CAPÍTULO 19
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H ay un momento, sobre las cuatro de la madrugada, en que Madrid se queda en silencio.
No es un silencio real: siempre hay coches, sirenas, borrachos cantando en la Gran Vía.
Pero es un silencio de otro tipo. El silencio de una ciudad que ha terminado su turno de noche y todavía no ha empezado el de día.
El silencio de las farolas encendidas sobre calles vacías.
El silencio de una oficina improvisada en un piso franco de la calle Atocha con tres pantallas parpadeando y una chica de veinticuatro años que lleva cuarenta y ocho horas sin dormir.
Yo. Soy yo. Inés. Y estoy hasta el moño.
El piso franco es una mierda. Literalmente: es un bajo reformado con humedades en el techo, una cocina de dos fuegos, y un sofá que huele a cerrado.
Vera lo usa para clientes de nivel tres —los que necesitan desaparecer con urgencia y no pueden permitirse un hotel— y a mí me da escalofríos cada vez que vengo.
Pero esta noche no tengo alternativa. Mi apartamento ya no es seguro.
La oficina de Chamberí ya no es segura. Madrid ya no es segura.
El mensaje de Vera llegó hace veinte minutos.
Estamos vivos. Romero capturado. Vuelvo mañana. No salgas del piso franco.
Romero. El recuperador. Vera lo ha capturado.
Mi jefa, la mujer que llevaba cinco años fingiendo que era una consultora de recolocación profesional, acaba de reducir a un agente entrenado del Programa usando un puto cable de acero.
Debería sorprenderme. No lo hace. Desde el minuto uno supe que Vera no era normal.
Nadie es tan buena borrando identidades.
Nadie tiene esos reflejos. Nadie se toca la clavícula como si le doliera un tatuaje que no recuerda haberse hecho.
He pasado las últimas horas haciendo lo que mejor sé hacer: buscar.
El nombre de Romero no aparece en ninguna base de datos policial. Eso es normal: los agentes del Programa no existen. Pero los agentes del Programa compran tabaco, ponen gasolina, usan peajes. Dejan rastro. Solo hay que saber dónde mirar.
He encontrado su coche. Un Audi A4 negro, matriculado en Madrid, titularidad de una empresa fantasma que ya había aparecido en la ruta del dinero. Lo han visto en dos gasolineras: una en Tordesillas, otra en Lugo. Viajaba hacia la costa. Viajaba hacia Vera.
He encontrado su teléfono. Un prepago comprado en un locutorio de Lavapiés. Dos llamadas en las últimas veinticuatro horas. Las dos al mismo número. Las dos a Madrid.
He rastreado el número de destino. Pertenece a una línea fija. La línea fija de una clínica que se llama NeuroAvance, especializada en terapias de estimulación cognitiva para pacientes con amnesia traumática.
La misma clínica que recibió quince mil euros del Programa. La misma clínica donde una tal doctora Campos cuelga el teléfono cuando oye la palabra «durmientes».
Romero no viajaba solo. Tenía contacto con Madrid. Y ese contacto es NeuroAvance.
Me levanto del sofá. Me estiro. Me crujen todas las vértebras. El esmalte de uñas está destrozado y mi pelo rosa necesita un retoque urgente. Parezco un mapache después de un incendio. Pero tengo lo que necesito.
Le escribo un mensaje a Vera:
Romero trabajaba con NeuroAvance. La doctora Campos es la conexión en Madrid. No vengáis directamente al piso franco. Podría estar vigilado. Preparad un punto de encuentro alternativo.
Y luego, porque soy yo y no puedo evitarlo, añado:
Por cierto, me debes un aumento. Y una manicura. De las caras.
El teléfono vibra. Es Vera.
—Recibido. Punto de encuentro: La Bicicleta. Mañana a las doce. Y tienes razón. Te debo las dos cosas.
—¿Estás bien, jefa?
Silencio. Luego:
—Estoy mejor que en cinco años.
Cuelga.
Y yo me quedo mirando las tres pantallas, el piso franco vacío, el sofá que huele a cerrado, y pienso que quizá esta locura de novela de espías tiene más sentido del que creía.
Quizá Vera está recordando quién era. Quizá Matías no es solo un objetivo.
Quizá hay diecisiete personas ahí fuera que no saben que llevan toda la vida durmiendo.
Quizá yo soy la única que puede despertarlos.
Abro una pestaña nueva. Tecleo «NeuroAvance Madrid directora médica».
La web de la clínica es tan cutre que me ofende: fotos de archivo, tipografía Comic Sans, un banner animado de los años noventa.
Pero la dirección es real. Calle Velázquez, 47.
Barrio de Salamanca. A quince minutos andando desde aquí.
Tengo una idea. Una idea muy mala. Del tipo de ideas que Vera me prohibiría tener.
Pero Vera no está aquí. Y yo sí.
Cojo el abrigo. Apago las pantallas. Salgo a la calle y el frío de la madrugada madrileña me golpea en la cara. Las farolas están encendidas. Las calles están vacías. Es el silencio de las cuatro de la madrugada.
Y yo, Inés, veinticuatro años, pelo rosa, uñas destrozadas, voy caminando hacia el barrio de Salamanca con una idea muy mala en la cabeza y un destornillador en el bolsillo del abrigo.
Porque si NeuroAvance es la conexión madrileña del Programa, y si la doctora Campos sabe por qué diecisiete durmientes van a ser reactivados el quince de diciembre, y si Romero llamó a esa clínica antes de ir a por Vera...
Entonces la doctora Campos y yo tenemos que hablar.
Y no va a ser una conversación agradable.