No Me Busques CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

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L as escaleras del sótano son exactamente como las recordaba del sueño.

Hierro oxidado, peldaños que crujen, una humedad que se te mete en los pulmones y no te los devuelve. Bajo despacio, con Matías detrás de mí, y a cada escalón siento que el aire se vuelve más denso. Huele a hormigón, a salitre, a algo metálico que podría ser óxido o sangre seca.

Cuando llego al final de la escalera, lo entiendo todo.

La habitación es pequeña. Cuatro paredes de hormigón desnudo.

Un fluorescente en el techo que parpadea cada tres segundos exactos.

Una ventana alargada junto al techo, a ras del suelo exterior, por donde entra la última luz de la tarde convertida en un rectángulo naranja.

En el centro de la habitación, una mancha oscura en el suelo.

La sangre de Matías.

Me quedo parada en el último escalón. No puedo avanzar.

No es miedo: es reconocimiento. Mi cuerpo conoce este sitio.

Mis pulmones saben respirar este aire. Mis ojos saben exactamente dónde colocarse para que el fluorescente no me deslumbre.

Es como volver a una casa donde viviste de niña y descubrir que las manos todavía recuerdan dónde está el interruptor de la luz.

—Aquí fue —digo.

—Aquí fue —repite Matías a mi espalda.

Entro en la habitación. Mis pasos resuenan contra el hormigón. La mancha de sangre es más pequeña de lo que esperaba. Cinco años de humedad y abandono la han desteñido hasta convertirla en una sombra parda, casi decorativa. Casi inofensiva.

—Estabas aquí —digo, señalando el centro de la mancha—. Arrodillado.

—Sí.

—Y yo estaba... —me giro, calculo ángulos, dejo que mi cuerpo ocupe el espacio como si llevara toda la vida haciéndolo—. Aquí. A metro y medio. Con el arma apuntándote a la cabeza.

—A la frente —corrige Matías—. Recuerdo exactamente el punto porque la mira láser me hacía cosquillas en la ceja.

Me río. Una risa corta, amarga. Este hombre es capaz de hacer chistes sobre su propia ejecución.

—¿Qué dijiste? —pregunto—. Cuando entré. Antes de que levantara el arma. ¿Qué fue lo primero que me dijiste?

—«Sabía que vendrías.»

—¿Y yo?

—Nada. No dijiste nada. Solo levantaste el arma. Como un robot. Como una máquina. Como si fueras cualquier cosa menos una persona.

—¿Y luego?

—Luego te miré a los ojos. Y te dije: «Vera».

El nombre me golpea como una piedra. Mi nombre. El nombre que elegí en el hospital sin saber por qué. El nombre que él me puso en este sótano, hace cinco años, cuando yo ya no era nadie.

—Yo no me llamaba así —digo.

—No. Pero cuando te lo dije, parpadeaste. Solo una vez. Un parpadeo de más. Y supe que algo dentro de ti había reaccionado.

—¿Y después?

—Después —dice Matías, y su voz se quiebra— dijiste: «No me llames así». Y yo repetí: «Vera». Y por primera vez, tus manos temblaron. Y yo repetí otra vez: «Vera, Vera, Vera». Como un mantra. Como un conjuro. Como si pronunciar tu nombre pudiera romper el hechizo que te habían echado.

Me giro hacia él. La luz naranja del atardecer le cruza la cara y le ilumina los ojos verdes. Estoy exactamente en el mismo sitio donde estuve hace cinco años. Él está exactamente en el mismo sitio donde se arrodilló. Y sin embargo nada es igual.

—¿Y luego bajé el arma?

—No. Luego me disparaste.

Me quedo helada.

—Aquí —dice Matías, llevándose la mano al costado izquierdo—. No fue un tiro de gracia. Fue de refilón. Tres costillas rotas y un pulmón perforado. Si hubieras querido matarme, me habrías dado en la cabeza.

—Pero no lo hice.

—No. Me disparaste al costado. Lo justo para dejarme inconsciente. Lo justo para que pareciera que habías cumplido la misión. Y luego te fuiste.

—O me reprogramaron —digo—. El informe dice que la misión fue cancelada por anomalía cognitiva. No que yo me fuera por voluntad propia.

—El informe miente.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque cuando desperté en el hospital —dice Matías—, había una nota en mi mesilla. Escrita a mano. Con tu letra.

No respiro.

—¿Qué decía?

—«No me busques.»

Tres palabras. Las mismas tres palabras que dan título al libro que estoy viviendo. Las mismas tres palabras que él ha ignorado durante cinco años.

—Y tú me buscaste —digo.

—Claro que te busqué —dice Matías, y ahora su voz es fuego—. ¿Qué esperabas? ¿Que leyera una nota escrita por la mujer que acababa de perdonarme la vida y me quedara tan tranquilo? ¿Que aceptara que habías desaparecido sin más? ¿Que no moviera cielo y tierra para encontrarte?

—No deberías haberlo hecho.

—No deberías haberme dejado una nota —contraataca—.

Si de verdad querías que no te buscara, me habrías pegado un tiro en la cabeza y te habrías olvidado de mí.

Pero no lo hiciste. Me disparaste al costado, me dejaste una nota con tu letra, y te fuiste.

Eso no es un asesinato frustrado. Eso es una promesa.

Estamos a medio metro. La luz del atardecer se desvanece y el fluorescente del techo parpadea y el mar ruge sobre nuestras cabezas y yo estoy llorando.

No sé cuándo he empezado a llorar. Solo sé que tengo las mejillas mojadas y la respiración entrecortada y que hay algo dentro de mí que se está rompiendo.

—No puedo llorar —digo, y mi voz es la de una niña asustada—. El programa suprimió el llanto. Eso me dijiste. No puedo llorar.

—Y sin embargo estás llorando —dice Matías, y sus manos se levantan hacia mi cara, despacio, como si yo fuera un animal herido—. Porque el programa no era perfecto. Porque había cosas que no pudieron borrar.

—¿Como cuáles?

—Como esto.

Y me besa.

El contacto es eléctrico. Sus labios son cálidos y firmes y saben a salitre, a café, a cinco años de espera.

Mi cuerpo responde antes de que mi cerebro pueda dar la orden: mis manos suben a su nuca, mis dedos se enredan en su pelo, mi espalda se arquea contra su pecho.

Es instintivo, animal, inevitable. Es el beso que llevaba cinco años esperando sin saber que lo esperaba.

Y entonces llega el recuerdo.

No como una imagen. No como un pensamiento. Como un golpe.

Veo mis manos. Son mis manos pero no son las de ahora: son las manos de Sombra, la agente, las manos que sostenían un arma en esta misma habitación hace cinco años.

Veo a Matías en el suelo. Sangrando. Mira la herida de su costado con una expresión de sorpresa casi cómica, como si no pudiera creer que yo le hubiera disparado de verdad.

Y luego veo algo más.

Veo mis propias manos bajando el arma. Dejándola en el suelo. Sacando un bolígrafo del bolsillo interior de mi chaqueta. Arrancando una hoja de una libreta. Escribiendo tres palabras: «No me busques.»

Veo mi propio rostro reflejado en un cristal. Mis ojos. Mis ojos oscuros llenos de lágrimas.

Lágrimas que no deberían existir.

Me separo de Matías con un jadeo. Retrocedo dos pasos. Mi corazón galopa a ciento veinte pulsaciones por minuto y mi respiración es la de un animal acorralado y todo mi cuerpo tiembla.

—Lo he visto —digo—. Lo he visto, Matías. La nota. El arma en el suelo. Mis ojos llorando. Lo he visto todo.

Él no dice nada. Se queda quieto, con los brazos caídos, los labios todavía húmedos y los ojos brillantes. Me mira como quien mira un milagro.

—El Programa dijo que era una anomalía —dice en voz baja—. Dijeron que habías fallado por un error en tu programación. Pero no fue un error. Fue una decisión. Tu decisión.

—Lloraba —digo, y la palabra me sabe a victoria—. En ese recuerdo, yo lloraba. El programa no pudo quitarme las lágrimas. No pudo.

—No —dice Matías—. No pudo quitarte nada. Solo pudo esconderlo.

Me llevo las manos a la cara. Las mejillas siguen mojadas. Las lágrimas de ahora y las lágrimas de entonces se mezclan en mis dedos como dos ríos que confluyen después de cinco años de sequía.

—Hay más —digo, y lo sé de repente, con una certeza absoluta—. Hay más recuerdos. Están ahí, debajo de todo esto. Enterrados. Esperando.

—Lo sé.

—¿Cómo los recupero?

Matías se acerca. Esta vez no me toca la cara: me coge las manos. Las suyas son grandes y cálidas y tienen callos en las yemas de tanto escribir a mano.

—No lo sé —dice—. Pero si un beso ha desbloqueado un recuerdo, quizá todo lo demás también necesite algo. Algo físico. Algo real. Algo que el Programa no pudiera prever porque no cabe en un informe militar.

—El amor —digo.

—El amor —repite él.

Y en el sótano donde hace cinco años estuve a punto de matarlo, en la habitación donde mi vida terminó y empezó al mismo tiempo, con la luz del fluorescente parpadeando y el mar rugiendo sobre nuestras cabezas, entiendo por fin lo que Matías ha estado intentando decirme durante tres días.

No es que me ame desde antes del borrado.

Es que el amor fue lo único que el borrado no pudo tocar.