No Me Busques CAPÍTULO 26
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CAPÍTULO 26

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H ay un momento en toda investigación en que las piezas encajan.

No es un momento dramático. No hay música de fondo ni primeros planos ni frases lapidarias. Es más bien un click silencioso, como cuando giras una llave en una cerradura y notas que el mecanismo cede. Ese click acaba de sonar en mi cabeza, y tiene que ver con Romero.

Llevamos horas sin prestarle atención. Lo encerramos en la habitación pequeña del piso franco, esposado a una tubería, con una botella de agua y medio bocadillo que apenas ha tocado.

No ha pedido nada. No ha intentado escapar.

Solo ha esperado, con esa sonrisa en los labios, como si supiera algo que nosotros no.

A lo mejor lo sabe.

—Voy a hablar con él —digo.

Vera me mira desde el otro lado del salón. Está revisando los archivos de Inés sobre Chamartín, mapas del polígono industrial, imágenes de satélite. Levanta la cabeza y sus ojos oscuros me sostienen la mirada.

—Ten cuidado.

—Siempre.

—No. Esta vez de verdad.

Me acerco a ella. Le cojo la mano. Es un gesto que hace una semana habría sido impensable para cualquiera de los dos y que ahora es casi automático.

—Ha estado cinco años observándote —digo—. Sabe más de ti que tú misma. Si alguien puede darnos información sobre quién eras antes del Programa, es él.

—O puede mentir.

—También. Pero yo fui periodista antes que fugitivo. Y sé cuándo alguien miente.

Abro la puerta de la habitación.

Romero está sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Las esposas le sujetan las muñecas a la tubería del radiador. Su traje está arrugado. Su camisa tiene una mancha de café del viaje. Pero sus ojos están despiertos. Muy despiertos.

—El periodista —dice—. Pensé que no vendrías.

—¿Por qué?

—Porque eres el plan B. La retaguardia. El que espera mientras ellas hacen el trabajo sucio. No me pareciste el tipo de hombre que se enfrenta cara a cara.

—No me conoces.

—Te conozco mejor de lo que crees —dice Romero, y su sonrisa se ensancha—.

He leído tu expediente. Matías Echeverría.

Periodista de investigación. Ganador del Ortega y Gasset.

Especialista en seguir el dinero. Descubriste el Programa en 2020, cuando nadie más se atrevía a investigar.

Te mandaron a Sombra para silenciarte, y sobreviviste. Eso no lo consigue cualquiera.

—No fue mérito mío. Fue suyo.

—Lo sé. Por eso estoy aquí —Romero se incorpora un poco—. No he venido a matarte, Echeverría. Ni a recuperarla a ella. He venido a hablar.

—¿Con quién?

—Con vosotros dos. Juntos. Pero ella no iba a escucharme. No después de lo que soy. Así que hice lo único que podía hacer: dejar que me capturarais.

Me quedo quieto. Miro la sonrisa de Romero. Esa sonrisa que lleva puesta desde que llegó a la Costa da Morte. Esa sonrisa que yo interpreté como arrogancia y que ahora entiendo que era otra cosa.

Paciencia. La paciencia de quien lleva años esperando el momento adecuado.

—Viniste a Galicia para que te capturáramos —digo.

—Correcto.

—Podrías habernos llamado. Mandar un correo. Algo menos dramático.

—El Programa monitoriza todas mis comunicaciones. Si intentaba contactar con vosotros por canales normales, estaría muerto en veinticuatro horas.

—¿Y esto?

—Esto —dice Romero— es una captura legítima. Tengo las muñecas marcadas y una costilla fisurada. Si el Programa pregunta, diré que Sombra me redujo. Nadie cuestionará la historia porque nadie ha reducido nunca a un recuperador de nivel tres. Excepto ella.

—Así que eres un topo.

—Soy un hombre que lleva diez años viendo lo que el Programa hace a la gente. A niños. A inocentes. A agentes como Sombra, que nunca pidieron ser lo que son. Y hace tres años decidí que ya era suficiente.

Me siento en el suelo, frente a él. La misma altura. Los mismos ojos.

—¿Por qué ahora?

—Porque el plan del quince de diciembre lo cambia todo. No es solo una reactivación masiva. Es una limpieza.

—¿Qué tipo de limpieza?

—El Programa ha decidido que los durmientes ya no son útiles. Diecisiete agentes durmiendo, sin saber quiénes son, con identidades falsas que algún día podrían resquebrajarse. Son un riesgo. Una bomba de relojería. El director quiere eliminarlos a todos.

—¿A todos?

—A todos. Incluida Sombra. Por eso la necesitan como pieza central. Porque Sombra es la única que conoce las identidades falsas de los otros diecisiete. La única que puede localizarlos. La única que puede activarlos.

—Para luego matarlos.

—Para luego matarlos —repite Romero—. El plan es simple: activan a Sombra, ella despierta a los durmientes uno por uno, los reúne en un punto de encuentro, y cuando están todos juntos... —chasquea los dedos—. Adiós a diecisiete agentes y a la única persona que podría delatar al Programa.

Me levanto. Las piernas me tiemblan. Diecisiete personas. Diecisiete personas que no saben quiénes son van a ser eliminadas. Y Vera será el instrumento de su propia ejecución y la de todos los demás.

—¿Cuándo lo supiste? —pregunto.

—Hace tres meses. Cuando intercepté una orden del director. Intenté avisar. No encontré la forma.

—¿Y Elena Delgado?

—Elena Delgado no es una persona —dice Romero—. Es una clave.

—¿Una clave para qué?

—Para detener el protocolo. La persona que implantó la clave en el sistema del Programa ya no está.

Murió hace años. Pero la clave sigue activa.

Si alguien introduce el código correcto antes del quince de diciembre, la orden de reactivación se cancela.

Los durmientes siguen durmiendo. Y Sombra no tiene que morir.

—¿Quién creó la clave?

Romero me mira. Sus ojos oscuros tienen una profundidad que no había visto antes. Una profundidad que no es de agente. Es de algo más antiguo. Algo más personal.

—Elena Delgado —dice—. La de verdad. La que está en la foto del despacho de la doctora Campos. La que pagó cincuenta mil euros a NeuroAvance. La que lleva muerta veinte años.

—¿Quién era?

—La madre de Sombra. La mujer que entregó a su hija al Programa cuando tenía siete años, pensando que la estaban reclutando para un programa de inteligencia legítimo.

Cuando descubrió la verdad, era demasiado tarde.

Pero antes de que la mataran, introdujo una llave en el sistema. Una llave que solo su hija podría usar.

—¿Y cuál es la llave?

—El nombre real de Vera —dice Romero—. El que le pusieron al nacer. El que Elena Delgado le susurró al oído antes de entregarla. El que el Programa borró.

Me quedo en silencio. Fuera, en el salón, oigo a Vera y a Inés hablando en voz baja, revisando mapas de Chamartín.

No saben nada de esto. Vera no sabe que su madre la entregó y luego murió intentando salvarla.

No sabe que su nombre real es la llave para desactivar el protocolo.

No sabe que todo —los diecisiete durmientes, su propia vida, el futuro del Programa— depende de una palabra que no recuerda.

—¿Por qué me lo cuentas a mí y no a ella? —pregunto.

—Porque tú eres el periodista —dice Romero—. El que busca la verdad y la cuenta. Y porque si se lo digo yo, no me creerá. Pero si se lo dices tú...

—Me creerá.

—Siempre te ha creído. Incluso cuando no te recordaba.

Salgo de la habitación. Cierro la puerta detrás de mí. Vera está junto a la mesa, con un mapa de Chamartín desplegado y un rotulador en la mano. Me ve la cara y el rotulador se queda quieto.

—¿Qué pasa?

Y yo, Matías Echeverría, periodista, superviviente, hombre enamorado, respiro hondo y me preparo para contarle a la mujer que amo que su madre está muerta, que su nombre es una llave, y que diecisiete personas dependen de que ella recuerde algo que borraron hace veintitrés años.