuerdo nada de eso.
—Pero tu cuerpo sí —dice, y se acerca a mí—. Como recordaba el sótano. Como recordaba la nota. Como recordaste que llorabas cuando me viste sangrar. Tu cuerpo sabe cosas que tu cabeza ha olvidado. Solo necesitas la llave correcta.
—¿Y cuál es esa llave?
Matías me mira. Sus ojos verdes están húmedos. No es compasión: es amor. El tipo de amor que ha sobrevivido a un disparo, a cinco años de distancia, a un borrado de memoria. El tipo de amor que te dice la verdad aunque la verdad te rompa.
—No lo sé —dice—. Pero vamos a encontrarla. Juntos.
Inés carraspea.
—Perdonad que interrumpa el momento emotivo, pero tenemos cuarenta y ocho horas antes de que el director vuelva a Chamartín, diecisiete durmientes que van a ser eliminados, y un recuperador atado a un radiador que probablemente tenga más información. ¿Cuál es el plan?
Me levanto. Las piernas me sostienen. Es lo único que necesito ahora: que me sostengan.
—El plan es el mismo —digo—. Vamos a Chamartín. El jueves. Pero ya no vamos a investigar.
—¿Entonces?
—Vamos a infiltrarnos. A encontrar el ordenador central del Programa. Y a introducir el código.
—¿Qué código? —pregunta Inés—. No sabemos cuál es tu nombre real.
—Pero sabemos que está en mí. Y tenemos dos días para encontrarlo.
Matías me mira. Sabe lo que eso significa.
Sabe que encontrar mi nombre real implica remover los cimientos de lo que soy.
Implica abrir puertas en mi cerebro que llevan veintitrés años cerradas.
Implica el riesgo de que Sombra tome el control.
O de que yo me rompa. O de que las dos cosas ocurran a la vez.
—Hay una forma —dice—. Pero no te va a gustar.
—¿Cuál?
—La terapia de NeuroAvance. La estimulación cognitiva que ofrecen. Es real, Vera. No todo lo de la clínica es falso. La doctora Campos es una neuróloga de verdad. Su título puede ser falso, pero sus conocimientos no. Si la obligamos a aplicar el protocolo...
—No —digo—. No voy a ponerme en manos de esa mujer.
—No tienes que ponerte en sus manos —interviene Inés—. Tengo la grabación de su conversación con el Programa. Tengo pruebas de que ha estado colaborando con una organización criminal. Tengo su número de teléfono y su dirección y su miedo. Si la presiono lo suficiente...
—¿Y si no funciona?
—Entonces —dice Inés—, buscaremos otra forma.
Miro por la ventana. La calle Atocha sigue igual. La gente sigue comprando el pan. Los perros siguen paseando. El mundo sigue girando mientras yo intento recordar un nombre que me susurraron al oído cuando era demasiado pequeña para entender lo que significaba.
—Quiero ver a Romero —digo.
—¿Para qué?
—Para darle las gracias. Y para hacerle más preguntas.
Abro la puerta de la habitación. Romero sigue en el suelo, atado. Su sonrisa ha desaparecido. Ahora solo hay seriedad en su rostro. La seriedad de quien ha esperado tres años para este momento.
—Te debo una disculpa —digo.
—No me debes nada.
—Te luxé la muñeca.
—Me he luxado cosas peores entrenando.
—No es por la muñeca. Es por no haberte creído.
Romero me mira. Sus ojos oscuros me sostienen sin pestañear. Luego asiente, una vez, despacio.
—Te daré todo lo que sé —dice—. Pero tienes que entender algo.
Lo que vas a recordar no es bonito. Tu madre no fue una heroína.
Fue una mujer desesperada que cometió un error terrible y pasó el resto de su vida intentando arreglarlo.
Cuando lo recuerdes, cuando recuerdes su voz y su cara y el día que te entregó, vas a sentir cosas que no has sentido nunca.
Cosas para las que el Programa no te entrenó.
—Lo sé.
—No. No lo sabes —Romero niega con la cabeza—. Pero lo sabrás. Y cuando lo sepas, tendrás que decidir si usas esa información para salvar a los durmientes o para vengarte del Programa.
—¿Y si quiero las dos cosas?
Romero sonríe. Es la primera vez que su sonrisa parece real.
—Entonces —dice—, eres exactamente la mujer que Elena Delgado esperaba que fueras.
Cierro la puerta. Vuelvo al salón. Matías e Inés me esperan.
—Vamos a NeuroAvance —digo—. Esta noche. Quiero hablar con la doctora Campos cara a cara.
—¿Y si se niega a ayudarnos?
—No se negará —digo, y mi voz es la de Vera pero también la de Sombra, la mezcla que soy ahora, la mujer que está a punto de hacer lo que haga falta para recordar—. Porque si lo hace, le diremos al director del Programa que fue ella quien nos dio la dirección de Chamartín.
Inés silba entre dientes.
—Eso es chantaje.
—Sí.
—Me gusta. ¿A qué hora salimos?
—A las once. La clínica cierra a las ocho, pero Campos se queda hasta tarde. La he visto en las grabaciones.
—¿Y Romero?
—Romero se queda aquí con Matías. Esta vez, el plan B es para los dos.
Matías va a protestar. Lo veo en sus ojos. Pero se contiene. Sabe que esto es más grande que nosotros. Más grande que su necesidad de protegerme. Más grande que mis miedos. Más grande que todo.
—Vale —dice—. Pero si tardáis más de tres horas...
—Vendrás a buscarnos. Lo sé.
Inés se levanta del sofá, coge el portátil, y se ajusta la chaqueta.
—Voy a preparar el equipo. Y a buscar más información sobre Elena Delgado. Si voy a chantajear a una neuróloga para que le desbloquee la memoria a mi jefa, quiero saber exactamente qué vamos a encontrar dentro de esa cabeza.
Me quedo sola en el salón. El mapa de Chamartín sigue en la mesa. Las fotos de satélite. Los nombres de los durmientes. Mi madre en una foto de hace veintitrés años, conmigo en brazos, sonriendo.
Paso los dedos por mi clavícula. El tatuaje. Las tres líneas.
Y por primera vez, me pregunto si mi madre sabía lo que significaban. Si las vio antes de morir. Si las tocó como las estoy tocando yo ahora.
Si me pidió perdón.