No Me Busques CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

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L a doctora Campos nos espera.

No sé cómo lo sé. Quizá es el instinto de Sombra.

Quizá es que la luz de su despacho está encendida a las once y media de la noche y la puerta trasera de la clínica está entreabierta.

Quizá es que, después de la llamada falsa de esta tarde, la doctora ha entendido que alguien va a venir. Y ha decidido quedarse.

—Está dentro —murmuro.

—¿Sola? —pregunta Inés.

—No lo sé. Quédate aquí. Si en quince minutos no he salido, llama a Matías.

—Jefa...

—Es mi madre, Inés. Es mi nombre. Es mi pasado. Tengo que hacer esto sola.

Inés aprieta los labios pero asiente. Sabe que no voy a ceder. Desde que volvimos de Galicia, algo ha cambiado entre nosotras. Ya no soy solo su jefa. Soy su amiga. Y a las amigas se les deja hacer las cosas solas cuando toca.

Entro por la puerta trasera.

El pasillo está igual que esta mañana: oscuro, silencioso, oliendo a desinfectante. Las luces de emergencia proyectan el mismo resplandor verdoso sobre las baldosas. Pero esta vez no voy con prisas. Esta vez mis pasos resuenan deliberadamente, anunciándome.

La puerta del despacho de Campos está abierta.

Ella está sentada detrás de su escritorio de formica.

Lleva la misma bata blanca de esta mañana, pero sin el maquillaje.

Sin la fachada. Es una mujer de mediana edad, cansada, con los hombros caídos y los ojos rodeados de arrugas prematuras.

La doctora Campos de verdad, no la que enseña a los inspectores de sanidad.

—Sabía que volverías —dice.

—Lo sé.

—¿Eres Sombra?

—Depende de a quién preguntes.

Me mira con esos ojos cansados. Su mirada se detiene en mi clavícula, donde el tatuaje de tres líneas asoma bajo el cuello de la camisa.

—Yo la conocí —dice—. A Elena. Tu madre.

Me quedo quieta. No esperaba que empezara por ahí. No esperaba que fuera tan directa.

—Trabajaba en el departamento de neurología de La Paz —continúa la doctora—. Yo era residente. Ella era la jefa de servicio. La mujer más brillante que he conocido. Y la más triste.

—¿Por qué triste?

—Porque había entregado a su hija. Porque cada noche, durante años, se quedaba en el laboratorio hasta la madrugada buscando alguna forma de recuperarte. Alguna técnica, algún fármaco, algún protocolo que pudiera devolverte la memoria que te habían robado. Y lo encontró.

—¿El qué?

—Un protocolo de estimulación cognitiva —la doctora saca un expediente del cajón de su escritorio.

Está amarillento, gastado, lleno de anotaciones manuscritas—.

Lo diseñó ella. Elena Delgado. Hace veinte años.

Es la base de todo lo que hacemos en NeuroAvance.

La terapia que usamos para tratar amnesias traumáticas.

La terapia que te habría aplicado yo si el Programa no me hubiera ordenado esperar.

—¿Por qué esperar?

—Porque no quieren que recuerdes. Quieren que seas útil pero no demasiado. Quieren a Sombra, pero controlada. Con la memoria justa para despertar a los durmientes. Sin la memoria suficiente para recordar quién te hizo esto.

—Y usted les obedeció.

—Les obedeció —admite la doctora, y su voz se quiebra—.

Durante años. Por miedo. Por dinero. Porque amenazaron a mi familia.

Pero ya no. Esta noche, cuando he recibido tu...

digamos que tu visita de esta mañana me hizo pensar.

Y luego la llamada de esta tarde. Y luego el silencio. El silencio es lo peor.

—¿Qué ha decidido?

La doctora me mira. Sus ojos cansados se encuentran con los míos.

—Tu madre dejó esto para ti —dice, y desliza el expediente sobre la mesa—. Son sus notas. El protocolo completo. Con una carta al final.

—¿Una carta?

—La escribió tres días antes de morir. Sabía que iban a matarla. Sabía que no podría verte crecer. Así que te escribió todo lo que quería que supieras. Todo lo que el Programa te había robado.

Cojo el expediente. Mis manos tiemblan. Mis manos, que han sostenido armas y han reducido a agentes de nivel tres con un cable de acero, tiemblan como las de una niña de siete años.

—¿Sabe cuál es mi nombre? —pregunto—. El que me puso mi madre al nacer. El nombre real.

La doctora niega con la cabeza.

—No. Elena nunca me lo dijo. Guardó ese secreto incluso de mí. Pero el protocolo está diseñado para que tu cerebro lo recupere por sí mismo. Es como un camino de vuelta a casa: no necesitas saber el nombre de la calle para empezar a andar. Solo necesitas dar el primer paso.

—¿Quiere que le aplique la terapia? —pregunta—. ¿Esta noche?

—No —digo—. Esta noche no. Necesito leer la carta de mi madre primero. Necesito oír sus palabras con mi propia voz, en mi cabeza, antes de que los recuerdos empiecen a llegar sin contexto. No quiero que el eco de su voz me pille desprevenida. Pero mañana, sí.

—¿A dónde?

—A un piso franco en Atocha. Allí hay un recuperador del Programa que se ha vuelto contra ellos. Un periodista que lleva cinco años esperándome. Y una chica de veinticuatro años con el pelo rosa que la admira más de lo que usted cree.

—¿Por qué iba a ir con vosotras?

—Porque si se queda aquí —digo—, el Programa la matará. Esta noche, cuando descubran que nos ha abierto la puerta. Cuando descubran que lleva veinte años guardando las notas de Elena Delgado. Cuando descubran que ha hablado conmigo.

La doctora Campos baja la mirada. Sus dedos tamborilean sobre la mesa. Luego asiente, una vez, despacio.

—Necesito diez minutos para recoger mis cosas.

—Tiene cinco.

Salgo al pasillo. Inés me espera junto a la puerta trasera, con los ojos como platos.

—¿Qué ha pasado?

—La doctora viene con nosotras —digo, enseñando el expediente—. Y esto es de mi madre.

Inés mira el expediente amarillento. Luego me mira a mí. Luego vuelve a mirar el expediente.

—Joder, jefa.

—Ya.

La doctora Campos sale del despacho con una mochila pequeña. Se ha quitado la bata blanca. Debajo lleva ropa de calle: vaqueros, jersey, zapatillas. Parece otra persona. O quizá es la persona que siempre fue, antes de que el Programa la convirtiera en lo que era.

—Vamos —digo.

Salimos las tres por la puerta trasera. El patio de la clínica está oscuro. La cámara de seguridad sigue en su sitio, con su ángulo muerto. Madrid duerme ajena a todo.

Y yo, Vera Delgado, hija de Elena Delgado, mujer sin pasado que está a punto de recuperarlo, camino por las calles vacías hacia el piso franco de Atocha con un expediente de veinte años en las manos y el corazón a ciento veinte pulsaciones por minuto.

No es miedo.

Es lo contrario del miedo.

Es la certeza de que mi madre, antes de morir, me dejó un mapa. Un mapa para encontrar el camino de vuelta a casa. Y esta noche, por fin, voy a empezar a leerlo.