CAPÍTULO 5
◈
E l primer día amanece sin sol.
La luz que entra por la ventana de la habitación es de un gris lechoso, como si el mundo se hubiera quedado sin color durante la noche. Me he dormido vestida, sobre las sábanas, con la foto enmarcada boca abajo en la mesilla y el libro de García Márquez abierto por una página que no he leído.
No sé a qué hora me despierto. Mi reloj interno, ese que llevaba cinco años despertándome a las seis y diecisiete sin fallar ni un solo día, se ha callado. Es la primera vez que ocurre. No sé si me asusta o me alivia.
Bajo las escaleras descalza. El suelo de madera está frío y cada peldaño cruje como si la casa quisiera anunciar mi presencia. En la cocina, Matías prepara café.
Me ve llegar y no dice nada. Solo tiende una taza hacia mí sin preguntar. La acepto. El café está caliente, amargo, y por primera vez en mi vida adulta lo bebo sin que nadie me haya obligado.
—El trato empieza hoy —digo.
—Ya ha empezado —responde él, apoyándose en la encimera con los brazos cruzados.
Lleva otra camisa blanca. Tiene varias, todas iguales, como si hubiera comprado diez unidades del mismo modelo para no tener que pensar en la ropa. El detalle me gusta más de lo que debería.
—Quiero empezar por lo básico —digo—. ¿Por qué yo?
—Porque eras la mejor.
—Eso no es una respuesta.
—Eras la más efectiva —dice, y su tono no es halagador: es un dato de archivo—.
El Programa seleccionaba niños con aptitudes excepcionales.
Cociente intelectual por encima de ciento cuarenta, resistencia física, ausencia de vínculos familiares estables.
Los entrenaban durante años. Les implantaban memorias falsas, identidades de cobertura, vidas enteras que no eran suyas.
Cuando llegaba el momento, los activaban. Y cumplían la misión sin dudar.
—¿Qué tipo de misión?
—La que hiciera falta.
El café me quema la lengua pero no me muevo. No voy a darle la satisfacción de verme reaccionar.
—Tú eras distinta —continúa—. En los archivos del Programa, tu designación era Sombra. Eso no es un nombre: es un nivel. Significa que estabas por encima del resto. No solo ejecutabas misiones; diseñabas estrategias. Leías a los objetivos como si fueran libros abiertos. No fallaste nunca.
—Hasta que llegaste tú.
—Hasta que llegué yo.
Se hace un silencio que ocupa toda la cocina. Fuera, el mar golpea los acantilados con la paciencia de quien sabe que va a ganar. Una gaviota cruza la ventana y su sombra me pasa por la cara como una caricia.
—¿Qué hiciste? —pregunto—. ¿Qué descubriste que era tan peligroso?
Matías se aparta de la encimera. Camina hacia el salón y yo lo sigo. Se detiene frente al tablero de corcho y señala una de las fotografías que no reconocí ayer: un grupo de hombres y mujeres trajeados saliendo de un edificio gubernamental. La foto tiene al menos diez años.
—Empecé investigando adjudicaciones irregulares —dice—.
Contratos de seguridad privada, blindajes, escoltas.
Cifras que no cuadraban. Empresas que aparecían para un solo concurso y desaparecían al día siguiente.
Seguí el dinero durante dos años y el dinero me llevó a personas. Las personas me llevaron a una palabra.
—¿Qué palabra?
—Durmientes.
La palabra me golpea en el pecho. No sé por qué. No debería significarme nada, es solo una palabra, cinco sílabas que podría encontrar en cualquier diccionario. Pero algo en mi cuerpo la reconoce. Algo anterior al lenguaje.
—Era un programa de defensa no oficial —sigue Matías—.
Creado a principios de los noventa por un grupo de inteligencia militar que decidió que las reglas del juego eran demasiado lentas.
Reclutaban niños huérfanos, niños sin papeles, niños que nadie iba a reclamar.
Los educaban, los entrenaban, les borraban la memoria original y les implantaban una vida falsa. Una vida normal. Una vida de cobertura.
—Como un disfraz.
—Como una prisión. Una prisión que la víctima no sabe que lleva puesta.
Me paso los dedos por la clavícula.
—¿Cuántos?
—Los archivos que encontré hablaban de dieciocho agentes activos en el momento de mi investigación. Sombra era la número uno.
—¿Y los otros diecisiete?
—No lo sé. Desaparecieron del mapa cuando el Programa se replegó. Puede que sigan durmiendo. Puede que hayan sido activados. Puede que estén muertos.
Deja la taza de café sobre la mesa. El ruido de la cerámica contra la madera es seco, definitivo. Me mira con esos ojos verdes que ya no me parecen cansados sino voraces, como si llevaran cinco años acumulando hambre.
—Tú eras el arma más perfecta que habían creado —dice—. Y te enviaron a matarme.
—Pero no lo hice.
—No. Dudaste. Una fracción de segundo. Y esa fracción fue suficiente para que entendieran que algo se había roto dentro de ti. Algo que no podían arreglar con más entrenamiento.
—Así que me reprogramaron.
—Te vaciaron. Te metieron una vida nueva dentro y te dejaron funcionando, útil pero contenida, como un león al que le han limado los colmillos.
Miro por la ventana. El mar sigue ahí, gris e infinito.
Pienso en la mujer que fui. Pienso en las misiones que cumplió sin dudar, las vidas que tomó, las órdenes que obedeció.
No siento nada. Ese es el problema: no siento nada, y debería sentir algo.
La única emoción que aparece es una curiosidad fría y profesional, como si estuviera leyendo el expediente de una cliente conflictiva.
—Si yo era un arma —digo—, ¿por qué quieres ayudarme?
Matías aparta la mirada. Por primera vez desde que llegué, su fachada de calma absoluta se resquebraja un milímetro.
—Porque el día que viniste a matarme —dice en voz baja—, me miraste a los ojos. Y en esa décima de segundo antes de bajar el arma, vi algo.
—¿Qué viste?
—A alguien que no quería estar allí. A alguien que llevaba toda la vida pidiendo salir y no sabía cómo.
Me giro hacia él. Estamos demasiado cerca otra vez, como ayer, como siempre que este hombre se mueve a mi alrededor sin que yo lo vea venir.
—Mañana —digo—. Quiero ver las pruebas. Los documentos, los archivos. Todo.
—Mañana —repite él—. Hoy solo necesitaba que empezaras a escuchar.
Subo a la habitación al mediodía. No tengo hambre. No tengo sueño. Solo tengo una pregunta que me taladra el cráneo como un gusano: si no siento nada por la mujer que fui, ¿por qué me he pasado todo este rato tocándome la clavícula?
El tatuaje arde bajo mis dedos.
Y por primera vez en cinco años, tengo miedo de lo que voy a recordar.