No Me Busques CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

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H ay dos tipos de silencio en Madrid.

El de las seis de la mañana, cuando la ciudad todavía no se ha despertado y los únicos sonidos son los camiones de basura y las palomas de la calle Pez. Y el silencio de una oficina vacía cuando la jefa está en Galicia haciendo algo que huele a problema gordo desde el primer minuto.

A mí me ha tocado el segundo.

Llevo tres días sin dormir más de cuatro horas seguidas.

Mi pelo rosa está hecho un asco, mis uñas de gel necesitan una manicura urgente, y tengo tres pantallas encendidas con más pestañas abiertas que neuronas me quedan.

Vera se fue a la Costa da Morte con una mochila y cero explicaciones, y yo me quedé aquí con un encargo millonario que apesta a cadáver.

Literalmente. El cliente anónimo pagó por borrar a un muerto.

Y los muertos no pagan facturas.

He empezado por lo fácil: el rastro del dinero.

Doscientos cincuenta mil euros en una cuenta de las Caimán que no existía hasta hace seis días.

Eso no se improvisa. Para abrir una cuenta offshore con esa cantidad hace falta un entramado de sociedades pantalla, testaferros y abogados que cobran más por una consulta que yo en un año.

He seguido el hilo durante cuarenta y ocho horas y el hilo me ha llevado a Ginebra, luego a Luxemburgo, luego a Panamá, luego a una dirección en Madrid que no debería existir.

Un despacho de abogados en la calle Serrano.

Fachada de mármol, recepcionista con moño francés, café de máquina que sabe a gloria.

En la web dicen que se dedican a «consultoría estratégica para altos patrimonios».

En el registro mercantil, la empresa es propiedad de una sociedad instrumental que a su vez es propiedad de otra sociedad instrumental que a su vez es propiedad de un señor de ochenta y tres años que vive en una residencia de Benidorm y no sabe ni qué día es.

Es decir: una tapadera.

He tirado del hilo con las herramientas que Vera me ha enseñado y con las que ella no sabe que tengo.

Porque Vera es brillante borrando identidades, pero yo soy mejor creándolas, y una de las primeras cosas que hice cuando empecé a trabajar para ella fue construir un perfil falso de analista de inteligencia en la CNMV.

Por si acaso. Por si algún día necesitábamos mirar debajo de las alfombras donde ni Hacienda se atreve a mirar.

Ese día ha llegado.

El despacho de Serrano ha recibido en los últimos cinco años transferencias periódicas de una entidad que no existe en ningún registro oficial.

Los pagos llegan desde una cuenta en las Islas Caimán que, a su vez, recibe fondos de una fundación con sede en Liechtenstein.

La fundación se llama «Instituto Europeo para la Estabilidad Democrática».

Su web es un PowerPoint de hace quince años con fotos de archivo de gente estrechándose la mano.

Su presidente es un ex-general del ejército español que se retiró en 1998 y del que no se ha vuelto a saber nada.

1998.

El mismo año que Vera ingresó en el orfanato de Cádiz. El mismo año que, según las notas que me ha ido mandando por Telegram, el Programa la reclutó.

Cojo el teléfono. Marco el número de Vera. No hay cobertura. Normal: está en la Costa da Morte, donde las olas se tragan la señal y los únicos repetidores son las gaviotas. Le escribo un mensaje que sé que no va a leer hasta dentro de horas:

El cliente es el Programa. No quieren borrar a Matías. Quieren reactivarte a ti. El encargo es una trampa. No toques los archivos que te enseñe. CONTÉSTAME EN CUANTO LEAS ESTO.

Pero hay algo más.

Algo que he encontrado mientras tiraba del hilo de la fundación y que me ha dejado el estómago del revés.

En los movimientos bancarios de los últimos tres meses hay una transferencia de quince mil euros a una clínica privada de Madrid.

La clínica se llama NeuroAvance. Según su web, están especializados en «terapias de estimulación cognitiva para pacientes con amnesia traumática».

He llamado a la clínica haciéndome pasar por la secretaria de un potencial inversor. Me han pasado con la directora médica, una tal doctora Campos, que me ha soltado el discurso corporativo estándar hasta que he mencionado la palabra «durmientes».

Se ha hecho un silencio.

Luego ha colgado.

Y ahora tengo el móvil en la mano, tres pantallas parpadeando, y una certeza que me hiela la sangre: el Programa no solo creó a Vera. El Programa lleva cinco años vigilándola. Y lo que encontró en esa vigilancia fue algo que no esperaba: una anomalía.

Una agente que, incluso después de ser reprogramada, conservaba algo de la mujer que fue.

Algo que el Programa quiere recuperar.

O destruir.

El teléfono vibra. Es Vera.

—Inés. ¿Qué pasa?

—Que tienes que volver a Madrid. Ahora.

—No puedo. Queda un día. Se lo prometí.

—Jefa, escúchame. El cliente es el Programa. El encargo no era para borrar a Matías. Era para ponerte delante de él y ver qué pasaba. Como un experimento. Como un...

—Como una prueba de campo.

—Exacto.

Silencio al otro lado. Luego la voz de Vera, más fría que nunca:

—Lo sé.

—¿Cómo que lo sabes?

—Porque tiene sentido. Porque encaja con todo lo que Matías me ha contado. Porque la tercera carpeta que me enseñó esta mañana llegó hace tres años dentro de un sobre sin remitente. Alguien quería que yo viera esos documentos. Alguien quería que yo recordara.

—O que te activaras.

—También.

Me muerdo el labio. El esmalte rosa de las uñas está empezando a saltar.

—Inés —dice Vera, y su tono cambia. Ya no es frío. Es protector—. Coge lo esencial y vete de la oficina. No vuelvas a tu casa. Hay un piso franco en la calle Atocha que usamos para los clientes de nivel tres. Las llaves están en la maceta de la entrada. Espérame allí.

—¿Y tú?

—Yo termino lo que empecé.

—Jefa...

—Inés. Gracias.

Cuelga.

Me quedo mirando las tres pantallas. Las pestañas abiertas. El rastro de dinero que llega hasta un despacho de Serrano y una clínica que cuelga el teléfono cuando oye la palabra «durmientes». Y por primera vez en dos años trabajando para Vera Delgado, tengo miedo.

No miedo por mí. Miedo por ella.

Porque si el Programa la ha estado vigilando durante cinco años, y si el encargo era una trampa para ponerla delante de Matías, y si hay una clínica en Madrid preparada para tratar amnesias traumáticas que no son traumáticas sino provocadas...

Entonces el tercer día del trato no es el final de nada.

Es el principio de todo lo demás.