No Me Busques CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

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M atías lee el mensaje por encima de mi hombro y su expresión cambia en una décima de segundo.

El hombre que estaba friendo croquetas desaparece y en su lugar hay otro: el que sobrevivió cinco años en las sombras, el que interceptó agentes del Programa en Atocha, el que sabe lo que significa «se dirige hacia allí».

—¿Cuánto tiempo tenemos?

—Inés dice que salió de Madrid hace dos días. Si conduce, puede estar aquí en cualquier momento. Si voló a Santiago, ya está en la provincia.

—¿Va solo?

—Eso dice.

Matías apaga el fuego de la cocina. Las croquetas se quedan a medio hacer sobre la encimera. Una lástima: olían bien.

—Hay una escopeta en el armario del pasillo —dice—. Cartuchos en el cajón de abajo. No es gran cosa, pero a corta distancia...

—No.

—Vera.

—No voy a usar un arma.

Se gira hacia mí. Sus ojos verdes me miran con una mezcla de incredulidad y algo parecido al orgullo.

—Ese hombre viene a matarme —dice—. O a reactivarte. O las dos cosas. No podemos recibirle con las manos vacías.

—No he dicho que vayamos a recibirle con las manos vacías —digo, y mientras lo digo me doy cuenta de que mis piernas se han separado ligeramente, mi centro de gravedad ha bajado, mis manos se han abierto a los costados.

Postura de combate. No la he elegido: mi cuerpo la ha adoptado solo—.

He dicho que no voy a usar un arma de fuego.

—¿Entonces?

—Hay otras maneras.

Matías me mira como si me viera por primera vez. Quizá es así. Quizá la mujer que está de pie en su cocina en este momento no es Vera Delgado, consultora de transiciones, sino algo intermedio: un híbrido entre la mujer que fue y la mujer que es. Algo que ninguno de los dos sabe nombrar todavía.

—¿Cuánto recuerdas? —pregunta.

—Lo suficiente. Los reflejos no se han ido. El entrenamiento está debajo de todo lo demás, como una capa de sedimento en el fondo de un río. Si el agua se agita...

—El sedimento sube.

—Exacto.

Camino hacia el salón. El tablero de corcho sigue ahí, con mis quince fotos y las conexiones de hilo rojo. Le doy la vuelta al tablero. La parte de atrás está limpia. Cojo un rotulador de la mesa.

—Necesito que me digas todo lo que sepas sobre este agente —digo—. Nombre, formación, punto débil. Si trabajaste con sus archivos, lo sabes.

—No sé su nombre. Pero sí su perfil.

Empiezo a dibujar un esquema sobre el corcho. Matías habla y yo escribo.

—El Programa tiene tres niveles de agentes —dice—.

Nivel uno: durmientes. Agentes con identidades falsas que no saben lo que son.

Como eras tú. Nivel dos: activos. Agentes despiertos que ejecutan misiones.

Como fuiste tú durante doce misiones. Nivel tres: recuperadores.

No ejecutan misiones. Su única función es localizar y recuperar agentes que se han desviado.

O eliminarlos, si la recuperación falla.

—¿Y el que viene?

—Nivel tres. Seguro. No mandan a un activo a por un activo. Mandan a un recuperador.

—¿Perfil psicológico?

—Frío. Metódico. No tiene vínculos afectivos —el Programa se los elimina durante el entrenamiento—. Pero tiene un punto débil.

—¿Cuál?

—La arrogancia. Los recuperadores se creen superiores al resto de agentes porque ellos nunca han fallado. Nunca han necesitado ser recuperados. Eso les hace subestimar al objetivo.

—Bien —digo, y trazo una línea en el corcho—. ¿Formación táctica?

—Combate cuerpo a cuerpo, armas de fuego, seguimiento, interrogatorio. Lo estándar en inteligencia militar. Pero hay algo que no tienen.

—¿Qué?

—Improvisación —dice Matías, y sonríe—. El Programa entrena para escenarios controlados. Sus agentes no saben qué hacer cuando el escenario se sale del guion.

—Como cuando un objetivo se niega a ser borrado.

—Como cuando un objetivo te besa en el sitio donde intentaste matarlo.

Me giro hacia él. El rotulador se queda suspendido en el aire. Fuera, la noche es absoluta. Ni luna, ni estrellas, solo el mar respirando al pie del acantilado.

—No vamos a enfrentarnos a él en la casa —digo—. Demasiado espacio. Demasiadas variables.

—¿Dónde entonces?

—En el camino de acceso. Solo hay una carretera que llega hasta aquí.

Si viene de noche, tendrá que dejar el coche en la curva y acercarse a pie.

Lo recuerdo de cuando llegué: hay un tramo entre los pinos donde el coche de alquiler casi se queda atascado.

La visibilidad es mínima y el terreno es irregular.

Matías enarca una ceja.

—¿Memoria fotográfica?

—Algo así. Los detalles se me quedan. Es una de las pocas cosas que el borrado no se llevó.

—¿Una emboscada?

—Un recibimiento.

Matías asiente. No pregunta cómo sé que hay un tramo entre los pinos. No pregunta cómo sé que la visibilidad es mínima. Los dos sabemos que es Sombra quien está hablando ahora. La estratega. La que leía escenarios como libros abiertos.

—Necesito algo más —digo—. Algo que no sea letal pero que lo deje fuera de combate. ¿Tienes cables? ¿Cuerdas? ¿Algo que pueda servir como trampa?

—Tengo un rollo de cable de acero en el cobertizo. Era del faro. Lo usaban para las poleas.

—Perfecto. Y necesito que tú no estés allí.

—Vera...

—Matías —me giro hacia él y mi voz es más firme de lo que pretendía—. Si esto sale mal, necesito que alguien siga vivo para contarle a Inés lo que ha pasado. Para proteger a los otros durmientes. Para terminar lo que empezaste.

—No voy a esconderme mientras tú...

—No te estoy pidiendo que te escondas —le interrumpo—. Te estoy pidiendo que seas mi plan B. Si el recuperador me neutraliza, tú eres el único que sabe dónde están los archivos. El único que puede seguir investigando. El único que conoce la verdad.

Se queda en silencio. Sus manos se cierran en puños a los costados. Sé lo que está pensando: que ya estuvo a punto de perderme una vez, que no va a permitir que vuelva a ocurrir. Pero también sé que es periodista antes que héroe, y que entiende la lógica de tener un respaldo.

—Si tardas más de una hora —dice al fin—, voy a buscarte.

—Trato hecho.

Salgo de la casa sin abrigo. La noche de Galicia me muerde la piel, pero no tiemblo. Mi cuerpo sabe lo que va a hacer. Mi cuerpo lleva años esperando este momento sin que yo lo supiera.

Detrás de mí, Matías se queda en el umbral.

—Vera.

—Dime.

—No lo mates.

—No voy a matarlo.

—No —dice—. Eso no es lo que te estoy pidiendo. Te estoy pidiendo que no dejes que Sombra lo mate. Que seas tú. La de ahora. La que elige.

Le sostengo la mirada un segundo.

Luego me pierdo entre los pinos.