CAPÍTULO 18
◈
A tamos a Romero en una silla del salón. Muñecas y tobillos con bridas de plástico que Matías guardaba en el cobertizo. El recuperador no se resiste. Sabe que ha perdido, y los hombres del Programa respetan la derrota casi tanto como la victoria.
—¿Tienes hambre? —le pregunto.
—No.
—Deberías comer. Las croquetas se han quedado frías pero son comestibles.
Romero me mira con una expresión indescifrable. Supongo que no esperaba que su objetivo le ofreciera la cena.
Matías se queda vigilándolo mientras yo subo a la habitación. Necesito cambiarme. La ropa está manchada de tierra y de la sangre de un pequeño corte en el antebrazo que no recuerdo haberme hecho. Me miro en el espejo del armario y la mujer que me devuelve la mirada es una desconocida.
No es Sombra. No es Vera. Es algo intermedio.
Tiene los ojos de la agente: fríos, calculadores, capaces de leer a un hombre en tres segundos y reducirlo en cinco. Pero tiene la boca de la consultora: apretada, contenida, asustada de lo que acaba de hacer. La combinación es inquietante. La combinación soy yo.
Me quito la camisa. El corte del antebrazo es superficial, una línea roja que ya está dejando de sangrar.
Cojo una toalla del baño y me limpio la herida con agua fría.
El agua me quema. Todo me quema. La adrenalina del combate todavía no se ha disipado y mi cuerpo está vibrando a una frecuencia que no controlo.
—¿Estás bien?
La voz de Matías llega desde el umbral de la puerta. No le he oído subir. Mi capacidad de detección se ha esfumado junto con la adrenalina.
—Sí.
—No es verdad.
—Lo sé.
Entra en la habitación. Cierra la puerta detrás de él. Estoy en sujetador, con la toalla en la mano, y no me importa. Después de lo que acabo de hacer, el pudor me parece un lujo de otra vida.
—Le has roto la muñeca —dice.
—Se la he luxado. Se recupera en seis semanas.
—Le has leído el perfil en tres segundos. Has montado una emboscada con un cable de acero. Has reducido a un recuperador de nivel tres como si fuera un becario.
—Eso parece.
—Eras Sombra otra vez.
—No —digo, y me giro hacia él—. Era yo. Con las herramientas de Sombra. Pero era yo. No obedecía órdenes. No seguía un protocolo. Tomaba decisiones. Las mías.
Matías se acerca. La luz de la lamparilla de la mesilla le ilumina la cicatriz del costado, la que yo le hice, la que llevará para siempre como un recordatorio de la noche en que todo cambió. Se detiene a medio metro. La distancia de siempre.
Y entonces, por primera vez en tres días, soy yo la que cierra el espacio.
No sé si es la adrenalina. No sé si es el miedo.
No sé si es el alivio de estar viva después de haber estado a punto de no estarlo.
Solo sé que necesito tocarlo. Necesito sentir algo que no sea combate, que no sea estrategia, que no sea el frío cálculo de la agente que fui.
Necesito recordarle a mi cuerpo que sirve para algo más que para hacer daño.
Mis labios encuentran los suyos. No es un beso suave como el del sótano.
Es un beso hambriento, urgente, el beso de alguien que acaba de descubrir que puede morir y que quiere vivir antes de que sea demasiado tarde.
Matías responde al instante, sus manos encuentran mi cintura y me atraen hacia él.
Su espalda choca contra la pared y yo me aprieto contra su pecho.
—Vera —dice, separándose un segundo—. ¿Estás segura?
—No me preguntes eso. No me preguntes nada. Solo...
No termino la frase. Su boca vuelve a la mía y sus dedos recorren mi espalda desnuda y todo mi cuerpo es un mapa de sensaciones que no sabía que podía sentir.
La toalla cae al suelo. Mis manos desabrochan los botones de su camisa, uno a uno, con una torpeza que no es de Sombra sino mía.
Mis dedos encuentran la cicatriz de su costado y se detienen.
—No pares —dice él.
—Es mi cicatriz.
—Es nuestra cicatriz.
La beso. La cicatriz, quiero decir. Bajo los labios hasta esa línea pálida que yo dibujé en su piel hace cinco años y la beso como se besa un altar, como se besa un perdón, como se besa la única prueba de que el amor existió antes que la memoria.
Matías contiene la respiración. Su mano se enreda en mi pelo.
—No tendrías que haberme dejado una nota —dice en voz baja.
—No tendrías que haberme buscado.
—No podía hacer otra cosa.
—Yo tampoco.
Me incorporo. Estamos frente a frente, los dos a medio desvestir, los dos con las respiraciones entrecortadas.
La luz de la lamparilla pinta de dorado la piel de Matías.
Tiene más cicatrices de las que recordaba: una en el hombro, otra junto a la clavícula, marcas de cinco años de supervivencia en las sombras.
Las recorro con los dedos, una a una, como quien lee un libro en braille.
—¿Qué hacemos? —pregunta Matías.
—No lo sé. Pero sé que quiero hacerlo.
—¿Y Romero?
—Romero puede esperar.
—¿Y el Programa?
—El Programa puede esperar.
—¿Y el quince de diciembre?
—Todo puede esperar —digo, y mis dedos encuentran el cierre de su pantalón—. Menos esto.
La cama está a dos pasos. Llegamos sin separarnos, tropezando con nuestras propias prisas.
Las sábanas están frías y el colchón cruje bajo nuestro peso.
Matías se coloca sobre mí y su peso es un ancla, algo que me sujeta al mundo real mientras mi cabeza sigue disparada en mil direcciones.
Su respiración contra mi cuello, sus dedos en mi cadera, su voz susurrando mi nombre como si fuera un conjuro.
—Vera.
—Dime.
—No voy a dejarte ir otra vez.
—No voy a irme.
Y entonces no hay palabras. Solo hay piel y calor y el ritmo de dos cuerpos que llevaban cinco años esperándose sin saberlo.
No hay recuerdos esta vez. No hay imágenes del pasado irrumpiendo en el presente.
Solo existe este momento, esta habitación, este hombre.
Mi cuerpo responde al suyo con una intuición que no es entrenamiento ni estrategia: es deseo.
Deseo puro, sin programar, sin controlar.
El tipo de deseo que el Programa nunca pudo fabricar porque no cabe en un expediente militar.
Cuando llegamos al final, jadeantes y sudados y enredados, Matías apoya la frente en mi hombro.
—Eso no estaba en los archivos —dice.
—No —digo, y me río—. Eso no estaba en ninguna parte.
Me giro hacia él. Sus ojos verdes están más cerca que nunca.
La lamparilla sigue encendida y la noche sigue siendo oscura y Romero sigue atado en el salón, pero nada de eso importa ahora.
Lo único que importa es que estoy viva, que él está vivo, y que lo que acaba de pasar entre nosotros no tiene nada que ver con el Programa, con Sombra, con doce misiones y diecisiete durmientes.
Es nuestro.
Solo nuestro.
—¿En qué piensas? —pregunta Matías.
—En que el Programa cometió un error.
—¿Cuál?
—Me borraron la memoria para que no recordara quién era. Pero no entendieron que el problema no era lo que recordaba. Era lo que sentía. Y eso no se puede borrar.
Matías no dice nada. No hace falta. Su mano encuentra la mía bajo las sábanas y entrelaza los dedos con los míos. La cicatriz de su costado late contra mi cadera. El tatuaje de mi clavícula arde bajo su pulgar.
Y en algún lugar de mi cerebro tapiado, otra puerta se abre.
Esta vez no es un recuerdo. Es una certeza. La certeza de que, pase lo que pase en Madrid, pase lo que pase el quince de diciembre, pase lo que pase con el Programa y los durmientes y los recuperadores, hay algo que ya está decidido.
Yo no voy a volver a ser Sombra.
Y Matías no va a volver a estar solo.