No Me Busques CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

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L a inspección falsa dura diecisiete minutos.

La doctora Campos nos guía por las instalaciones con una cortesía helada que no es normal.

Nos enseña la sala de terapia —tres sillones reclinables, dos pantallas, electrodos—, la consulta principal, el archivo.

Todo impecable. Todo falso. Mientras ella habla de protocolos de esterilización y renovaciones de licencia, yo registro cada detalle de la clínica con la frialdad de la agente que fui.

Sé que NeuroAvance es una tapadera. Pero una tapadera para qué.

La respuesta está en lo que la doctora no nos enseña.

Hay un ala de la clínica que se salta durante el recorrido: un pasillo estrecho que se bifurca a la derecha y que está cerrado con una puerta blindada distinta a las demás.

No tiene cerradura electrónica. Tiene un teclado numérico y un lector de huellas.

Ahí dentro está lo que el Programa no quiere que nadie vea.

Terminamos la inspección. La doctora Campos nos acompaña a la puerta principal con la misma sonrisa tensa.

Nos estrecha la mano. Sus dedos están fríos.

La piel de su palma es suave, sin callos —no es una agente de campo, es personal administrativo—.

Pero en sus ojos hay algo que reconozco.

Algo que vi en el espejo durante doce misiones.

Miedo.

No miedo a que la descubran. Miedo a algo peor.

—Gracias por su colaboración, doctora —digo.

—Espero que la inspección sea satisfactoria.

—Lo será. Estaremos en contacto.

Salimos a la calle Velázquez. El sol de la mañana nos da en la cara. Inés se apoya en la pared y suelta el aire que llevaba aguantando desde que la doctora nos encontró en el patio.

—Joder —dice.

—Bien dicho.

—¿Crees que se lo ha creído?

—No. Pero no importa. El micrófono está dentro.

Inés se separa de la pared. Mira hacia la clínica, luego a mí.

—Hay una cosa —dice, y su tono cambia—. En el despacho de Campos había una foto. Una mujer con un bebé en brazos. No sé por qué, pero me resultó familiar.

—¿Familiar cómo?

—No sé explicarlo. La mandíbula, los hombros. Algo me dijo que ya había visto a esa mujer antes.

—¿La mujer o el bebé?

Inés se muerde el labio.

—No lo sé —dice al fin—. Quizá las dos.

Caminamos hacia Atocha. Veinte minutos a pie a través del Madrid matutino que bulle ajeno a todo. Inés va en silencio, mordiéndose las cutículas. Yo voy repasando mentalmente lo que he visto. La puerta blindada. El lector de huellas. El miedo en los ojos de la doctora.

NeuroAvance no es una clínica. Es un centro de control.

Cuando llegamos al piso franco, Matías está donde lo dejamos. Sentado en el sofá que huele a cerrado, con la escopeta apoyada en el reposabrazos y la mirada fija en la puerta de la habitación de Romero. Se levanta en cuanto nos oye entrar.

—¿Qué tal?

—El micrófono está dentro —dice Inés, desplegando el portátil—. Empezó a grabar hace media hora. Las primeras conversaciones son basura: llamadas a proveedores, cita con un paciente. Pero hay un archivo que me interesa.

—¿Cuál?

—Una llamada saliente, hace quince minutos. La doctora Campos llamó a alguien justo después de que nos fuéramos.

Inés pulsa reproducir. El audio es nítido. La voz de la doctora Campos, tensa:

—Acaban de estar aquí dos mujeres. Una de ellas encaja con la descripción de Sombra. La otra es más joven, pelo rosa, probablemente su ayudante. Han entrado en el despacho. No sé qué han tocado.

Una pausa. Luego una voz masculina, grave, distorsionada por algún tipo de filtro electrónico:

—¿Revisaste el ordenador?

—No encontré nada —dice Campos—. Pero he visto sus ojos. La mayor. La que dice llamarse Vera. Es ella. Estoy segura.

—Entonces el protocolo está activado.

—¿Cuándo?

—El quince de diciembre. No antes. El director ha sido muy claro: nada de movimientos precipitados. Sombra es la pieza central. Sin ella, el plan se desmorona.

—Pero si ella está investigando...

—Que investigue. Cuanto más sepa, más útil será cuando llegue el momento. Tú limítate a mantener la fachada. Y Campos...

—Dime.

—Si vuelven, no las dejes entrar. Usa el protocolo de contención si es necesario.

—Entendido.

Click. Fin de la llamada.

Los tres nos quedamos en silencio. Inés deja de morderse las cutículas. Matías apoya las manos en la mesa. Yo me quedo de pie, quieta, procesando cada palabra de la conversación.

—«La pieza central» —repito—. «Sin ella, el plan se desmorona».

—¿Qué plan? —pregunta Inés.

—La reactivación masiva de los durmientes. El quince de diciembre. Sea lo que sea lo que el Programa está preparando, me necesita a mí para ejecutarlo.

—Pero tú ya no eres Sombra.

—Ellos no lo saben —dice Matías—. O no quieren saberlo. Para el Programa, sigues siendo su agente más letal. La que nunca fallaba. La que puede despertar a los otros diecisiete.

—Pero eso es absurdo —dice Inés—. Llevas cinco años reprogramada. Tu entrenamiento está oxidado. Tus reflejos...

—Mis reflejos han reducido a Romero —la interrumpo—. Y la parte de Sombra que sobrevivió al borrado es más fuerte de lo que yo creía. Quizá el Programa tiene razón. Quizá sigo siendo útil para ellos.

—No —dice Matías, y su voz es más firme de lo que le he oído nunca—. No eres útil para ellos. Eres peligrosa para ellos. Por eso te necesitan. No para que los ayudes. Para controlarte.

—¿Controlarme para qué?

—Para algo que solo tú puedes hacer —dice, y sus ojos verdes se clavan en los míos—. Algo que está relacionado con los diecisiete durmientes. Con la fecha del quince de diciembre. Con Elena Delgado. Con todo.

Inés está tecleando. Sus dedos vuelan sobre el portátil.

—Hay otra cosa —dice—. En la conversación. El hombre al que llamó la doctora. La voz estaba distorsionada, pero he aislado el ruido de fondo.

—¿Y?

—Se oía un tren.

—Madrid está lleno de trenes.

—No un tren de cercanías —dice Inés—. Un tren de mercancías. Pesado. Largo. Y en el fondo, muy al fondo, se oía un altavoz. «Próxima parada: Chamartín».

Nos miramos. Chamartín. La estación del norte de Madrid. La zona industrial, los almacenes, las naves abandonadas.

—El centro de operaciones del Programa está en Chamartín —digo, y lo sé con una certeza que no tiene base racional pero que no necesito comprobar.

Lo sé como Sombra sabía las cosas: por instinto.

Por entrenamiento. Porque en algún lugar de mi memoria borrada, ese dato sigue ahí—.

Siempre estuvo cerca de las vías. El ruido de los trenes enmascara las comunicaciones.

Los almacenes abandonados proporcionan cobertura.

—Podemos localizarlo —dice Inés—. Si triangulo las llamadas de la doctora, si cruzo los registros de propiedad de las naves de Chamartín, si busco patrones de consumo eléctrico anómalos...

—Hazlo —le digo—. Pero antes, necesito otra cosa.

—¿Qué?

—Necesito hablar con Elena Delgado.

Inés me mira por encima de la pantalla.

—No sabemos quién es. No sabemos dónde está. No sabemos si es tu madre, tu hermana, tu identidad anterior o una trampa del Programa.

—Pero sabemos algo —digo—. Pagó cincuenta mil euros a la doctora Campos. Eso significa que confiaba en ella. O que le debía algo. O que la estaba comprando.

—¿Y?

—Y que si la doctora Campos recibe una llamada urgente de Elena Delgado, la cogerá.

Matías enarca una ceja.

—Quieres suplantar a Elena Delgado.

—Quiero que Inés suplante a Elena Delgado —digo—. Con una llamada. Con la voz distorsionada. Con la información suficiente para que la doctora pique.

Inés ya está sonriendo.

—Necesito una muestra de voz de la tal Elena —dice—. Algo, lo que sea. Un mensaje de buzón. Una entrevista antigua. Un vídeo de YouTube.

—No tenemos nada.

—Entonces improvisamos. Grabo una llamada con mi voz, la paso por un modulador, y rezo para que la doctora no se dé cuenta.

—¿Y qué le decimos? —pregunta Matías.

—Que el plan ha cambiado —digo—. Que el Programa no puede esperar al quince de diciembre. Que hay que adelantar la reactivación.

—Eso es una locura —dice Inés—. Si pica, el Programa se pondrá en movimiento antes de tiempo.

—Si pica, sabremos dónde está el centro de Chamartín. Y quién es el director. Y qué planean para el quince de diciembre.

—¿Y si no pica?

—Entonces sabremos que la doctora Campos es más lista de lo que parece. Y buscaremos otra forma.

Matías se pasa la mano por la barba.

—Me gusta —dice—. Es una locura. Pero me gusta.

—A mí también —dice Inés—. Sobre todo la parte ilegal.

—No hay parte legal.

—Por eso me gusta.

Me giro hacia la habitación de Romero. Sigue allí, atado, en silencio. Lleva horas sin hablar. Horas esperando. Quizá sepa algo de Elena Delgado. Quizá sepa algo del plan. Quizá sea hora de hacerle más preguntas.

Pero primero, la llamada.

Inés se ajusta los auriculares. Abre el software de modulación de voz. Teclea un número.

—Preparada —dice.

—Adelante.

Y marca.