No Me Busques CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

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A veces me pregunto cómo he llegado hasta aquí.

No aquí en plan existencial. Aquí en plan «estoy a punto de llamar a una doctora que trabaja para una organización secreta de agentes durmientes, haciéndome pasar por una mujer que no sé quién es, usando un modulador de voz, para sonsacarle información sobre un plan de reactivación masiva que podría matar a mi jefa».

Eso. Ese es el tipo de aquí al que me refiero.

El portátil está abierto sobre la mesa del piso franco.

El software de modulación de voz está configurado: he usado una muestra genérica de voz femenina de mediana edad, con un ligero acento andaluz.

No sé si Elena Delgado tiene acento andaluz.

No sé nada de Elena Delgado. Pero el acento le da un toque de autenticidad y, si la doctora Campos pregunta, siempre puedo decir que he vuelto a mis raíces después de tantos años fuera.

—¿Preparada? —pregunta Vera a mi lado.

—No.

—¿Necesitas algo?

—Un aumento. Una manicura. Y que alguien me explique por qué siempre acabo haciendo la parte ilegal de los planes.

—Porque eres la mejor en eso.

—Eso no es un cumplido.

—Es un dato.

Respiro hondo. Marco el número de la clínica. Altavoz activado. Vera y Matías callados como muertos.

Dos tonos. Tres. Cuatro.

—Clínica NeuroAvance, dígame.

La voz de la doctora Campos es igual que esta mañana: educada, fría, con esa capa de barniz profesional que llevan las personas que esconden algo. Me aclaro la garganta.

—Doctora Campos —digo, y el modulador transforma mi voz en algo más grave, más mayor, con ese deje andaluz que he improvisado—. Soy Elena Delgado. Hace tiempo que no hablamos.

Silencio al otro lado. Un silencio largo. Demasiado largo.

—Señora Delgado —dice al fin la doctora—. No esperaba su llamada.

—Ya. Por eso llamo. Para que no me espere.

—¿Ocurre algo?

—Me han dicho que el plan se ha adelantado. Que el Programa ya no puede esperar al quince de diciembre. Que hay que mover ficha ahora.

Otro silencio. Esta vez más corto. La doctora Campos está pensando. Calculando. Intentando decidir si soy quien digo que soy o si esto es una trampa.

—¿Quién le ha dicho eso? —pregunta.

—Alguien que está más arriba que usted. Y que yo. Alguien que dice que la pieza central está activa antes de lo previsto.

Cruzo los dedos. Literalmente. Como cuando tenía ocho años y mentía a mi madre sobre quién había roto el jarrón del salón. Vera me mira con los ojos muy abiertos. Matías tiene las manos apoyadas en la mesa, los nudillos blancos.

—No tengo constancia de ningún adelanto —dice la doctora.

—Pues pregúntele al director. O mejor: dígale que Elena Delgado quiere verle. Esta noche. En el punto de siempre.

—¿El punto de siempre? —la doctora duda—. Señora Delgado, usted sabe que yo no puedo concertar reuniones con el director. Mi función es la clínica. El protocolo de reactivación no es mi competencia.

—Entonces ¿de quién es competencia?

—Del centro de operaciones. Como siempre.

—Recuérdeme dónde está.

El silencio que sigue es el más tenso de todos. La doctora Campos no es tonta. Sabe que Elena Delgado —la real— sabría dónde está el centro de operaciones. Una pregunta así es una bandera roja del tamaño de una sábana.

—Señora Delgado —dice la doctora, y su voz ha cambiado. Ya no es educada. Es fría. Muy fría—. ¿Quién es usted?

Mierda.

—Soy quien le pagó cincuenta mil euros —improviso, rezando que la cifra sea correcta—. Y quien puede pagarle otros cincuenta mil si me ayuda a adelantar el plan. O puedo hacer que el Programa se entere de que ha estado filtrando información a particulares.

—Yo no he filtrado nada.

—Claro que no. Pero si yo digo que sí, ¿a quién van a creer? ¿A una doctora con un título falso o a la mujer que lleva financiando este proyecto desde el principio?

Silencio. Esta vez es un silencio cargado. La doctora está procesando. Midió las opciones. Llegando a la misma conclusión que yo: en el Programa, la lealtad se compra y se vende. Y ella está en el lado equivocado de la transacción.

—Chamartín —dice al fin—. Nave 47 del polígono industrial. El centro está en el sótano. Acceso por la puerta de carga trasera. Pero no vaya esta noche. El director no está en Madrid. Vuelve mañana.

—¿A qué hora?

—Al mediodía. Como cada jueves.

Jueves. Hoy es martes. Dos días.

—Gracias, doctora. No se arrepentirá.

—Eso espero. Por su bien.

Click.

Me quito los auriculares. Las manos me tiemblan ligeramente. Vera y Matías me miran como si acabara de hacer un truco de magia.

—Nave 47 —dice Vera—. Chamartín. Acceso por la puerta de carga.

—El director vuelve el jueves al mediodía —añade Matías—. Eso nos da dos días.

—Y la doctora Campos sabe que no soy Elena Delgado —digo—. O lo sospecha. Pero no va a decir nada porque le he amenazado con delatarla y porque le he ofrecido más dinero.

—Eso ha sido... —Vera busca la palabra.

—¿Imprudente?

—Brillante.

Me recuesto en el sofá que huele a cerrado. El corazón me late a mil por hora. Las uñas ya no tienen salvación. Pero por primera vez en días, siento que vamos ganando.

—Una cosa —dice Matías—. Si la doctora Campos sabe que no eres Elena Delgado, ¿por qué te ha dado la dirección real?

—Porque no tiene nada que perder —digo—. Si soy una impostora, el director me eliminará en cuanto ponga un pie en Chamartín. Y si soy la Elena real, habrá cumplido con su trabajo.

—Así que nos está tendiendo una trampa.

—No —dice Vera—. Nos está dando una oportunidad. La misma que yo tuve en ese sótano hace cinco años. Una decisión. Nosotros decidimos si vamos. Ella decide si nos delata.

—¿Y qué decidimos? —pregunto.

Vera mira a Matías. Matías mira a Vera. Yo los miro a los dos.

—Vamos —dice Vera—. El jueves. Pero no solos.

—¿Con quién?

—Con Romero.