No Me Busques CAPÍTULO 4
11%

CAPÍTULO 4

◈

A cepto el trato.

No es una decisión profesional. Es lo contrario de una decisión profesional.

Es una rendición disfrazada de estrategia, un salto al vacío con los ojos abiertos, y lo sé.

Soy plenamente consciente de que estoy violando cada protocolo que yo misma establecí cuando monté Delgado Transiciones hace cinco años.

Pero también sé que no puedo irme.

No después de ver mis fotos en ese tablero. No después de oír mi nombre en su boca. No después de sentir, en alguna región inaccesible de mi cerebro, que este hombre y yo tenemos cuentas pendientes que ni siquiera sé que existen.

—Tres días —digo, y mi voz es la de una mujer que negocia contratos millonarios—. Pero con condiciones.

—Te escucho.

—La primera: nada de juegos. Si tengo una pregunta, la respondes. Sin rodeos, sin medias verdades.

—Hecho.

—La segunda: no voy a ser tu prisionera. Si en algún momento decido irme, me voy y no intentas detenerme.

Un músculo se tensa en su mandíbula. Pero asiente.

—Hecho.

—La tercera: quiero verlo todo. El tablero, las fotos, los documentos, la investigación completa. Si pretendes contarme algo, quiero las pruebas.

—Estaba esperando que dijeras eso.

Matías cruza el salón hasta el tablero de corcho y enciende un flexo que ilumina la pared con una luz amarillenta. De cerca, el tablero es todavía más inquietante. Mis fotos son solo una esquina. El resto es una telaraña de conexiones que no entiendo pero que, de alguna forma, reconozco.

Hay nombres que no me dicen nada. Hay siglas en mayúsculas.

Hay fechas subrayadas en rojo. Hay una fotografía aérea de lo que parece un complejo industrial en las afueras de una ciudad que no identifico.

Hay un mapa de Barcelona con tres puntos marcados: un hospital, un puerto, un edificio de oficinas en la Diagonal.

—¿Qué es todo esto? —pregunto.

—Cinco años de trabajo —dice él sin mirarme, los ojos fijos en el tablero—. Cinco años intentando entender quién te hizo esto. Y cómo deshacerlo.

—Yo no necesito que nadie me deshaga nada.

—No. Tú necesitas recordar.

Me giro hacia él con una rabia que me sorprende. No suelo enfadarme. La ira es una emoción ineficiente, un despilfarro de energía. Pero este hombre saca algo de mí que no controlo.

—No recuerdo nada anterior a los veintitrés años —digo—. Ni un solo día. Ni un solo rostro. No sé quién era mi madre, no sé si tuve hermanos, no sé cómo me llamaba. Lo he aceptado. He construido una vida sobre ese vacío y es una vida que funciona.

—Es una vida que te dieron ellos.

—¿Quiénes son «ellos»?

—El Programa —dice Matías. Y lo dice con mayúsculas, como si fuera el nombre de un dios antiguo—.

Así lo llaman. No tiene nombre oficial. No existe en ningún registro, en ningún papel, en ninguna base de datos.

Pero lleva operando desde los años noventa.

Agentes durmientes con identidades implantadas.

Personas reales a las que borran la memoria y reemplazan con una personalidad falsa. Útil. Controlable.

Le miro sin pestañear. Mi cara no muestra nada. Pero por dentro, algo se está resquebrajando.

—¿Y yo?

—Tú eras una de ellos —dice, y hay un dolor tan limpio en su voz que casi puedo tocarlo—. No eras una víctima, Vera. Eras el arma.

Me río. Una risa corta, seca, sin humor.

—Eso es ridículo.

—¿Lo es? —Matías da dos pasos hacia mí. Está demasiado cerca y no me muevo—.

¿Nunca te has preguntado por qué tienes reflejos que no deberías tener?

¿Por qué esquivas coches como si llevaras años entrenándote para hacerlo?

¿Por qué duermes sin soñar, o sueñas cosas que no entiendes, y te despiertas con las manos cerradas en puños?

No respondo.

—¿Nunca te has preguntado —sigue, bajando la voz hasta convertirla en algo peligroso— por qué elegiste este trabajo? Borrar personas. Hacerlas desaparecer. ¿De dónde crees que viene esa habilidad?

Me paso los dedos por la clavícula. El tatuaje. Las tres líneas.

Matías lo ve. Baja la mirada y la clava exactamente donde mis dedos tocan la tela de mi camisa.

—Esa marca —dice— es la firma del Programa. Todos los agentes la llevan. Es un código de identificación. Tu designación está cifrada en esas tres líneas.

Quiero contestar. Quiero decir algo ingenioso, algo que restablezca la distancia profesional, algo que devuelva el control a mi lado de la mesa. Pero no puedo.

Porque sé que es verdad.

No sé cómo, no sé por qué, pero sé que es verdad. Lo sé como se saben las cosas que no se recuerdan: con el cuerpo.

—Tres días —dice Matías retrocediendo un paso, y su tono vuelve a ser suave, casi amable—. Eso es todo lo que pido. Escúchame durante tres días. Y luego decides.

Fuera, la lluvia ha parado. Un rayo de sol pálido se cuela entre las nubes y dibuja un rectángulo dorado sobre el suelo de madera. El mar sigue rugiendo al pie del acantilado, pero ahora suena distinto. Suena como un reloj.

—¿Dónde voy a dormir?

—Hay una habitación arriba. Preparada.

—¿Preparada? —alzo una ceja—. ¿Me estabas esperando?

—Te he estado esperando —dice él— desde el día que despertaste en ese hospital. Han sido mil ochocientos veinticinco días, Vera. Tres más no me van a matar.

Subo las escaleras.

La habitación es pequeña, limpia, con una cama junto a la ventana y un armario antiguo que huele a madera de verdad. Hay sábanas limpias. Hay una toalla doblada. Hay un libro en la mesilla: Cien años de soledad, en una edición vieja y manoseada.

Y hay una foto enmarcada.

La cojo. La miro.

Es una foto de hace años. Cinco, quizá seis. Matías y yo. Estamos en lo que parece la terraza de un bar. Él me mira a mí. Yo miro a cámara. Llevo un vestido azul que no recuerdo haber tenido nunca y estoy sonriendo de una forma que no reconozco como mía.

Detrás de la foto, escrita a mano con tinta negra, una frase:

El día que me prometí que volvería a encontrarte, aunque tú ya no recordaras mi nombre.

Dejo la foto boca abajo sobre la mesilla.

Me siento en la cama. Mi respiración es la de un animal acorralado. Mis manos tiemblan ligeramente, un temblor que ningún protocolo ha sabido eliminar.

Mañana empieza el primer día.

Y no sé si voy a sobrevivir a lo que este hombre tiene que contarme.