CAPÍTULO 23
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N unca he entendido por qué la gente se pone nerviosa antes de cometer un delito.
A ver, que sí, que es ilegal. Allanamiento de morada, espionaje industrial, violación de la privacidad.
Todo muy bonito. Pero cuando llevas dos años trabajando para una mujer que borra identidades por dinero, la línea entre lo legal y lo necesario se vuelve borrosa.
Como un cuadro de Monet. De lejos, todo muy bonito.
De cerca, un montón de manchas que no significan nada.
El caso es que ahora mismo estoy agazapada detrás de un contenedor de reciclaje en el patio trasero de la clínica NeuroAvance, con mi jefa al lado —la mujer más peligrosa de la península ibérica, según el Programa— y una tarjeta de plástico en el bolsillo.
Son las ocho y diecisiete de la mañana. Hace un frío que pela.
Y yo me estoy divirtiendo más que en los últimos dos años juntos.
—¿Estás nerviosa? —le pregunto a Vera en un susurro.
—No.
—Mientes.
—Miento.
Sonrío. Es la primera vez que la pillo admitiendo algo así. La Vera de hace una semana habría respondido «no estoy nerviosa» y habría cambiado de tema. Esta Vera, la que ha vuelto de Galicia con un recuperador capturado y un periodista enamorado, es distinta. Mejor. Más humana.
—La cámara de seguridad —digo—. Está en la esquina derecha del patio. Tiene un ángulo muerto de unos tres metros junto a la puerta trasera. Si nos pegamos a la pared...
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque lo he visto. Como lo del tramo de pinos en Galicia. Los detalles se me quedan.
—Eso es trampa.
—Lo sé.
Esperamos a que la calle se vacíe. Un repartidor deja cajas en el portal de al lado. Un perro ladra en alguna parte. El tráfico de Velázquez es un murmullo lejano. Cuando el repartidor se va, Vera me hace una señal con la cabeza.
Vamos.
Cruzamos el patio en quince segundos. Pegadas a la pared, en el ángulo muerto, invisibles para la cámara. La puerta trasera es de metal, con una cerradura electrónica que parpadea en verde. Saco la tarjeta del bolsillo.
—¿Seguro que funciona? —pregunta Vera.
—Probabilidad del ochenta por ciento.
—Me gustaría más un noventa.
—A mí me gustaría estar en la cama. Pero aquí estamos.
Deslizo la tarjeta por el lector. Un pitido. La luz verde se vuelve ámbar. Aguanto la respiración. Luego, otro pitido.
Verde.
—Ochenta por ciento —digo—. Toma ya.
Entramos.
El pasillo está oscuro. Solo las luces de emergencia proyectan un resplandor verdoso sobre las baldosas.
Huele a desinfectante y a aire acondicionado.
Las puertas a ambos lados están numeradas: Consulta 1, Consulta 2, Sala de Terapia, Archivo.
Al fondo, el pasillo principal, donde a estas horas el guardia de seguridad estará tomándose su tercer café.
—Despacho de la directora —murmuro—. Segunda puerta a la derecha.
La cerradura del despacho es igual que la de la entrada. Mismo sistema, misma vulnerabilidad. La tarjeta vuelve a funcionar. Entramos.
El despacho de la doctora Campos es exactamente lo que esperaba: impersonal. Un escritorio de formica, una silla ergonómica, un ordenador de sobremesa con la pantalla apagada. Estanterías con libros de neurología que probablemente nunca ha leído. Un diploma falso en la pared. Una foto enmarcada.
La foto es lo único que no encaja.
Es una foto antigua, en blanco y negro, de una mujer joven con un bebé en brazos.
La mujer sonríe a cámara. El bebé —una niña, por el lazo rosa en el pelo— mira hacia otro lado.
Algo en esa foto me eriza la piel. Algo en la forma de la mandíbula de la mujer, en la inclinación de sus hombros. Algo familiar.
—Inés —dice Vera a mi espalda—. Date prisa.
Parpadeo. La foto. Luego.
Saco el micrófono del bolsillo. Lo enchufo al puerto USB del ordenador de sobremesa. Es tan pequeño que queda oculto entre el cable del teclado y el del ratón. Nadie lo encontrará a menos que lo busque expresamente.
—Probando —susurro.
Mi teléfono vibra. La aplicación confirma que está grabando.
—Hecho. Vámonos.
Salimos del despacho. Cerramos la puerta. Recorremos el pasillo de vuelta, pegadas a la pared, contando los segundos. La puerta trasera. El patio. El ángulo muerto. El contenedor de reciclaje.
Y entonces, cuando ya creíamos que habíamos salido limpias, aparece la doctora Campos.
Es más joven de lo que esperaba. Cuarenta y pocos, pelo castaño recogido en un moño tirante, gafas de montura fina.
Viste traje de chaqueta azul marino y zapatos de tacón bajo.
Lleva un maletín en una mano y un café de Starbucks en la otra.
Nos ve a Vera y a mí en el patio, a diez metros de la puerta trasera, con toda la pinta de estar haciendo algo que no deberíamos estar haciendo.
Se detiene.
—¿Puedo ayudarles?
La voz es educada. Fría. La voz de alguien acostumbrada a que no le lleven la contraria.
Vera da un paso al frente. Saca una cartera del bolsillo interior del abrigo. La abre. Enseña una placa.
—Inspección de Sanidad —dice—. Hemos recibido una denuncia sobre las condiciones de esterilización de su clínica. ¿Es usted la directora?
La doctora Campos nos mira. A Vera. A mí. A la puerta trasera. Su expresión no cambia, pero sus dedos se tensan alrededor del café.
—Soy la doctora Campos —dice—. No tenía noticia de ninguna inspección.
—Es una inspección sin previo aviso —dice Vera, guardando la placa—. Procedimiento estándar en casos de denuncia anónima. ¿Podemos pasar?
La doctora Campos duda. Solo un segundo. Pero yo lo veo. Veo cómo sus ojos van de Vera a mí y de mí a la puerta trasera. Veo cómo calcula. Veo cómo llega a una conclusión.
—Por supuesto —dice—. Acompáñenme.
Abre la puerta trasera con su propia tarjeta. Entramos. El pasillo está igual de oscuro, igual de silencioso. Pero ahora hay algo distinto en el ambiente. Algo tenso. Algo que me dice que la doctora Campos no se ha creído nuestra historia.
Lo sé porque sus dedos tamborilean sobre el asa del maletín.
Y porque, al pasar junto a la puerta de su despacho, sus ojos se fijan un instante de más en la cerradura.
Demasiado tarde. El micrófono ya está dentro.
Ahora solo queda esperar a que hable.