CAPÍTULO 10
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E l tercer día amanece con un silencio que no es paz.
La tercera carpeta me espera abajo.
Me visto despacio, como quien se pone una armadura.
Calcetines, vaqueros, la camisa gris de ayer que ya huele a humo de chimenea y a salitre.
Cuando bajo las escaleras, Matías está exactamente donde lo dejé anoche: en el sofá, con una taza de café entre las manos. No sé si se ha movido en toda la noche.
—¿Has dormido?
—Un par de horas —miente.
No le corrijo. Me siento frente a él, al otro lado de la mesa donde la tercera carpeta espera como un animal dormido. La etiqueta dice «SOMbrA» con su letra pequeña y precisa. La «A» de Sombra tiene un trazo más largo de lo normal, como si hubiera dudado al escribirla.
—Antes de que abras eso —dice Matías—, hay algo que debes saber.
—Siempre hay algo.
—Esta carpeta no la encontré yo. Me la enviaron.
Me quedo quieta.
—¿Quién?
—No lo sé. Llegó hace tres años, por correo postal, a un apartado de correos que ni siquiera yo recordaba haber abierto. Sin remitente. Sin huellas. Dentro solo venía esto y una nota manuscrita.
—¿Qué decía la nota?
—«Para cuando ella esté lista. No antes.» Y una fecha.
—¿Qué fecha?
—La de hoy.
El silencio que sigue es distinto a todos los silencios de los últimos dos días. No es tenso, no es incómodo. Es sagrado. Es el silencio de una iglesia vacía, de un bosque antes del amanecer, de algo que ha estado esperando durante años y por fin va a cumplirse.
Abro la carpeta.
Dentro hay documentos que no reconozco pero que mi cuerpo sí.
Mi pulso se acelera antes de que mi cerebro procese lo que estoy viendo: fichas de misión, informes de seguimiento, evaluaciones psicológicas firmadas por doctores cuyos nombres no me dicen nada.
Cada página está mecanografiada con la limpieza de lo militar, sin una coma fuera de sitio, sin una emoción que delate al autor.
La primera ficha: «Misión 003 — Objetivo: Luis Carrasco Garrido. Fecha: 14 de febrero de 2015. Resultado: Eliminado. Observaciones: La agente Sombra completó la misión en 3,7 minutos. Sin testigos. Sin daños colaterales. Eficiencia: 100%.»
La segunda: «Misión 004 — Objetivo: Elena Marković. Fecha: 3 de junio de 2015. Resultado: Eliminada. Observaciones: Infiltración completada en 72 horas. La agente estableció vínculo social con el objetivo antes de la neutralización. Recomendación: monitorizar posible apego emocional residual.»
Me detengo en esa última frase. «Posible apego emocional residual». Yo, el arma perfecta, necesitaba tres días para hacerme amiga de una mujer antes de matarla. Y alguien, en algún despacho sin ventanas, anotó eso como un defecto.
—No hace falta que lo leas todo —dice Matías en voz baja.
—Sí hace falta.
Sigo pasando páginas. Misión 005. Misión 006. Misión 007. Cada una con su fecha, su nombre, su tiempo de ejecución. Doce vidas en veinticuatro meses. Doce personas que dejaron de existir porque alguien, en alguna sala de reuniones, decidió que sobraban.
Y luego llego a la última ficha.
«Misión 012 — Objetivo: Matías Echeverría López.
Fecha: 21 de noviembre de 2021. Resultado: NO COMPLETADA.
Observaciones: Anomalía cognitiva durante la ejecución.
La agente Sombra mostró una vacilación de 0,7 segundos previa al disparo.
El objetivo sobrevivió. Recomendación: reprogramación completa. Nivel de riesgo: crítico.»
Levanto la vista. Matías me está mirando con los ojos húmedos. No llora —no sé si este hombre es capaz de llorar después de cinco años de entrenar sus emociones para que no lo delaten— pero sus ojos tienen una película de agua que no se derrama.
—0,7 segundos —digo.
—Suficiente.
—¿Suficiente para qué?
—Para salvarme la vida. Para condenarte a ti. Para que todo esto empezara.
Debajo de la ficha de misión hay una fotografía.
No es del orfanato, no es de un archivo militar.
Es una foto pequeña, de papel mate, tomada con una cámara de vigilancia.
Encuadre cenital. Un sótano. Una mujer de espaldas con una pistola en la mano.
Un hombre arrodillado en el suelo, sangrando por el costado.
La fecha en la esquina inferior derecha: 21-11-2021. La hora: 23:47:03.
Tres segundos después, según el informe, yo bajé el arma.
—¿De dónde salió esta foto?
—De la nota —dice Matías—. Estaba dentro del sobre, con la carpeta. Alguien dentro del Programa lleva años guardándola. Alguien que quería que algún día la vieras.
—¿Un aliado?
—O un enemigo que quiere que recuerdes para que vuelvas. Para que te activen otra vez. Para que termines lo que empezaste.
Miro la foto durante un minuto entero. La mujer de la foto soy yo.
Mi espalda, mis hombros, mi mano alrededor de la culata.
No reconozco nada de esa imagen y sin embargo la conozco mejor que mi propio rostro en el espejo.
Esa mujer decidió no matar. Esa mujer, con cero recuerdos de quién era y doce misiones a sus espaldas, eligió.
—Quiero ver el sótano —digo.
—No.
—Matías.
—No —repite, y es la primera vez que le oigo miedo real en la voz—. Ese sitio... lo cerré hace cinco años. No he vuelto a bajar. No quiero que tú bajes.
—No voy a recordar nada bajando unas escaleras. Ya me has dicho que los recuerdos no funcionan así.
—Entonces ¿para qué?
—Para despedirme —digo—. De la mujer que fui. De la que estuvo a punto de matarte. De la que eligió no hacerlo. Si voy a recordar quién era, quiero empezar por el final.
Matías me mira durante un segundo que dura una eternidad. Luego asiente, despacio, como quien acepta una derrota que en realidad es una victoria.
—Esta tarde —dice—. Cuando el sol esté bajo. La luz entra por una rendija y lo ilumina todo de naranja. Es el único momento del día en que ese sitio no parece una tumba.