CAPÍTULO 14
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S alimos del sótano cuando el sol ya se ha puesto.
Arriba, la casa está en calma. La chimenea crepita en el salón y el olor a madera quemada se mezcla con el salitre.
Me siento en el sofá con las piernas encogidas y una manta sobre los hombros que Matías me ha echado sin preguntar.
Estoy agotada. No físicamente: es un agotamiento de otro orden, como si cada célula de mi cuerpo hubiera corrido una maratón de cinco años y acabara de cruzar la meta.
—¿Cómo te encuentras? —pregunta Matías.
—Distinta.
—¿En qué sentido?
—En el sentido de que antes era una mujer sin pasado y ahora soy una mujer con siete segundos de pasado. No sé si es mejor o peor.
Matías sonríe. Se sienta a mi lado, no demasiado cerca, no demasiado lejos. La distancia exacta que hemos aprendido a habitar en estos tres días.
—El beso —dice.
—El beso.
—¿Ha sido... raro? Por lo del recuerdo, quiero decir.
—Ha sido —busco la palabra— abrumador. Como si me hubieran metido una película entera en la cabeza en medio segundo. Pero también ha sido... —me callo.
—¿También ha sido qué?
—Bueno —digo, y es la primera vez que uso esa palabra en tres días—. Ha sido bueno. El beso, quiero decir. Antes del recuerdo.
Matías aparta la mirada. Pero su sonrisa se ensancha.
—Me alegro.
—Eres ridículo.
—Lo sé.
Nos quedamos en silencio. La chimenea crepita. El mar ruge. Son sonidos que ya forman parte de mi paisaje interior, como el tráfico de Madrid o las palomas de la calle Pez. Me pregunto si voy a echarlos de menos cuando me vaya.
Porque voy a irme. Eso está claro. Han pasado tres días exactos —mañana al amanecer se cumple el plazo del trato— y tengo que volver a Madrid.
Inés está escondida en un piso franco. La clínica NeuroAvance existe.
El Programa sabe que he estado aquí. Quedarme más tiempo es poner en peligro a Matías y ponerme en peligro a mí misma.
—Mañana me voy —digo.
—Lo sé.
—No voy a borrarte.
—Eso también lo sé —dice—. Lo supe en cuanto bajaste al sótano.
—¿Por qué?
—Porque quien baja voluntariamente al sitio donde casi mata a alguien no vuelve a subir con intención de terminar el trabajo.
Me río. Otra vez. Llevo más risas en las últimas horas que en los últimos cinco años.
—Tengo que desmantelar el Programa —digo—. No solo por mí. Por los otros. Los diecisiete agentes que siguen durmiendo. Los que no saben quiénes son. Los que lloran por las noches sin saber por qué.
—Lo sé.
—Y tengo que encontrar a la persona que me envió la tercera carpeta. La que lleva años esperando que yo recuerde. Esa persona está dentro del Programa y es nuestra única baza para destruirlo desde dentro.
—También lo sé.
—Y tú —digo, girándome hacia él— no vas a acompañarme.
Su expresión cambia. La sonrisa desaparece.
—Vera...
—Has pasado cinco años escondido. Cinco años protegiéndome desde las sombras. Has hecho más de lo que nadie te habría pedido. Pero ahora tengo que hacer esto yo sola.
—No estás sola.
—Lo sé. Tengo a Inés. Y tengo los recuerdos que vaya recuperando. Y tengo...
—Me tienes a mí —dice, y su voz es tan firme que no admite réplica—. No voy a desaparecer otra vez, Vera. No después de esto.
—Matías, si el Programa te encuentra...
—Que me encuentren —dice—. Ya intentaron matarme una vez y no lo consiguieron. Además —añade, y su tono se vuelve peligrosamente ligero—, esta vez tengo a la agente más letal de su historia de mi lado.
—Esa agente ya no existe.
—Exacto. Por eso tengo a alguien mejor.
Me levanto del sofá. Voy hacia la ventana y miro el mar oscuro. La luna está saliendo sobre el Atlántico y su reflejo dibuja un camino de plata sobre las olas. Un camino que lleva a ninguna parte. O a todas partes. Según cómo se mire.
—Hay algo que no entiendo —digo.
—Solo una cosa. Eres un milagro de la síntesis.
—La nota. La que dejé en tu mesilla del hospital. «No me busques». Si el Programa me reprogramó inmediatamente después del sótano, ¿cómo pude escribir esa nota?
Matías se levanta. Se acerca a la ventana.
—Porque el borrado no fue inmediato —dice—.
Según los informes que he reconstruido, pasaron al menos cuarenta y ocho horas entre que saliste de mi casa y que te ingresaron en el hospital de Barcelona.
En esas horas, te llevaron a algún sitio.
Te hicieron pruebas. Evaluaron el daño. Y en algún momento de ese proceso, encontraste un bolígrafo y un papel.
—Y escribí tres palabras.
—Escribiste tres palabras —repite—. Las tres palabras que me han mantenido vivo.
Me giro hacia él. La luz de la chimenea nos pinta de naranja. Estamos a medio metro, la misma distancia de siempre, pero algo ha cambiado. La tensión de los últimos días se ha transformado en otra cosa. Algo más suave. Algo más peligroso.
—¿Qué hacemos ahora? —pregunto.
—Ahora —dice Matías—, te preparo la cena. Llevas tres días comiendo poco más que café. Y mañana, cuando salga el sol, decides qué quieres hacer. Sin plazo. Sin trato. Sin condiciones.
—¿Y si decido quedarme?
—Entonces nos quedamos.
—¿Y si decido irme a Madrid a desmantelar el Programa?
—Entonces vamos juntos.
—¿No hay una opción en la que me vaya sola?
—No —dice, y su sonrisa torcida vuelve a aparecer—. He ensayado este momento docenas de veces en los últimos cinco años, y en ninguna versión te vas sola. Puedes elegir entre croquetas de jamón o tortilla de patatas. Pero en lo demás, voy contigo.
—Eres imposible.
—Lo sé.
Vuelvo al sofá. Me envuelvo en la manta. Matías desaparece en la cocina y le oigo abrir la nevera y manipular cacharros y poner aceite en una sartén. Huele a cebolla pochada. Huele a hogar.
Y yo, Vera Delgado, mujer sin pasado que acaba de recuperar siete segundos de memoria, me quedo mirando el fuego de la chimenea y pienso en lo que dije en el sótano.
«El amor fue lo único que el borrado no pudo tocar.»
No sé si es verdad. No sé si el amor puede sobrevivir a que te vacíen la cabeza y te metan otra vida dentro. Pero sé que estoy en una casa perdida en la Costa da Morte, con un hombre al que debí matar y no maté, y que mañana, cuando amanezca, habrán pasado tres días.
Y no quiero irme.
Esa es la verdad más aterradora de todas las que he descubierto en estos tres días. Más que los asesinatos. Más que el Programa. Más que las fotos de la niña del orfanato. Lo más aterrador es que, después de todo, quiero quedarme.
El móvil vibra. La tormenta se fue con el atardecer, y el silencio ha devuelto la cobertura al valle. Es Inés, y el mensaje lleva horas intentando entregarse.
Jefa, he encontrado algo más. La clínica NeuroAvance recibió una visita hace dos días. Un hombre. Traje oscuro. Identificación falsa —la he cotejado con las bases de datos del Programa. Es uno de ellos. Sabe que estás en Galicia. Sabe lo del sótano. Se dirige hacia allí. Sal de ahí. AHORA.
Miro hacia la cocina. Matías está friendo algo en la sartén, ajeno al mensaje, canturreando por lo bajo una canción que no reconozco.
—Matías.
—Dime.
—Tenemos visita.