CAPÍTULO 17
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E l recuperador se llama Romero.
Lo sé porque lleva su identificación en el bolsillo exterior de la chaqueta, visible para cualquiera que sepa leer del revés, y yo sé leer del revés.
También sé que es zurdo —ha abierto la puerta del coche con la mano izquierda—, que cojea ligeramente de la pierna derecha —una antigua fractura de tibia mal soldada—, y que fuma tabaco negro —el olor me llega desde treinta metros, arrastrado por el viento—.
Sé todo esto porque estoy agazapada entre los pinos, a diez metros del camino de tierra, y porque la parte de mi cerebro que fue Sombra se ha activado sin pedir permiso.
No es una sensación agradable. Es como llevar toda la vida conduciendo un coche automático y que de repente alguien te ponga uno manual. Sabes hacerlo. Tus músculos recuerdan. Pero tu cabeza va un segundo por detrás.
Romero apaga el cigarrillo contra la suela del zapato.
Se queda quieto junto al coche, escuchando la noche.
Es alto, ancho de hombros, con el pelo cortado a cepillo y una cicatriz vertical que le parte la ceja izquierda en dos.
Lleva traje oscuro. Lleva funda sobaquera.
Lleva la expresión del que ha hecho esto muchas veces.
—Sé que estás ahí —dice.
Su voz es grave, educada. La voz de alguien que te va a matar con la misma cortesía con la que te ofrece un café.
—Sombra —dice—. O Vera, como prefieras. He leído tu expediente. Las doce misiones. La anomalía del veintiuno de noviembre. El informe de reprogramación. Eres una leyenda en el Programa. La agente que nunca fallaba. Hasta que fallaste.
No respondo. El cable de acero está tendido entre dos pinos a la altura de sus rodillas, invisible en la oscuridad. Si Romero avanza tres metros más, tropezará. Si tropieza, yo tendré tres segundos.
—No he venido a matarte —continúa Romero—. He venido a ofrecerte un trato. El Programa te quiere de vuelta. No como agente. Como pieza de museo. Quieren estudiarte. Entender por qué fallaste. Si colaboras, te garantizan una jubilación cómoda. Sin dolor. Sin más borrados.
Miente. Y miente mal. El Programa no jubila a nadie. El Programa elimina los cabos sueltos.
—El periodista, en cambio —dice Romero, y da un paso—, no tiene tanta suerte. A él sí he venido a matarlo.
Otro paso.
—Así que te propongo lo siguiente: sales de donde estés. Me entregas a Echeverría. Y te vas. Sin condiciones. Sin represalias. Puedes volver a Madrid. A tu consultora. A tu vida de mentira.
Un tercer paso.
El cable se tensa. Romero tropieza.
Tres segundos.
En el primero, salgo de detrás del pino.
Mi cuerpo se mueve con una precisión que mi mente no recuerda haber aprendido.
En el segundo, mis manos encuentran su muñeca derecha —la de la funda— y la giran en un ángulo que la bloquea.
En el tercero, mi rodilla impacta contra su costado y mi antebrazo presiona su garganta contra el suelo.
Romero se queda inmóvil.
No porque esté inconsciente. Porque sabe que si se mueve, le rompo la tráquea.
—Eres zurdo —digo—. Tu funda sobaquera está en el lado derecho.
Eso significa que desenfundas cruzado, lo cual te da un retraso de cero coma cuatro segundos.
No es un error de diseño: es que eres zurdo forzado a usar equipo de diestro.
El Programa no se gasta dinero en material personalizado para agentes de nivel tres.
Romero sonríe. Es una sonrisa torcida, manchada de tabaco. La sonrisa de quien acaba de confirmar lo que sospechaba.
—Eres buena —dice—. Muy buena. Mejor de lo que decían los informes.
—Los informes los escribí yo.
—Cierto —su sonrisa se ensancha—. Eso es lo que hace que esto sea tan interesante.
Intenta liberarse. Es rápido, muy rápido, pero yo ya me he apartado. Sé lo que va a hacer antes de que lo haga porque yo fui entrenada con los mismos manuales, los mismos instructores, las mismas tácticas. Romero pelea como un libro de texto. Yo peleo como alguien que escribió el libro.
En menos de cinco segundos, está otra vez en el suelo. Esta vez con la muñeca derecha luxada y el cable de acero alrededor de los tobillos.
—¿Cuántos agentes hay en la zona? —pregunto.
—Solo yo. No esperaban resistencia.
—¿Quién dio la orden de recuperarme?
—No lo sé. Las órdenes de nivel tres llegan sin firma. Sabes cómo funciona esto. Tú diste esas órdenes durante años.
—¿Cuántos durmientes quedan activos?
—No te lo voy a decir.
—Vas a decírmelo —digo, y mi voz no es la de Vera Delgado.
Es la de Sombra. Es la voz de alguien que interrogó a doce objetivos y obtuvo respuestas de todos ellos—.
Porque si no me lo dices, voy a usar las mismas técnicas que usé durante cinco años de servicio activo.
Y créeme, Romero: no quieres que las use.
Romero me mira. Por primera vez en todo el encuentro, su sonrisa desaparece.
—Diecisiete —dice—. Diecisiete durmientes en activo. Dos han sido despertados en el último mes. Algo está pasando en el Programa. Algo grande. Están reactivando a todos los agentes.
—¿Para qué?
—No lo sé. De verdad que no lo sé. Pero hay una fecha. Una fecha que se repite en todas las órdenes que he visto en los últimos tres meses.
—¿Qué fecha?
—Quince de diciembre. De este año.
Me quedo helada. El quince de diciembre es dentro de dos meses.
—¿Qué pasa el quince de diciembre?
—Eso es lo que he venido a preguntarte yo a ti —dice Romero, y ahora su voz es distinta.
Hay algo que no es miedo, pero se le parece—.
Porque tu nombre está en todas partes, Sombra.
En cada orden, en cada plan de reactivación, en cada protocolo.
Sea lo que sea lo que el Programa está preparando, tú eres el centro.
Un ruido a mi espalda. Pasos sobre la tierra. Matías.
—Vera.
Me giro. Está a diez metros, con la escopeta en las manos. Su cara es un mapa de alivio y terror.
—Estoy bien —digo.
—Lo sé —dice—. Te he visto.
Me levanto. El cuerpo me duele —no estoy en forma, cinco años de vida sedentaria me han oxidado más de lo que pensaba— pero estoy entera. Romero sigue en el suelo, inmovilizado.
—¿Qué hacemos con él? —pregunta Matías.
—Llevarlo a la casa. Tengo preguntas. Muchas preguntas.
—¿Y después?
Miro a Romero. Miro a Matías. Miro al mar que ruge en la distancia como un animal hambriento.
—Después —digo—, nos vamos a Madrid. Esto es más grande que nosotros. Mucho más grande.