CAPÍTULO 12
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S é que Inés ha llamado.
La he oído desde la cocina mientras preparaba café.
La voz de Vera al otro lado del teléfono era un hilo tenso, contenido, la voz de quien acaba de confirmar una sospecha que llevaba días evitando.
No he escuchado la conversación —no soy ese tipo de hombre, no con ella— pero no me ha hecho falta.
Conozco ese tono. Es el tono de quien descubre que la trampa en la que ha caído era exactamente la trampa que le habían preparado.
Cuando Vera cuelga y entra en la cocina, sus ojos son dos pozos oscuros.
—Era Inés.
—Lo imaginaba.
—Ha rastreado el pago. El cliente anónimo es el Programa.
Asiento. No me sorprende. Llevo tres días esperando que esta conversación llegara y ahora que ha llegado, lo único que siento es un cansancio infinito.
—Lo sabías.
—Lo sospechaba.
—¿Y no me lo dijiste?
—Si te lo hubiera dicho —digo, apoyándome en la encimera—, ¿habrías venido?
Vera me mira. Su mandíbula se tensa. Conozco ese gesto. Lo he visto docenas de veces durante estos cinco años, a través de prismáticos y objetivos de largo alcance y ventanas de cafeterías donde ella no sabía que yo estaba. Es el gesto que hace cuando algo la enfurece y no quiere demostrarlo.
—Me has manipulado.
—Te he dado una oportunidad.
—Es lo mismo.
—No. No es lo mismo —dejo la taza de café sobre la encimera y me giro hacia ella—.
Manipularte habría sido contarte una mentira para que hicieras lo que yo quería.
Yo te he contado la verdad. Toda la verdad.
Lo que no te he contado era una sospecha.
Una sospecha que, por cierto, acaba de confirmarse gracias a tu gente, no a la mía.
—Mi gente es una chica de veinticuatro años con el pelo rosa que ahora mismo está escondiéndose en un piso franco porque alguien puede estar siguiéndola.
—Inés es más lista que todos los agentes del Programa juntos. La he visto trabajar, Vera. Sé lo que vale.
—¿La has visto trabajar? —sus ojos se abren—. ¿También la has estado vigilando a ella?
—No. A ella la he vigilado menos. Solo lo suficiente para asegurarme de que no era un topo.
Vera se pasa las manos por la cara. Es un gesto humano, vulnerable, el gesto de alguien que está al límite de su capacidad de procesamiento. Me gusta ese gesto. Significa que la armadura se está resquebrajando.
—Hay más —digo—. Y esto no es una sospecha. Es un hecho.
—¿Qué?
—La nota que venía con la tercera carpeta. La que decía «Para cuando ella esté lista». Esa nota no la escribió un aliado. La escribió alguien que te conoce lo suficiente para saber que algún día ibas a estar aquí, en esta casa, leyendo esos documentos. Alguien que lleva años esperando este momento.
—¿Quién?
—No lo sé. Pero quienquiera que sea, está dentro del Programa. Y te necesita.
—¿Para qué?
—Para lo que sabes hacer —digo—. Para desmantelarlo desde dentro.
Vera se queda en silencio. Fuera, el mar ruge. La marea está subiendo y las olas golpean los acantilados con una furia renovada, como si el océano supiera lo que está pasando dentro de esta casa.
—Inés ha encontrado una clínica —dice Vera al fin—. NeuroAvance. Están especializados en terapias de estimulación cognitiva. Alguien del Programa les ha pagado quince mil euros en los últimos tres meses.
—Para tratarte a ti.
—O para prepararse para cuando yo recordara —dice—. Para tenerme a punto. Para reactivarme.
—O para curarte —digo.
Me mira. Su expresión ha pasado de la furia a la confusión y ahora está en algún lugar intermedio, un territorio que no reconozco porque nunca la había visto así.
—¿Tú qué crees? —pregunta.
—Creo que dentro del Programa hay al menos una persona que no quiere destruirte. Alguien que filtró tus expedientes, que guardó la foto del sótano, que envió la tercera carpeta. Alguien que lleva años moviendo piezas para que tú y yo acabáramos en esta casa, en este momento.
—¿Y qué quiere esa persona?
—Lo mismo que yo —digo, y doy un paso hacia ella—. Que recuerdes.
Estamos demasiado cerca. Otra vez. Siempre acabamos así: a un palmo de distancia, con el mar rugiendo de fondo, mirándonos como si el espacio entre nosotros fuera un campo de minas que ninguno de los dos se atreve a cruzar.
—Esta tarde —dice Vera—. El sótano.
—Esta tarde.
—Quiero verlo todo. La habitación. El sitio exacto donde estuve a punto de matarte.
—¿Estás segura?
—No. Pero voy a bajar igual.
La admiro por eso. La he admirado durante cinco años, cada día, cada noche, cada momento en que la veía llorar frente a la ventana sin saber por qué.
La he admirado cuando construyó un negocio de la nada.
La he admirado cuando esquivaba peligros que ni siquiera sabía que existían.
Y la admiro ahora, de pie en mi cocina, con los ojos hinchados de no dormir y la mandíbula apretada, diciéndome que va a bajar al sótano donde casi me mata.
Esa es la mujer de la que me enamoré.
No Sombra. No la agente letal. No el arma perfecta. Esta mujer. La que tiene miedo y va igual. La que no recuerda nada pero siente todo. La que bebe café por primera vez en su vida porque yo se lo ofrezco.
—Hay algo que no te he contado —digo.
—Claro que sí. Siempre hay algo.
—Cuando bajemos al sótano, es posible que recuerdes algo.
—¿Por qué?
—Porque fue el último sitio donde estuviste antes de que te reprogramaran. Porque fue el sitio donde decidiste no matarme. Porque tu cerebro puede reaccionar al estímulo visual y táctil. Porque...
—Matías. —Me interrumpe con una mano en el aire—. Ya lo sé. Llevas tres días diciéndome que los recuerdos vuelven por estímulos sensoriales. Lo he entendido.
—Entonces ¿por qué quieres bajar?
—Porque si voy a recordar algo —dice—, quiero que sea ahí. Quiero empezar por el final. Por la última cosa que hice antes de que me borraran. Por lo único que el Programa no pudo quitarme.
Me mira fijamente. Y en sus ojos, por primera vez en tres días, no hay miedo. Hay una determinación tan sólida, tan antigua, tan brutalmente familiar que reconozco a la mujer del sótano. A la que bajó el arma. A la que eligió.
—La decisión —digo.
—La decisión —repite ella—. Esa fue mía. No del Programa. No de Sombra. Mía. Y quiero ver el sitio donde la tomé.
Me giro hacia la ventana. El sol está empezando a bajar sobre el Atlántico y la luz se vuelve naranja, dorada, exactamente como aquella noche de hace cinco años cuando entró por la rendija del sótano y me iluminó la sangre del costado.
—Esta tarde —digo—. Cuando la luz esté baja.
—Esta tarde —repite ella.
Y nos quedamos así, hombro con hombro frente a la ventana, viendo cómo el sol se hunde en el mar como una moneda en un pozo de los deseos.