No Me Busques CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

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N o sé rezar.

Esperar es peor que luchar.

En el periodismo de investigación aprendí a esperar.

Horas delante de un teléfono que no suena.

Días delante de una puerta que no se abre.

Meses delante de un expediente que no cuadra.

Pero esto es distinto. Esto no es una historia que estoy documentando.

Esto es la mujer que amo caminando hacia un hombre entrenado para matarla.

Me quedo en el umbral hasta que su silueta desaparece entre los troncos. Luego cierro la puerta y hago lo único que puedo hacer: preparar el plan B.

El salón se convierte en un centro de operaciones improvisado.

Desengancho el tablero de corcho de la pared y lo apoyo contra la chimenea.

Las quince fotos de Vera me miran desde sus chinchetas.

En la última foto, la más reciente, sale de su portal de Malasaña con un abrigo gris.

Tiene el ceño fruncido, como si estuviera haciendo números mentalmente.

Esa foto la tomé yo. La tomé un martes de enero, a las ocho y doce de la mañana, desde la cafetería de enfrente.

Recuerdo exactamente el sabor del café y la canción que sonaba en la radio.

Guardo la foto en el bolsillo de la camisa.

Luego vacío el tablero. Las conexiones de hilo rojo, los nombres, las fechas. Lo meto todo en una carpeta y la carpeta en una mochila. Si el recuperador llega a la casa, no puede encontrar esto. Si yo no sobrevivo, alguien tiene que heredar la investigación.

Le escribo un mensaje a Inés.

Si no tienes noticias nuestras en dos horas, activa el protocolo de emergencia. Los archivos están en la mochila azul, debajo de la tabla suelta del suelo de la cocina. Contraseña de las carpetas digitales: la fecha en que Vera despertó en el hospital. Ella sabe cuál es.

No me contesta. No espero que lo haga. Inés estará en el piso franco de Atocha, con las tres pantallas encendidas y las uñas destrozadas de tanto morderse las cutículas, intentando encontrar algo que podamos usar.

Voy al armario del pasillo. La escopeta está donde dije que estaba. La saco, compruebo que está cargada, la dejo apoyada en la pared del salón. Al lado, el teléfono encriptado que Vera dejó en la mesa antes de salir.

Y espero.

Los minutos pasan como piedras cayendo en un pozo. Cada ruido del viento es un coche aproximándose. Cada crujido de la madera es un paso en la entrada. La chimenea se apaga y no me molesto en reavivarla. La oscuridad es mejor. En la oscuridad, los recuerdos son más nítidos.

Pienso en la primera vez que la vi llorar.

Fue tres meses después del hospital de Barcelona.

Yo la seguía a distancia, todavía sin atreverme a acercarme.

Ella estaba sentada en un banco del parque del Retiro, mirando el estanque.

No hacía nada. Solo miraba el agua. Y de repente, sin motivo aparente, se echó a llorar.

Un llanto silencioso, animal, que le sacudía los hombros sin hacer ruido.

Se limpió las mejillas con la manga del abrigo y siguió mirando el agua como si no hubiera pasado nada.

En ese momento supe que algo del sótano había sobrevivido al borrado.

Pienso en la segunda vez que me enamoré de ella.

La primera fue en el sótano, cuando bajó el arma.

La segunda fue en una cafetería de Chamberí, dos años después.

Vera estaba reunida con un cliente, un empresario que necesitaba desaparecer.

La vi negociar. La vi leer al hombre como si fuera un libro abierto, anticipar cada una de sus objeciones, calmar cada uno de sus miedos.

Era brillante. Era quirúrgica. Era la mujer más competente que había visto en mi vida.

Y cuando el cliente se fue, la vi quedarse un minuto en silencio, con los ojos cerrados, como si estuviera descansando de ser quien era.

En ese momento supe que iba a esperarla el tiempo que hiciera falta.

Fuera, un ruido.

No es el viento. No es el mar. Es un motor. Lejano, apagándose. Alguien ha aparcado en la curva.

Cojo la escopeta. Me acerco a la ventana. La noche es un muro negro, impenetrable. Pero sé que el recuperador está ahí fuera. Sé que Vera lo está esperando entre los pinos. Y sé que dentro de unos minutos, uno de los dos va a salir del bosque.

Rezo.

No sé a quién. No sé cómo. Pero rezo.