CAPÍTULO 21
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M adrid es una ciudad que nunca me ha querido.
Nací en A Coruña, crecí entre la lluvia y el mar, y cuando llegué aquí con dieciocho años para estudiar Periodismo, todo me parecía hostil: el ruido, la prisa, la forma en que la gente se miraba sin verse.
Con el tiempo aprendí a moverme por sus calles como un animal que se adapta al entorno.
Aprendí a querer sus bares, sus librerías, sus madrugadas de redacción con café de máquina y tecleo frenético.
Pero ahora, al volver después de cinco años, siento que la ciudad me ha olvidado.
O quizá soy yo el que ha olvidado cómo se vive en un sitio donde no tienes que esconderte.
El piso franco de la calle Atocha es peor de lo que recordaba.
Humedades en el techo, un sofá que huele a cerrado, una cocina de dos fuegos que parece sacada de una película de los ochenta.
Pero tiene lo esencial: dos habitaciones, una puerta blindada y un vecino sordo en el tercero que nunca pregunta nada.
Vera lo usa para clientes de nivel tres, esos que necesitan evaporarse durante semanas antes de que les llegue la nueva identidad.
Ahora somos nosotros los que nos escondemos.
—Qué sitio tan acogedor —digo, dejando la mochila en el suelo.
—No he dicho que fuera el Ritz —dice Vera—. He dicho que era seguro.
Romero está encerrado en una de las habitaciones.
Le hemos quitado las bridas de los tobillos pero no las de las muñecas.
Vera le ha dejado una botella de agua y medio bocadillo de tortilla que compramos en una gasolinera.
Él sigue sin hablar. Sigue sonriendo. Esa sonrisa me inquieta más de lo que quiero admitir.
Inés aparece a los diez minutos.
Entra por la puerta como un vendaval de pelo rosa y uñas astilladas. Trae una bolsa de plástico con tres cafés y un portátil bajo el brazo. Me mira de arriba abajo con el descaro de quien lleva dos años oyendo hablar de alguien y por fin le pone cara.
—Así que tú eres Matías.
—Así que tú eres Inés.
—El periodista muerto.
—La hacker de las uñas rosas.
Se miran un segundo. Luego Inés sonríe —es una sonrisa rápida, de dientes pequeños— y me tiende uno de los cafés.
—Tiene pinta de no haber dormido en cinco años —le dice a Vera.
—Eso mismo dije yo —responde Vera, y ambas se ríen.
Me siento en el sofá que huele a cerrado y abro el café. Está caliente y sabe a gasolinera. Es el mejor café que he probado en años.
—Vale —dice Inés, desplegando el portátil sobre la mesa—. Puesta al día. NeuroAvance es una clínica real. Está en la calle Velázquez, planta baja de un edificio de oficinas. Tienen licencia municipal, registro sanitario, todo legal. Pero su directora médica, la doctora Campos, no existe.
—¿Cómo que no existe?
—Quiero decir que existe una doctora Campos que firma los papeles, pero su currículum es falso. Su título de medicina es falso. Su número de colegiado es falso. Lo he comprobado esta mañana con un contacto en el Consejo de Médicos. La tal Campos es una identidad de cobertura.
—Del Programa —dice Vera.
—Del Programa —confirma Inés—. Y hay más. Ayer por la noche, después de mandarte el mensaje, me acerqué a la clínica.
Vera se tensa.
—Te dije que no salieras.
—Me dijiste que no saliera del piso franco —corrige Inés—. Y técnicamente, salí después de que me lo dijeras. Lagunas en la cadena de mando.
—Inés...
—Déjame terminar. La clínica está en una calle tranquila.
Poco tráfico. Un solo acceso. Pero tiene una segunda puerta en la parte trasera, que da a un patio interior.
Y esa puerta tiene una cámara de seguridad.
Y esa cámara de seguridad —teclea algo en el portátil— tiene un fallo de firmware que permite acceder a su transmisión en directo sin contraseña.
Gira la pantalla hacia nosotros. La imagen es granulada, en blanco y negro, pero se distingue perfectamente: un pasillo largo, fluorescentes en el techo, puertas numeradas a ambos lados. Una clínica cualquiera. Excepto que, al fondo del pasillo, hay un guardia de seguridad.
Un guardia de seguridad en una clínica de estimulación cognitiva a las cuatro de la madrugada.
—¿Habéis visto alguna vez un guardia de seguridad en una clínica de neurología? —pregunta Inés.
—No —digo.
—Yo tampoco. Y hay más.
Avanza la grabación. El tiempo en la esquina inferior salta de las 04:12 a las 04:47.
En ese intervalo, tres personas han pasado por el pasillo.
Una de ellas es una mujer con bata blanca —la doctora Campos, supongo—.
Las otras dos son hombres de traje. Hombres con la misma complexión que Romero.
Hombres con la misma forma de andar, la misma postura militar, las mismas ganas de no ser vistos.
—Hay más recuperadores en Madrid —dice Vera en voz baja.
—Al menos dos —dice Inés—. Y eso es lo que he visto en treinta y cinco minutos de grabación. No sé cuántos habrá en total.
Me levanto del sofá. Voy hacia la ventana y miro la calle.
La calle Atocha está llena de gente normal haciendo cosas normales: comprando el pan, paseando al perro, discutiendo por el móvil.
Gente que no sabe que existe un programa secreto de agentes durmientes.
Gente que no sabe que el quince de diciembre algo va a pasar.
Gente para la que el mundo es exactamente lo que parece.
Les envidio.
—¿Y la doctora Campos? —pregunto—. ¿Sabemos algo más de ella?
—Sí —dice Inés, y su tono cambia. Se vuelve más serio—. He rastreado sus movimientos financieros. Los pagos que recibe de la misma cuenta de las Caimán. Y he encontrado algo raro.
—¿Qué?
—Hace tres meses, la doctora Campos recibió una transferencia extra. Cincuenta mil euros. No provenía del Programa. Provenía de una cuenta a nombre de una tal Elena Delgado.
Vera se queda pálida. Más pálida de lo que la he visto nunca.
—Delgado —repite.
—Tu apellido falso —dice Inés—. El que te implantaron en el hospital. Alguien con tu apellido ha pagado cincuenta mil euros a la directora de NeuroAvance.
—Yo no tengo familia —dice Vera—. No tengo pasado. No tengo...
Se calla. Porque los dos sabemos que eso ya no es verdad. Tiene pasado. Tiene un pasado de siete años en un orfanato de Cádiz del que no hay registros anteriores. Tiene un pasado que alguien borró antes de que el Programa la encontrara.
—Elena Delgado —digo, probando el nombre—. ¿Podría ser...?
—No lo sé —dice Vera—. No recuerdo nada anterior al orfanato. Pero si alguien con mi apellido falso está pagando a la clínica que iba a tratarme...
—Entonces ese alguien te conoce —digo—. Sabe quién eras antes del Programa. Sabe que un día ibas a necesitar ayuda para recordar.
—Y lleva años esperando —añade Inés.
El silencio que sigue es distinto. No es el silencio de la derrota ni el silencio del miedo. Es el silencio de una puerta que se abre. De un hilo del que tirar. De una verdad enterrada que por fin asoma.
—Tenemos que encontrar a Elena Delgado —dice Vera.
—No —digo—. Tenemos que encontrar a la doctora Campos. Ella sabe quién es Elena. Y ella está en Madrid.
Inés teclea algo en el portátil.
—La clínica abre a las nueve —dice—. Tengo una idea.
—¿Del tipo de ideas que Vera te prohibiría tener? —pregunto.
Inés sonríe. Esa sonrisa rápida de dientes pequeños.
—Exactamente de ese tipo.