No Me Busques CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

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S alimos de la casa al amanecer.

El cielo de la Costa da Morte es una herida rosa sobre el Atlántico.

Las gaviotas trazan círculos perezosos sobre los acantilados y el mar está tranquilo por primera vez en tres días, como si la tormenta se hubiera agotado de tanto rugir.

Meto la mochila en el maletero del coche de alquiler mientras Matías carga a Romero en el asiento trasero.

Romero va esposado y amordazado. No por crueldad: por pragmatismo.

Es un recuperador de nivel tres y no voy a arriesgarme a que intente algo durante las seis horas de viaje hasta Madrid.

Me mira con sus ojos oscuros, los mismos que ayer me ofrecían un trato, y en su expresión hay algo que no esperaba encontrar: respeto.

—¿Estás segura de que no deberíamos entregarlo a la policía? —pregunta Matías.

—¿Con qué cargos? El Programa no existe. Romero no existe. Lo que él ha hecho no consta en ningún juzgado del mundo.

—Entonces ¿qué hacemos con él?

—Interrogarle. Y luego —abro la puerta del conductor—, ya veremos.

Matías se sienta a mi lado. El coche arranca con un ronroneo suave y enfilamos la carretera de tierra que lleva a la civilización.

Por el retrovisor, veo cómo la casa de piedra se hace pequeña.

El faro partido. Los pinos negros. Tres días.

Solo tres días, y ese lugar ya forma parte de mí como si hubiera vivido allí toda la vida.

Los primeros kilómetros transcurren en silencio. Las carreteras de Galicia serpentean entre montes verdes y pueblos de piedra que aún duermen. Matías apoya la cabeza en la ventanilla y cierra los ojos. No duerme: finge dormir para no tener que hablar. Le conozco lo suficiente para saberlo.

—Deberías dormir de verdad —digo.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque cada vez que cierro los ojos, te veo en el bosque. Con el cable de acero. Saliendo de detrás del pino como una aparición.

—No era una aparición. Era yo.

—Eso es lo que me da miedo.

Le miro de reojo. Su perfil contra la luz del amanecer es el de un hombre que ha visto demasiado y ha dormido demasiado poco. La barba de varios días le oscurece la mandíbula y las ojeras son más profundas que nunca.

—No tienes que tener miedo de mí —digo.

—No tengo miedo de ti. Tengo miedo por ti —abre los ojos y se gira hacia mí—. Lo que hiciste anoche fue extraordinario. Y también fue aterrador. Porque te vi convertirte en Sombra. Vi cómo tu cuerpo recordaba cosas que tu mente no. Y durante cinco segundos, no supe quién estaba peleando.

—Yo tampoco.

—¿Y ahora?

—Ahora —respiro hondo—, sé que soy las dos. La agente y la consultora. La que obedece y la que elige. No voy a fingir que Sombra no existe. Pero tampoco voy a dejar que tome el control.

—¿Cómo consigues eso?

—No lo sé —digo, y es la primera vez que lo admito en voz alta—. Supongo que como todo lo demás. Día a día. Decisión a decisión.

El coche traga kilómetros. Dejamos atrás la provincia de Lugo y entramos en Castilla.

El paisaje cambia del verde al amarillo, del Atlántico a la meseta.

El sol se eleva sobre los campos de trigo y la temperatura sube.

Romero no se mueve en el asiento trasero.

Su respiración es regular, controlada. La respiración de alguien que sabe esperar.

—Hay algo que no te he preguntado —dice Matías.

—Dime.

—La nota. La que dejaste en el hospital. «No me busques». ¿Crees que la escribió Sombra o la escribiste tú?

Me quedo callada un momento. Es una buena pregunta. Quizá la mejor pregunta que me han hecho en estos tres días.

—Las dos —digo al fin—. Sombra escribió las palabras. Pero el sentimiento era mío. De la Vera que estaba naciendo en ese momento. La que supo que te había disparado y decidió darte una oportunidad.

—Una oportunidad de qué.

—De vivir. De olvidarme. De seguir adelante.

—Y yo no la aproveché.

—No —digo, y una sonrisa pequeña me tira de la comisura—. No lo hiciste.

Matías también sonríe. Esa sonrisa torcida que le cambia la cara. Que me cambia algo a mí cada vez que la veo.

—Me alegro —dice.

—Yo también.

Pasamos Tordesillas. El coche de Romero, el Audi A4 negro, se ha quedado en la costa. Inés me ha confirmado por mensaje que ha enviado a uno de sus contactos a recogerlo y desguazarlo en un taller del polígono de Leganés. No quedará rastro. Es lo que hacemos en mi negocio: borrar rastros.

—Háblame de Inés —dice Matías.

—¿Qué quieres saber?

—Todo. Llevo cinco años viéndola desde fuera. Sé que es brillante. Sé que le gustan los esmaltes de uñas caros y el café con leche de avena. Sé que te adora aunque no lo demuestra. Pero no sé cómo llegó a trabajar para ti.

—Llegó hace dos años. Era una cría de veintidós recién salida de la universidad, con un expediente brillante en ingeniería informática y una orden de alejamiento de su exnovio.

El tipo la acosaba. Le hackeaba las cuentas.

Le mandaba mensajes desde números falsos.

La policía no hacía nada porque el tipo era hijo de un comisario.

—Y tú la ayudaste.

—Le ofrecí un trabajo. Y me aseguré de que su exnovio recibiera una visita de un cliente mío. Un cliente grande, de los que pesan. El acoso terminó a la semana siguiente.

Matías asiente, despacio. No me pregunta qué tipo de visita. Sabe que en mi mundo, las visitas no siempre son amistosas.

—Por eso te es tan leal —dice.

—No. Me es leal porque la trato como a una igual. Porque nunca le he mentido sobre lo que hacemos. Porque cuando me dijo que quería teñirse el pelo de rosa, le dije que me parecía una idea excelente, y cuando me preguntó si el negocio era legal, le dije la verdad.

—¿Y cuál es la verdad?

—Que la legalidad es un lujo que no todo el mundo puede permitirse —digo, y acelero para adelantar a un camión—.

Que hay personas que necesitan desaparecer porque el sistema que debería protegerlas las ha abandonado.

Que lo que hacemos no es bonito, pero es necesario.

Y que si algún día quiere irse, la puerta está abierta.

—¿Y se ha ido?

—No. Está en un piso franco de la calle Atocha, con las uñas destrozadas y el pelo rosa hecho un desastre, investigando a una doctora que trabaja para el mismo Programa que me borró la memoria. Así que no, no se ha ido.

Matías se ríe. Es una risa pequeña, cansada, pero genuina.

—Me cae bien —dice.

—A ella también le caes bien. Dijo que tienes pinta de llevar cinco años sin dormir, pero que eso te da un aire interesante.

—¿Interesante?

—Sus palabras, no las mías.

El coche se acerca a Madrid. Los carteles de la M-30 empiezan a aparecer y el tráfico se densifica. La ciudad se anuncia con su característico caos: coches, cláxones, edificios de ladrillo visto, grúas de construcción. Huele a asfalto caliente y a tubo de escape. Huele a casa.

—Nunca pensé que volvería —dice Matías, mirando por la ventanilla.

—¿A Madrid?

—A ninguna parte. Durante cinco años, mi mundo ha sido una casa en la Costa da Muerte y una misión. Protegerte. Encontrar la verdad. Y ahora...

—¿Ahora?

—Ahora el mundo vuelve a ser grande —dice—. Y no sé si estoy preparado.

Le miro. Sus dedos tamborilean sobre la rodilla. Es un gesto nervioso, humano. El gesto de un hombre que ha pasado demasiado tiempo solo y de repente se encuentra en medio de algo mucho más grande que él.

—No hace falta que estés preparado —digo—. Solo hace falta que estés.

Tuerce la cabeza hacia mí. Sus ojos verdes me sostienen la mirada durante un segundo largo. Luego asiente.

—Eso puedo hacerlo.

Enfilamos la salida hacia Atocha. Madrid nos recibe con su ruido y su prisa y su luz de otoño.

Y en el asiento trasero, Romero sonríe.