No Me Busques CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

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L a primera noche en la casa gallega sueño algo que no es un sueño.

Es una habitación oscura. Huele a cerrado, a sudor, a hormigón húmedo. Hay un hombre en el suelo. No le veo la cara. Hay una pistola en mi mano y mi brazo está extendido, firme, en línea recta con el objetivo. Mi respiración es la de un animal en reposo. Treinta y dos pulsaciones por minuto.

El sueño se repite tres veces.

En la tercera, el hombre levanta la cabeza y me mira. Tiene los ojos verdes. Abre la boca para decir algo, pero el sonido no llega. Solo articula una palabra, una sílaba, un nombre que no alcanzo a leer en sus labios.

Me despierto con las manos cerradas en puños y el camisón empapado de sudor.

El reloj de la mesilla marca las cuatro y doce de la madrugada.

La casa está en silencio, pero sé que Matías tampoco duerme.

Lo sé porque siento su presencia en la habitación de al lado con la misma nitidez que si estuviera a mi lado.

Es una sensación nueva. Incómoda. Familiar de una forma que no debería serlo.

Me levanto. Bajo a la cocina en penumbra. Abro la nevera buscando agua y encuentro un bote de mermelada de higo. Una botella de vino blanco sin abrir. Queso del país envuelto en papel. Los alimentos de un hombre que lleva cinco años solo y ha aprendido a cuidarse.

—Yo tampoco duermo.

No me sobresalto. Ya no. Algo en mi cuerpo esperaba su voz.

Matías está sentado en el sofá del salón, en la oscuridad, con las piernas estiradas y una manta sobre el regazo. La chimenea se ha apagado hace horas pero las brasas todavía emiten un resplandor anaranjado que le ilumina media cara.

—¿Siempre has sido así? —pregunto.

—¿Así cómo?

—Apareciendo donde no te esperan.

Sonríe. Es una sonrisa pequeña, torcida, que le cambia toda la cara.

—Contigo, sí.

Me siento en el otro extremo del sofá. No me pongo la manta. No me acerco. Pero tampoco me voy.

—He soñado con el sótano —digo—. Con la noche que vine a matarte.

Él no responde. Su perfil contra la luz de las brasas es el de una estatua griega que ha soportado demasiadas tormentas.

—¿Estabas allí de verdad? —pregunto—. En el sótano de esta casa. ¿Fue aquí?

—Fue aquí.

—¿Y has vivido cinco años encima del sitio donde casi te matan?

—No me mataron —dice—. Y el sótano me recordaba por qué seguía vivo.

Me giro hacia él. La oscuridad me da un valor que no tendría con luz.

—¿Por qué?

—Porque alguien que tenía todas las razones del mundo para apretar el gatillo decidió no hacerlo. Sin motivo. Sin lógica. Sin una orden que la contradijera. Algo dentro de esa mujer dijo «no», y ese «no» es lo único que me ha mantenido cuerdo durante cinco años.

Me levanto. Camino hacia la ventana y miro el mar invisible, negro, rugiente.

—Esa mujer no soy yo.

—No. Esa mujer eras tú antes de que te robaran la memoria. Antes de que te convirtieran en Vera Delgado, consultora de transiciones. Antes de que decidieran que eras más útil olvidando que recordando.

—¿Y si no quiero recordar?

La pregunta sale antes de que pueda detenerla.

Me doy cuenta, al formularla en voz alta, de que es la primera vez en cinco años que expreso una preferencia real sobre mi pasado.

Hasta ahora, la amnesia había sido un hecho, no una elección.

Un vacío, no una negativa. Pero ahora, aquí, en esta casa que huele a madera y a mar, con un hombre al que debí matar y no maté, la posibilidad de elegir se abre como una grieta en el suelo.

—Entonces no recuerdes —dice Matías a mi espalda—. Pero elige no recordar con la información completa. No con la que te dieron ellos.

Me giro. No me he dado cuenta de que está a medio metro de mí. Se ha levantado del sofá sin hacer ruido, como un depredador, como un amante, como alguien que me conoce lo suficiente para saber que los movimientos bruscos me activan las alarmas.

—¿Por qué haces esto? —pregunto—. ¿Qué ganas tú?

—Nada.

—Nadie hace algo por nada.

—Yo sí —dice—. Porque ya lo gané todo hace cinco años, en ese sótano. Cuando la mujer más letal del Programa decidió no matarme. Lo que venga después es tiempo regalado.

Se acerca un paso más. Puedo oler su olor a madera y a café y a algo más, algo limpio y antiguo. Me doy cuenta de que no retrocedo. Me doy cuenta de que no quiero retroceder.

—Mañana —dice— te enseño los archivos.

—Mañana —repito.

Pero ninguno de los dos se mueve.

La luz de las brasas nos pinta de naranja.

El mar ruge al otro lado de la ventana. Y yo me quedo quieta, absolutamente quieta, mientras una parte de mi cerebro que no controlo registra cada detalle de este momento: la curva de su mandíbula, la cicatriz junto a las costillas, la forma en que sus ojos verdes se han quedado fijos en los míos como si el tiempo fuera algo que les ocurre a los demás.

—Deberías dormir —dice.

—Tú también.

—Yo nunca duermo.

Sonrío. Es una sonrisa pequeña, involuntaria, un músculo que se mueve sin permiso. No recuerdo la última vez que sonreí a nadie.

—Buenas noches, Matías.

—Buenas noches, Vera.

Subo las escaleras sin mirar atrás. Me meto en la cama. Me quedo mirando el techo durante una hora.

Y por primera vez en cinco años, no tengo prisa por que amanezca.