CAPÍTULO 7
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E l segundo día empieza con una tormenta.
No es metafórico. A las siete de la mañana, el cielo se rompe como un cristal y la lluvia golpea las ventanas con la furia de quien lleva siglos acumulando rabia. Los relámpagos iluminan el mar durante milisegundos y en esos destellos veo olas de tres metros estrellándose contra los acantilados.
Me visto con la misma ropa de ayer. No hay más. No traje maleta porque no planeaba quedarme. Solo llevo el abrigo, el teléfono encriptado, y una libreta negra que no he abierto porque no sé qué escribir.
Bajo. Matías está en el salón, inclinado sobre la mesa de madera, rodeado de papeles. Ha encendido la chimenea y el fuego proyecta sombras danzantes sobre la pared del tablero. Me ve llegar y aparta una silla para mí sin mediar palabra.
—Los archivos —dice.
Me siento. Sobre la mesa hay tres carpetas de cartón marrón, gastadas en las esquinas, con etiquetas escritas a mano. La primera pone «PROGRAMA DURMIENTES — ORÍGENES». La segunda, «AGENTES ACTIVOS 2015–2021». La tercera, «SOMbrA».
Mi nombre. Mi designación. La palabra con la que me llamaban antes de que me llamara Vera.
Abro la tercera carpeta.
El primer documento es una fotocopia de un formulario militar. Fecha: 12 de marzo de 1998. Lugar: Base Naval de Rota. En el apartado de «Asunto», una sola palabra: «Reclutamiento».
Adjunto al formulario, una fotografía de archivo. Una niña de unos seis o siete años, pelo oscuro, ojos demasiado serios para su edad. Mira a cámara con una expresión que reconozco: la misma que tengo yo cuando alguien me pregunta por mi pasado. Ausencia. Vacío. Supervivencia.
—No sé quién es —digo.
—Eres tú —dice Matías—. Antes de que te borraran por primera vez.
La niña de la foto no tiene nombre. Solo un número de expediente: AG-0147. Al reverso, una nota manuscrita con letra de hombre mayor: «Huérfana. Sin familia localizable. Cociente 152. Reflejos excepcionales. Candidata prioritaria.»
Cierro la carpeta. La abro otra vez. Vuelvo a mirar la foto.
—¿Cuántos años tenía?
—Siete. Llevabas seis meses en un orfanato de Cádiz cuando te reclutaron.
—¿Y antes de eso?
—No lo sé —dice Matías, y su voz es la de un hombre que ha pasado muchas noches intentando responder esa misma pregunta—.
He buscado durante cinco años. No hay nada.
Ni partida de nacimiento, ni registro de adopción, ni ingreso en ningún hospital.
Es como si hubieras aparecido un día en ese orfanato sin que nadie supiera de dónde venías.
Hace una pausa, y cuando habla de nuevo hay un matiz distinto en su voz, algo entre la admiración y la ternura—.
Naciste en el 91, ¿sabes? Tres años mayor que yo.
Siempre me gustó eso. El día que descubrí la fecha exacta en los archivos, me pasé una hora mirando el calendario, como un idiota, haciendo cuentas que no llevaban a ninguna parte.
—Como si ya me hubieran borrado antes.
—Eso creo. Creo que el Programa no fue lo primero que te pasó. Fue lo segundo. Lo primero fue desaparecer.
Me paso los dedos por la clavícula. El tatuaje. Las tres líneas que me hicieron sin que yo lo recordara, sin que pudiera dar mi consentimiento, sin que existiera un «yo» al que pedírselo.
—¿Qué significan las marcas? —pregunto.
—La primera línea es el nivel de agente —dice Matías, señalando mi clavícula sin tocarme, con un dedo que se queda a cinco centímetros de mi piel—.
Uno es el más alto. La segunda es tu especialidad.
En tu caso, infiltración y neutralización.
La tercera es un código de seguridad que cambia cada año.
Es la forma que tenía el Programa de saber si estabas activa, dormida o muerta.
Me levanto. Voy hacia la ventana y apoyo la frente en el cristal frío. La tormenta sigue rugiendo fuera.
—¿Cuántos?
—¿Cuántos qué?
—¿Cuántos maté?
El silencio que sigue es el más largo de los últimos dos días. No miro a Matías. No quiero verle la cara. No quiero ver la compasión o el cálculo o lo que sea que ponga en sus ojos cuando escucha esa pregunta.
—En los archivos que encontré —dice al fin—, constan doce misiones completadas.
Doce. Doce vidas. Doce personas que estaban en el sitio equivocado en el momento equivocado y yo aparecí y dejaron de estar.
—No eras tú —dice Matías.
—Era mi mano.
—Era tu mano obedeciendo una orden que te metieron en la cabeza cuando eras demasiado joven para entender lo que significaba.
Me giro. Él no se ha movido. Sigue sentado junto a la mesa, las carpetas abiertas, la foto de la niña de siete años mirándome sin juzgarme.
Y yo siento algo nuevo. No es culpa. La culpa requiere memoria, y yo no recuerdo nada.
Es otra cosa. Es vértigo. La sensación de estar al borde de un precipicio y saber que, en algún momento de mi vida, salté.
—¿Y tú? —pregunto—. En esa habitación del sótano, ¿qué viste?
—Ya te lo dije.
—Dímelo otra vez.
Matías se levanta. Cruza el salón hasta quedar a un metro de mí, la misma distancia de ayer, el mismo espacio que ninguno de los dos se atreve a cerrar.
—Vi a una mujer que llevaba toda la vida encerrada en una celda que no sabía que existía. Y vi cómo, por un segundo, la puerta de la celda se abrió. Y detrás de la puerta había alguien que quería salir.
—Y esa persona era yo.
—Esa persona eras tú. La de verdad. La que el Programa no pudo borrar del todo.
Fuera, la tormenta amaina. Un rayo de sol se cuela entre las nubes y atraviesa la ventana y dibuja una línea dorada sobre el suelo de madera, exactamente entre nosotros dos. Es tan ridículamente perfecto que casi me río.
—Esta noche —digo—. La tercera carpeta. El expediente completo.
—¿Estás segura?
—No. Pero voy a leerlo igual.
Matías asiente. No dice nada más. Recoge las carpetas sin prisas, las guarda en un cajón de la mesa, y se va a la cocina a preparar café. Oigo el ruido del agua hirviendo, la cuchara contra la taza, los pasos lentos sobre la madera.
Me siento en el sofá. Miro el tablero de corcho. Miro mis quince fotos. Y por primera vez, me pregunto qué estaría pensando Matías cuando las colgó una a una, con chinchetas, durante estos cinco años de espera.
Esa noche, cuando me acuesto, el libro de García Márquez sigue abierto por la misma página.
Pero la foto enmarcada ya no está boca abajo.