No Me Busques CAPÍTULO 22
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CAPÍTULO 22

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E lena Delgado.

Un nombre. Dos palabras. Cinco sílabas que no significan nada y lo significan todo.

—Vera.

La voz de Matías me saca de mi ensimismamiento. Está frente a mí, en cuclillas, con las manos apoyadas en mis rodillas. Inés ha desaparecido discretamente —la oigo teclear en la otra habitación— y estamos solos en el salón.

—No puedo hacer esto —digo.

—Sí puedes.

—No sé quién soy. No sé de dónde vengo. Cada vez que creo que estoy cerca de una respuesta, aparece otra pregunta.

Primero fui Sombra. Luego fui Vera. Ahora aparece una mujer llamada Elena Delgado que podría ser mi madre, mi hermana, mi yo anterior, cualquier cosa.

Ya no sé cuántas capas de identidad tengo.

—Las que hagan falta —dice Matías—. Las que necesites para llegar al fondo. Pero una cosa está clara.

—¿Cuál?

—No importa cuántas identidades te hayan puesto. Debajo de todas ellas, hay una mujer que eligió no matarme. Que escribió una nota. Que ha sobrevivido a dos borrados de memoria y ha reconstruido su vida dos veces. Esa mujer está aquí. La estoy mirando.

Sus manos en mis rodillas son cálidas. Sus ojos verdes son un ancla. Me pregunto cuántas veces me ha salvado en estos cinco años sin que yo lo supiera. Cuántas veces me ha mirado desde una acera, desde una cafetería, desde la oscuridad, pensando «aguanta, aguanta un poco más».

—Romero dijo que yo era el centro —digo—. Que mi nombre está en todas las órdenes del Programa. Y ahora Inés encuentra a alguien con mi apellido pagando a la clínica que iba a tratarme. No es una coincidencia. Alguien me ha estado buscando.

—Alguien te ha estado protegiendo —corrige Matías—. Como yo. Como Inés. Hay más gente de la que crees que quiere que estés bien.

—O que quiere utilizarme.

—También. Pero eso lo sabremos cuando encontremos a la doctora Campos.

Me levanto. Las piernas me tiemblan ligeramente —falta de sueño, falta de comida, exceso de adrenalina en los últimos días— pero me mantengo firme.

Voy hacia la ventana y miro la calle Atocha.

La gente sigue con su vida normal. Comprando el pan.

Paseando al perro. Sin saber que a quince minutos andando hay una clínica que esconde a agentes del Programa.

Sin saber que el quince de diciembre algo va a pasar. Sin saber nada de nada.

Les envidio como Matías les envidiaba antes. Pero también sé que yo ya no puedo ser una de ellos. Hace tiempo que dejé de ser normal. Quizá nunca lo fui.

Inés entra en el salón con el portátil abierto.

—Vale —dice—. Tengo un plan. Es arriesgado, es ilegal y probablemente acabemos detenidas. Pero es lo que hay.

—Te escucho —digo.

—La clínica abre a las nueve. La doctora Campos llega a las ocho y media, según las grabaciones de los últimos tres días.

Usa el acceso trasero, por el patio interior.

El guardia de seguridad está en el pasillo principal, no en la entrada de personal.

Si entramos a las ocho y veinte por la puerta trasera, tendremos diez minutos antes de que ella llegue.

—¿Para qué?

—Para instalar esto —Inés enseña un dispositivo diminuto, del tamaño de una uña—. Es un micrófono inalámbrico. Lo conectas al puerto USB de cualquier ordenador y transmite todo el audio a mi servidor. Si consigo pincharlo en el despacho de Campos, podremos escuchar todas sus conversaciones.

—¿Y cómo entramos en el despacho?

Inés sonríe. Esa sonrisa rápida.

—Con esto —saca una tarjeta de plástico del bolsillo—. Es una llave maestra para cerraduras electrónicas. La clínica usa un sistema estándar que tiene una vulnerabilidad conocida desde 2019. Si no han actualizado el firmware...

—No lo han hecho —digo—. El Programa confía demasiado en su propia seguridad. Es un error que cometimos durante años.

—Entonces entramos —dice Inés—. Instalo el micrófono. Salimos. Y esperamos a que Campos hable con alguien que nos dé una pista sobre Elena Delgado.

—¿Y si nos pillan?

—Entonces —Inés se encoge de hombros— decimos que somos inspectoras de sanidad y que hemos recibido una denuncia anónima. He preparado dos credenciales falsas. Una para ti y otra para mí. De las buenas, con holograma y todo.

La miro. Pelo rosa. Uñas astilladas. Veinticuatro años. Y una capacidad para resolver problemas que ya quisieran muchos agentes del Programa.

—Eres brillante —digo.

—Lo sé —dice Inés—. Por eso me pagas tan poco.

—Te voy a subir el sueldo.

—Eso espero. Y la manicura. No se te olvide la manicura.

Matías se aclara la garganta.

—Yo quiero ir.

—No —decimos Inés y yo al unísono.

—¿Por qué?

—Porque eres el plan B —digo—. Si algo sale mal, necesito que alguien se quede aquí con Romero. Que lo vigile. Que lo interrogue si hace falta. Que sepa dónde están los archivos.

—Eso ya lo hicimos en Galicia.

—Y funcionó.

Matías resopla. Pero no protesta. Sabe que tengo razón. Sabe que en este momento, su valor no está en la primera línea, sino en la retaguardia. En el plan B. En la continuidad.

—Vale —dice—. Pero si tardáis más de dos horas, voy a buscaros.

—Trato hecho.

Inés cierra el portátil. Yo cojo las llaves del coche. Antes de salir, me acerco a Matías y le cojo la mano. Un gesto pequeño, casi tímido. Algo que la Vera de hace una semana nunca habría hecho.

—Volvemos —digo.

—Más te vale.

Salimos al pasillo. La puerta blindada se cierra detrás de nosotras. El vecino sordo del tercero nunca pregunta nada. Madrid nos recibe con su ruido y su prisa y su luz de otoño.

Y yo, Vera Delgado, mujer sin pasado que está a punto de encontrar una pieza más del puzle, camino hacia la calle Velázquez con el corazón a ciento diez pulsaciones por minuto.

No es miedo. Es anticipación.

Porque dentro de una hora, si todo sale bien, sabré quién es Elena Delgado.

Y puede que, por fin, sepa quién soy yo.